La guerra no da tregua en Caracolí

Habitantes del vecindario denuncian que hay “toque de queda” a las 10 de la noche.

Desde hace poco más de un mes, por las coloradas calles de Caracolí no se ve ni un alma después de las 10 de la noche. Los niños que corretean alrededor del único parque en las nueve cuadras que conforman la barriada, desaparecen como por arte de magia a esa hora. Las puertas de los ranchos de madera se cierran. Los bombillos se apagan. Si no fuera por los ojos, indagadores, que se pegan a las ventanas dando muestra de que alguien vive, esta zona de Ciudad Bolívar podría pasar perfectamente por un pueblo fantasma. Son instantes de pesadilla en los que la orden es una sola: recogerse y olvidarse del resto del mundo, o exponerse a aparecer por ahí muerto en cualquier barrizal, de los que se forman cada vez que llueve.

Durante el día la cosa no cambia mucho. La gente sale, pero los violentos —los de los panfletos, los de los atracos— no se guardan. “Ave María, esto está con complique”, resume Libardo Abril, un pastelero que participó en la jornada contra los panfletos, que se llevó a cabo recientemente en el lugar. Su apreciación no es exagerada: a los volantes amenazantes que empezaron a aparecer este año se les suman las intimidaciones que hace 20 días recibieron todos los miembros de la Junta de Acción Comunal.

Es la guerra, la misma guerra que no es noticia nueva para los cerca de 10 mil habitantes de Caracolí —frontera con Soacha, corredor tradicional de paramilitares y guerrilleros—, pero que parece crecer cada día más, llevándolo todo cuesta abajo. Tanto, que ya ni los vecinos de Tres Esquinas, La Isla o Sierra Morena se atreven a pasar mucho por allá. “¿De verdad va para Caracolí?… Allá ningún bus sube después de las 7”, le dicen a uno.

Cómo no, si al parecer no contarían ni con la presencia de la Policía para sentir un poco de seguridad. Al menos, eso dicen habitantes que prefieren que se omitan sus nombres, quienes aseguran que la Fuerza Pública patrulla el lugar “de vez en cuando”.

Por supuesto, otra cosa informan las autoridades distritales, que en varias ocasiones se han comprometido a mejorar las condiciones de este barrio miserable de los extramuros, que no tiene ni alcantarillado ni calles pavimentadas o teléfono.

“Seguimos esperando”, dice Élber Rojas, uno de sus habitantes, de 45 años, dedicado a la construcción. “Aquí hay mucha gente buena y algún día vendrá la ayuda”.

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