La maldición de los Kennedy

El clan fundado por Joseph P. Kennedy y Rose Elizabeth Fitzgerald cuenta, desde ellos dos hasta sus nietos, incluidos los esposos y las esposas de sus hijos, con 49 miembros nacidos entre 1888 y 1972, de los cuales viven 30.

Quienes lo vieron y escucharon se encargaron de repetirlo año tras año, muerte tras muerte. Hablaron de una maldición en voz baja y con gesto de misterio, y relataron que una tarde de otoño de 1937 el patriarca de los Kennedy, Joseph P., se enfrentó en el salón principal del barco que lo llevó hasta Nueva York con un rabino de apellido Jacobson. Kennedy, decían, le había solicitado comedidamente al rabino que fuera un poco más silencioso en sus ceremonias, pero el rabino debió entender otra cosa, dijeron, o era supremamente susceptible, porque lo miró de arriba abajo, displicente, y le dijo que no se callaría. Entonces le soltó su maldición y lo condenó con todos sus descendientes a vivir en medio de la tragedia, a morir inmersos en la tragedia.

Las tragedias comenzaron a sucederse con Rosemary Kennedy, a quien a comienzos de los 40 le diagnosticaron un serio retraso mental que degeneró en una lobotomía, y luego, en insufribles traumas y en su reclusión psiquiátrica. Con los años, algunos médicos aseguraron que sólo padecía de depresiones, pero ya el error era irreversible. Murió en el 95. Continuaron el 12 de agosto de 1944, cuando la Segunda Guerra Mundial terminaba, y poco antes de licenciarse, Joseph P. Kennedy Jr., el hijo mayor de la familia, se presentó como voluntario para pilotar en solitario un nuevo prototipo de bombardero sobre el canal de La Mancha. El avión estalló en mitad del vuelo.

Menos de un mes después, el 10 de septiembre, William Cavendish, marqués de Hartington y cuyo matrimonio con Kathleen Kennedy había sido un escándalo debido a sus diferentes credos religiosos, moría en Bélgica en otra acción de guerra. Su esposa pereció seis meses más tarde luego de que el avión en el que iba con su novio, el británico Peter Wentworth-Fitz William, hubiera explotado.

Quince años después, el 22 de noviembre de 1963, John Fitzgerald Kennedy, el segundo de los hijos del patriarca, a quien acusaban en los Estados Unidos de haber hecho su fortuna con el dinero de las mafias del licor en los años 20, fue asesinado en Dallas, Texas, por el francotirador Harvey Lee Oswald en medio de una infinita historia de conspiraciones, muertes y chantajes jamás comprobados. La fecha, recordaron los amantes de la superchería, coincidía con la de la muerte de su bisabuelo, Patrick Kennedy, fundador de la rama americana de la familia en 1858.

Pasados cinco años, el 5 de junio, el tercero de la lista, Robert, cayó abatido por las balas de un asesino en el hotel Ambassador de Los Ángeles, horas después de haber triunfado en las elecciones primarias del Partido Demócrata en California. La fotografía de Kennedy con un ojo semicerrado, su mechón de pelo sobre la frente y un rosario en sus manos le dio la vuelta al mundo. Los diarios de la época ya hablaban del sino trágico de la familia, y lo seguirían haciendo, pues un año más tarde, el 18 de julio, en el incidente de Chappaquiddick, el hermano menor, Edward Kennedy, se salió de la carretera conduciendo y cayó al agua en Martha’s Vineyard. En el accidente murió su acompañante, Mary Jo Kopechne. Los investigadores responsabilizaron al menor de los Kennedy. La prensa lo fustigó hasta llevarlo a la ruina política. Kennedy tuvo que renunciar a sus aspiraciones presidenciales para siempre y su ausencia diluyó las noticias sensacionalistas del clan.

Sin embargo, el 25 de abril de 1984, otro Kennedy, David, hijo de Robert, revivió las ideas de maldiciones. Su cuerpo fue encontrado sin vida en un hotelucho en Florida. Los médicos forenses determinaron que su deceso había sido provocado por una sobredosis de alucinógenos, y los periodistas recordaron oscuros pasajes de su vida, algo similar a lo que ocurrió el último día del año 1997, cuando falleció su hermano Michael, frente a su esposa y sus hijos, luego de que se accidentara con sus esquís en Aspen. Pocos días antes, Michael Kennedy había protagonizado un profundo escándalo al haber sido acusado por una antigua mujer canguro de mantener relaciones adúlteras con ella.

El penúltimo episodio de la maldición tocó a uno de los Kennedy más queridos por los norteamericanos, John-John, hijo del ex presidente Jack y de Jacqueline Boauvier. Su muerte fue misteriosa y tardó varios días en oficializarse, pues los restos del avión en el que se estrelló el 16 de julio de 1999 se dispersaron por el océano Atlántico. Kennedy había salido en su avioneta por la noche, junto con Carolyne, su esposa, y con su cuñada Lauren, pese a que le habían advertido que el clima no era bueno y que podría encontrarse con varias tormentas. Confiado, despreció las sugerencias, como las había despreciado su padre antes de viajar hacia Dallas 36 años antes. A él le dijeron que habría vientos cruzados, que no era una noche para volar. A su padre, que en Texas no lo querían, que alguien había oído algo sobre un plan macabro.

Los dos se obstinaron en sus planes. Murieron. Los dos desafiaron el sentido común, o ese destino trágico que tiempo atrás, mucho tiempo atrás, el rabino Jacobson les auguró por intermedio del viejo Joseph Patrick Kennedy.