Científicos por intuición

<p>Oriundos de Boyacá, estos jóvenes son los guardianes de las colecciones del Instituto Humboldt en Villa de Leyva.</p>

Estaba buscando trabajo. De vendedor, zapatero, chofer, lo que fuera. Un amigo le contó que en el Instituto Humboldt, sede Villa de Leyva, de donde es oriundo, estaban realizando una convocatoria. No tenía claro el cargo. Sin embargo, se presentó junto con otras cuarenta personas residentes del municipio. “Nos entregaron una serie de insectos y nos pidieron que los separáramos de acuerdo con nuestro criterio”, recuerda Edwin Torres, actual estudiante de Economía de la Universidad de Tunja y quien desde el año 2000 es auxiliar de la colección entomológica de la institución.

“Yo los separé intuitivamente: por el color de las alas y por su tamaño”, explica. “Y tuve que haberlo hecho muy bien porque ya llevo nueve años manejando la colección de insectos”, añade mientras abre y cierra cajones que guardan como un tesoro los más de 350.000 ejemplares catalogados de vertebrados, plantas e insectos que reposan en la sede de Villa de Leyva del Instituto Humboldt, Claustro de San Agustín.

Con cuidado y un profundo respeto saca los cajones en donde se encuentran meticulosamente catalogados los insectos. Batallones de hormigas, cucarrones y mariposas descansan en fila india en los estantes que el auxiliar se encarga de desplegar para demostrar la diversidad de especies de nuestro país. Las colecciones son de investigación y referencia, por lo que se usa un sistema de archivadores riguroso, para que investigadores y especialistas puedan consultarlos.

Torres fue entrenado por especialistas para ser auxiliar de la colección entomológica. Una preparación fuerte en la que él y sus compañeros tuvieron que estudiar nombres extraños para poder reconocer las especies, así como las peripecias de su montaje.

Detrás de las colecciones

Pero los 170.000 insectos son apenas una parte de la tarea de estos jóvenes aprendices. En la sede también se encuentra la colección de vertebrados (aves, peces, mamíferos, anfibios y reptiles) y el herbario. En total, el instituto ha entrenado nueve auxiliares (tres en cada división), que hoy en día cuidan los ejemplares como si fueran sus hijos. Y como tal, los defienden a capa y espada de todos los males que puedan aquejarlos: la luz, los hongos, las bacterias y el contacto permanente.

La mayoría ya conocen las colecciones mejor que muchos especialistas. Hablan de huevos, cóndores, murciélagos, cucarrones y alacranes despreocupadamente y citan de memoria las cifras de los ejemplares catalogados. Claudia Medina, administradora de las colecciones, dice que “si no fuera por ellos, estas colecciones no estarían así. Son ellos quienes les enseñan a los pasantes”.

A veces también participan en la recolección de ejemplares durante las salidas de campo. Ha sido tal el entusiasmo, que han podido realizar las expediciones sin la necesidad de un biólogo profesional. Para Fernando Forero, auxiliar de la colección de vertebrados, “tener ese contacto con la naturaleza, no estar pendiente del reloj, el celular, las noticias, lo libera a uno”. Por eso, las salidas son su parte predilecta del oficio.

Carlos Ricardo Montaña, quien se incorporó al instituto en 1997 recordó que “al principio, a uno le daba miedo manejar los ejemplares y hasta cierto desagrado. Pero con el tiempo se aprende a apreciar las colecciones al punto de que uno siente lo bueno y lo malo que les sucede. Además, uno se concientiza de la importancia de preservar y cuidar la naturaleza”.

Afanados de que los ciudadanos que no son especialistas en biología también conozcan de la diversidad de animales que existe en el país, el grupo de auxiliares ha creado una sala de exhibición en la que cualquier visitante puede observar los ejemplares, como si se tratara de un pequeño museo. Un proyecto que los ha entusiasmado, pues consideran necesario que los colombianos conozcan sobre los animales que hay en el país de una forma agradable. Y así, como Edwin, aprendan de distintos animales y sepan cómo tratarlos. “Antes de llegar al instituto yo veía un alacrán y, por miedo, lo espichaba y lo molestaba. Ahora entiendo que si no lo molesto, el individuo no me va a hacer ningún mal”, concluye.

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