Adiós a Tony Curtis, una leyenda del cine

Un paro cardiaco terminó con la vida del actor, que compartió escenas con Marilyn Monroe y Jack Lemmon.

Tony Curtis, el niño que se escapaba al cine para huir de su pobre infancia y llegó a lo más alto después de subir y bajar varias veces las escaleras de Hollywood, murió este jueves a los 85 años.

La “meca” del cine dice adiós al gánster, al amante, al cómico y al mujeriego que aseguró que más de mil mujeres se habían rendido a sus encantos, incluida la diva Marilyn Monroe. Rozar sus labios fue “como besar a Hitler”, bromeó al final de su papel de músico disfrazado de mujer y a la fuga que la sedujo en Some Like it Hot.

A sus 85 años murió por una enfermedad que lo acompañó durante sus últimos meses y que acabó por robarle la vida. Pero él prefería explicarlo de otra manera: “He estado enfermo durante la mayor parte de mi vida, en mi cabeza”.

Atrás deja un legado de más de cien películas, cinco matrimonios y una carrera que terminó sin Oscar. Siempre lo quiso, pero sus tiempos dorados como galán de Hollywood se desvanecieron y pasó a ser el actor de filmes poco aclamados, como Lobster Man from Mars (1989).

Pero, como lo hacía cuando era un niño pobre que se escapaba al cine para olvidar los golpes que su madre esquizofrénica le propinaba, a mitad de su carrera volvió a encontrar en el cine su bote salvavidas.

Entonces actuar era una distracción para alejarse de su adicción a la heroína y su dolor por la muerte de su hijo mayor, quien falleció a los 23 años por una sobredosis de drogas.

Sus ojos azul verdoso y el tupé negro que él puso de moda y hasta Elvis Presley copió, enamoraron al público estadounidense.

El debut cinematográfico de segundos bailando con Yvonne de Carlo en Criss Cross (1948) fue el comienzo de su ascenso, que vino marcado por otros los éxitos The Sweet Smell of Success (1957), con Burt Lancaster, Operation Petticoat (1959) o Spartacus (1961).

Pasaba de la comedia al drama con una facilidad que asombraba al público y se convirtió en uno de los actores más versátiles de su tiempo, que no se dejaba encasillar en ningún género.

Pero Hollywood falló en no darle un Oscar, objetaba él, aunque fue nominado a uno como mejor actor con The Defiant Ones (1958).

Cuando abandonó el sueño de la estatuilla dorada, se entregó a su verdadera pasión, la pintura, y a apoyar a su última esposa, Jill, 46 años menor que él, en un proyecto para rescatar a caballos de los mataderos y los maltratos.

 

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