Conocida como “la princesa”. Mamá de dos chihuahuas, Rubor Tesora y Pompón, su sueño era llevarlos al mar. Politóloga de profesión, pero apasionada por el mundo de la moda. De personalidad dulce y acostumbrada a mandar audios con canciones improvisadas, ya fuera riéndose de algo o enviando felicitaciones. Esa era la vida de Ana María Meza, quien el 25 de enero de 2026 fue hallada sin vida en Bogotá.
Los hechos ocurrieron en el edificio donde vivía su pareja, Carlos Mario Rodríguez Rosas, exgerente corporativo del Banco de Bogotá. Según los reportes de la Fiscalía, esa noche los dos habrían asistido a un evento social antes de trasladarse al apartamento de él. Una vez solos, sostuvieron una discusión. En ese momento, el hombre habría atacado a Ana tapándole la boca y la nariz, y cuando quedó inconsciente, al parecer, la agredió sexualmente. Luego arrojaría su cuerpo desde la ventana de un quinto piso e intentaría alterar la escena del crimen para simular que ella se había quitado la vida.
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Fueron, en parte, esos primeros apuntes los que generaron que no se investigara al presunto agresor de inmediato. Pero tras un cambio de fiscal en el caso, llegó la captura de Rodríguez Rosas, cuatro meses después de la muerte de Ana. Su presunta responsabilidad se estableció a partir de los elementos materiales probatorios. La Fiscalía le imputó cargos por los delitos de feminicidio agravado y acceso carnal violento, y un juez de control de garantías le impuso medida de aseguramiento en centro carcelario.
Ana tenía 36 años y era la hermana del medio de tres hijas en una familia unida que, una semana después de los hechos, también perdió a su padre debido a problemas de salud. Fuera de casa, tenía otro círculo que sentía igual de propio: el de sus amigas. Han sido ellas las que han alzado la voz para contar quién era Ana y evitar que quedara instalada la versión del suicidio que Rodríguez intentó posicionar para evadir la justicia.
El Espectador pudo hablar con cuatro amigas de Ana, quienes aseguran estar siendo intimidadas por pronunciarse públicamente acerca del caso, razón por la cual sus nombres fueron cambiados en esta nota. Desde que recibieron la llamada ese domingo con la noticia de su muerte, han intentado armar un rompecabezas de memorias para reconstruir quién era Ana antes de los hechos, pero también para descifrar, entre fragmentos, la violencia a la que se enfrentó durante su relación de pareja.
Hay muchas cosas con las que quisieran describirla, pero todas recuerdan particularmente su dulzura, una ternura que se reflejaba en sus acciones y hasta en el tono de su voz. “Era tierna en su forma de ser, de expresarse, de tratar a la gente. Absolutamente amorosa y generosa con sus amigos, su familia, sus perritos. Para ella era muy importante que la gente se sintiera bien. Siempre escuchaba, analizaba todo y sacaba lo mejor. También era muy graciosa, a todos les sacaba una canción, un chiste, un juego. Era una persona con una niña interior que no le daba pena mostrar”, cuenta Norma*.
Patricia*, una de sus amigas, recuerda que la mamá de Ana solía decir que, aunque tenía una personalidad joven, era una mujer que no se quedaba quieta con sus propósitos. Desde pequeña se inclinó por las artes, comenzó estudiando diseño de modas, pero terminó convirtiéndose en politóloga, una carrera que cursó con tesis laureada y que ejerció durante un tiempo.
Aun así la vida la fue llevando de vuelta a las raíces de lo que la apasionaba. Empezó a tomar cursos de maquillaje, un aprendizaje que pronto la llevaría a montar un local que funcionaría como estudio de belleza y, más adelante, a participar en producciones cinematográficas. Con un catálogo de proyectos por delante, decidió hacer una maestría en finanzas en el exterior, “con el objetivo de llegar y empezar ya con mucho más conocimiento, tener sus cosas propias y bien montadas”, dice Patricia. De esta manera, luego de pasar un tiempo estudiando en España, regresó en el segundo semestre de 2025, un reencuentro que resultó breve con su familia, sus amigas y su entorno cercano.
Por eso, cuando la familia y las amigas recibieron la llamada con la noticia del supuesto suicidio de Ana, ninguna pudo creerlo. No solo por su personalidad, pues jamás vieron en ella un comportamiento que lo sugiriera, sino porque además estaba en un buen momento de su vida. “Acababa de formar una productora y se había ganado un gran negocio. Ella estaba muy feliz”, relata Claudia*, otra de las amigas. La noticia de ese contrato con una importante marca había llegado apenas una semana antes, y Ana ya tenía planes para viajar y hacerlo realidad.
Pero además, había un sueño que la ilusionaba por encima de todo y era el de formar una familia y tener hijos. Su plan más concreto había tomado forma recientemente luego de conocer a una pareja que había adoptado, desde entonces estaba convencida de que quería convertirse en mamá por medio de la adopción.
Así como Ana era alguien con sueños y propósitos, y esa fue una de las razones por las que sus personas cercanas no podían creer que hubiera decidido quitarse la vida, hay más mujeres en el país cuyos casos, pese a ser víctimas de violencia feminicida, fueron presentados como suicidios. Este año, entre los más conocidos está el de Valentina Cepeda, una joven de 22 años, instructora de yoga y licenciada en Educación Infantil, cuya muerte fue inicialmente catalogada como suicidio pero cuyas inconsistencias apuntan a que su pareja podría ser el presunto responsable. El año pasado resonó el caso de María Alejandra Guerrero, patrullera de la Policía que murió tras caer de un quinto piso en un apartamento en Barranquilla. Su familia siempre sostuvo que ella no se habría quitado la vida y hoy su entonces novio está siendo investigado por feminicidio.
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El caso de Ana se enmarca en un panorama más amplio. Según el Observatorio de Feminicidios en Colombia, a septiembre de 2025 se habían reportado 621 casos en el país. Y solo en Bogotá, una mujer enfrenta riesgo de feminicidio cada 37 minutos.
Una tendencia que además se replica en toda la región. De acuerdo con el Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe de la CEPAL, en los últimos cinco años se registraron al menos 19.254 feminicidios en Latinoamérica, lo que equivale a por lo menos 11 muertes violentas de mujeres por razones de género cada día. En la mayoría de los casos, el responsable es la pareja o expareja de la víctima.
Es decir, para muchas mujeres el hogar es un lugar peligroso y las personas de su entorno más cercano pueden convertirse en sus agresores, una expresión de la violencia basada en género que busca controlar sus cuerpos, sus decisiones y sus proyectos de vida. Ana no era ajena a esa realidad. En el año y medio que duró la relación con su presunto agresor, sus amigas fueron testigos de múltiples formas de violencia psicológica y física que las llevaron a pensar que estaba siendo manipulada emocionalmente.
Recuerdan haberle preguntado cosas como: “¿Por qué ahora es tan violento?” o “¿Por qué te dice anoréxica?”. Según relatan, hacía constantes comentarios sobre su cuerpo, burlas sobre su inteligencia e insultos. “Le decía que era súper sensible, que era una llorona, le decía inútil”, asegura Patricia. Una acción desencadenaba otra y otra, hasta terminar siempre en un patrón.
Una forma de violencia que, según narran, no era exclusiva con Ana. Cuando ella pedía respeto, él lo justificaba como parte de su personalidad, la de un hombre que “hacía bullying” y que ante cualquier reclamo respondía: “Yo soy así, me burlo de todos. Preocúpate el día que no te diga nada, porque ese día es porque no significas nada para mí”, recuerda Norma.
Y eso fue escalando. Poco después de regresar a Colombia, Ana le contó a una de sus amigas que fue víctima de agresiones físicas. “Me dijo que Carlos se había portado muy feo. Me contó que habían forcejeado y que la había tirado al piso, y al rato me dijo que también le había dado unas patadas”, afirma Patricia. Otra de sus amigas cuenta que, aunque Ana nunca habló explícitamente de violencia sexual, sí le confesó que él era brusco en la intimidad. “Eso sí me lo dijo: no me gusta que sea brusco, no me gusta que sea un atarbán”.
Sus amigas recuerdan la manipulación que acompañaba esos momentos. Según narran, luego de las peleas y los insultos, él recurría a los sueños de Ana, a aquellos a los que ella estaba más aferrada. Justificaba su mal comportamiento culpando al alcohol o a problemas familiares y luego aparecía con promesas. “En algún punto estaban peleando mucho y él la visitó en Europa y en Capadocia le propuso matrimonio. Lo que ella me explicó es que ese anillo no era el de comprometerse ya, pero sí prometía que iba a haber un segundo anillo”, recuerda una de ellas. En otra ocasión, prometió cumplirle el sueño de adoptar y convertirse en mamá. “La verdad es muy doloroso porque siento que él se aprovechó, cogió los sueños de ella y le hizo creer que los iba a hacer posibles para mantenerla a su lado”, cuenta Norma.
Además de los comportamientos violentos, Ana les contaba que él era dado a la fiesta, que podía pasar varios días en ello, con mucho alcohol e incluso en compañía de trabajadoras sexuales. El apartamento donde ocurrieron los hechos tampoco era un lugar que las amigas recuerden con buenos ojos. Norma lo describe como un espacio “lleno de mala energía y con una historia horrible”. Pues según escuchaban, era un lugar con dinámicas particulares al que solo podían entrar personas bajo una política de confidencialidad.
“Por eso me duele tanto la complicidad de sus amigos, no digo que sean cómplices del hecho en concreto, pero sí hubo una complicidad al empezar a desacreditar a Ana cuando todo pasó”, dice Norma, quien añade que eran precisamente quienes lo rodeaban los que mejor conocían su personalidad voluble.
Fue en parte por eso que sus amigas volcaron tantos esfuerzos en contar su historia y limpiar su nombre, pero también porque necesitaban una explicación. “Nosotros lo que queríamos era entender qué le había pasado a Ana. Cuando lo entendimos fue muy doloroso, pero por lo menos teníamos una respuesta. Y ahorita lo que queremos es justicia”, concluye Norma.
Por ahora, mientras el caso sigue su curso, sus amigas dicen que se quedarán con la Ana que veía lo bueno en todo y en todos. “Tenía un corazón demasiado grande, tal vez demasiado grande para este mundo”, agrega Patricia. Marta* otras de sus amigas, narra que mientras ellas están hablando públicamente del caso, su familia se está encargando de todo el proceso judicial y procesando las pérdidas familiares recientes.
*Los nombres de las mujeres mencionadas en esta historia han sido cambiados para proteger su privacidad e identidad.
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