El padre de Doña Juana

Nacido en Manizales y criado en Cali, era el único hombre en el país experto en el manejo de residuos sólidos. El polémico basurero, cuya operación se decide en una cuestionada licitación, nació en medio de una emergencia sanitaria.

Año 1983. Casi 1.500 recicladores, unos 800 marranos, caballos, vacas, perros, niños y tres millones de personas alrededor produciendo basura. Gibraltar (en Patio Bonito) y El Cortijo (en la autopista hacia Medellín), dos únicos botaderos a cielo abierto, asediados por los gallinazos que desde arriba observan a los pequeños pelear con los cerdos por los desperdicios. Lugar: Bogotá. Toneladas diarias de residuos sólidos: dos mil.

Era una hecatombe anunciada. Las autoridades, sin embargo, sólo la vieron venir cuando había poco por hacer: El Cortijo se colmó de basuras hasta el último de sus rincones y tuvo que ser cerrado. Las comunidades aledañas a Gibraltar se organizaron para no dejar entrar más carros al lugar. La mediana ciudad de entonces entró en crisis. Antes de que las bolsas con desechos comenzaran a inundarla, la Alcaldía prometió una solución definitiva al problema.

La licitación fue abierta por $50 millones. En un principio, se pensó en hacer tres rellenos sanitarios, uno al norte, uno al sur, y uno al occidente de la capital. Tres sitios complementados con tres plantas de transferencia ubicadas en la estación vieja del ferrocarril de Usaquén, cerca de Corabastos y por el punto conocido como Alicachín, antes del Salto del Tequendama.

Un hombre, uno de los pocos del país que en ese entonces tenía alguna idea del trabajo con las basuras, llegó a dirigir el megaproyecto que salvaría de la inmundicia a los capitalinos: el ingeniero sanitario Héctor Collazos Peñaloza. Nacido en Manizales, pero criado en Cali, y graduado de la Universidad del Valle, el experto se especializó en la materia que muchos ciudadanos prefieren ignorar: la bazofia que se origina en las casas. “A mí me nació el interés por la basura luego de un curso que hice sobre manejo de residuos sólidos con la Organización Mundial de la Salud en la Universidad de Panamá, por allá en 1973. Dentro de la ingeniería era despectivo hablar del tema. Incluso mi madre me decía, cuando yo era chiquito, que no servía ni para recoger basura”. Sonrisa.

Collazos tiene 76 años, hace 17 se retiró del relleno y en 2010 regresó como asesor. Hoy, con el buen peso de la experiencia encima, recorre los campos en la planta y, luego, sentado en un obelisco que recuerda el punto exacto en el que el 1º de noviembre de 1988 se depositó la primera pila de desperdicios, cuenta con gracia la historia del emblemático espacio.

Relleno Sanitario Doña Juana (RSDJ), por el cerro tutelar que se levanta en frente de los terrenos y que lleva el mismo nombre. Hace muchos, muchos años, cuenta Collazos, vivía una mujer en Bogotá que ofrecía servicios de brujería a las señoras para pescar a los maridos infieles. La llamaban Doña Juana. Un grupo de hombres, atrapados en sus deslealtades gracias a las supuestas dotes adivinatorias de la dama, decidió, cualquier día, quemarla en esa montaña.

Doña Juana, el basurero, en emergencia de tanto en tanto, nació, cómo no, en un ambiente de conflicto. Ni tres rellenos ni tres plantas de transferencia. La ciudadanía tenía una necesidad apremiante y había que actuar. De las 489 hectáreas de ahora, 120 se compraron entonces. Apenas 70 eran aptas para enterrar los residuos sólidos.

“No recuerdo cuánto costaron, pero sí que en ese tiempo no existía el barrio Mochuelo Bajo. Por aquí sólo se levantaban unas pocas viviendas. Una casita por ahí… otra por allá. Luego empezó a poblarse la zona”, dice el ingeniero, de cabello y barba de color blanco, que antes había diseñado y fundado los rellenos de Zarzal, Valle, y Cúcuta.

“Cuando me llamaron para hacer esto respondí que no era capaz de liderar un proyecto de tal magnitud. Me dijeron que no me preocupara, que la CAR (la autoridad ambiental) exigía que la cabeza fuera un colombiano, pero que me iban a traer a un genio de Estados Unidos… El tal genio americano hubo que cambiarlo y yo quedé colgado de la brocha manejando un asunto que no conocía a la perfección… Llamé a mi viejo profesor de saneamiento en Estados Unidos y él me recomendó a un norteamericano, profesor de la Universidad de California. George Sunglow fue quien me enseñó a crear estos rellenos”.

En el principio fue el terreno, luego la carretera, unos filtros para captar los lixiviados (líquidos de la basura), una veleta para los malos olores, varias carpas para arreglar la maquinaria, una vivienda para el ingeniero residente, unas violetas sembradas en un ladito, dos mil toneladas de basuras y un litro de agua de desechos por segundo al río Tunjuelo.

Fue una inauguración de pobres. Una pila de basuras, un aplauso. Al mes, llegó el alcalde Andrés Pastrana a izar la bandera, descubrir una placa, que luego se robaron, y tomarse muchas fotos. El mandatario local sembró el primer árbol de Doña Juana y el fundador y diseñador, Héctor Collazos Peñaloza, el segundo.

Represamientos de camiones en el relleno

El viernes pasado, por segunda vez en un año, la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (Uaesp), encargada de manejar el relleno Doña Juana) prorrogó el contrato de operación del basurero que está en manos de la empresa Aguas de Bogotá a dedo, mientras se realiza la millonaria licitación para encontrar un contratista. Al tiempo, el consorcio HMV Concol, que realiza la interventoría a Aguas de Bogotá, confirmó que desde hace al menos una semana se vienen presentando problemas en el relleno. “Debido al invierno y a que el operador no cuenta con la maquinaria suficiente, ha habido represamientos de camiones. El pasado lunes en la madrugada, unos 50 vehículos estuvieron haciendo cola para entrar al lugar”, explicó el ingeniero Pedro Pablo Almanza. El Espectador conoció también que la interventoría tuvo que llamar la atención ante la Uaesp por las demoras en la adecuación de la zona de optimización de Doña Juana.