Srebrenica: el genocidio de los hermanos

La historia detrás del recién capturado Radovan Karadzic, acusado por la justicia internacional de organizar el asesinato de 8.000 musulmanes bosnios. Sería extraditado a La Haya esta semana.

A mediados de 1995, la vida en Srebrenica era un milagro. Los cientos de refugiados que huían de la guerra veían en este pueblo bosnio su salvación, pero no había agua, electricidad y mucho menos comida. La muerte se acercaba por las montañas: el ejército yugoslavo y milicias serbias disparaban contra la población e interrumpían el paso de combustibles y alimentos.

En los primeros días de julio, los bosnios de Srebrenica no dejaban de repetirse la misma pregunta: “¿Por qué somos asesinados por nuestros propios hermanos?”.

La respuesta podía hallarse en los días finales de la Guerra Fría, cuando los comunistas de Yugoslavia se dieron cuenta de que la burocracia ya no era rentable. El mejor paso para garantizar los votos y el poder era la independencia de Belgrado.

Primero vino la separación de Eslovenia, le siguió la de Croacia y cuando Bosnia-Herzegovina quería iniciar su propio Gobierno, los serbios, el pueblo mayoritario de Yugoslavia, se opuso a la idea. En 1992, como represalia, iniciaron la guerra.

Un año después, la muerte era un hecho cotidiano en Bosnia. El ejército yugoslavo, compuesto en su mayoría por oficiales serbios, atacaba puntos estratégicos, mientras paramilitares afines realizaban masacres, violaciones y eliminaban a cualquiera que no tuviera su misma sangre.

Uno de los arquitectos de esta limpieza étnica era vecino de sus víctimas. Radovan Karadzic, psiquiatra de profesión, había llegado a Bosnia cuando tenía 15 años. Ya mayor, dejó las consultas a un lado y comenzó a velar por el futuro de sus compatriotas serbios. En 1989 fundó un partido político, se opuso a la independencia de su patria adoptiva y, cuando este objetivo se quedó corto, decidió fundar su propio Estado: la República Serbia de Bosnia. En realidad, perseguía el sueño de fundar la Gran Serbia.

“En el derrumbe de Yugoslavia, los serbios querían conservar los territorios que reclamaban como suyos”, explica Aneta Ikonómova, historiadora y docente de la Universidad Externado de Colombia. Desde el siglo XIX, los serbios eran la autoridad en los Balcanes, y aspiraban a mantener ese dominio.

Para 1993, la violencia contra los bosnios musulmanes era tan evidente que la ONU debió intervenir. Una de sus medidas fue proteger varios pueblos de Bosnia, convirtiéndolos en enclaves bajo la protección de sus fuerzas de seguridad. La medida no cayó bien entre los serbios, que eran atacados desde estos territorios.


La paciencia se agotó a principios de 1995. Karadzic y sus amigos Serbios decidieron que el enclave de Srebrenica no cabía en el mapa de la Gran Serbia y decidieron atacar. El ejército yugoslavo y las milicias serbias primero rodearon el pueblo, cortaron cualquier suministro y esperaron que la situación humanitaria empeorara. Entonces, el 6 de julio, dieron inicio al bombardeo.

En el pueblo, el comandante de las fuerzas de la ONU, el holandés Tom Karremans, pidió apoyo aéreo, pero en el comando central negaron su solicitud. La razón: había diligenciado el formulario equivocado. Las fuerzas serbias tomaron el control del casco urbano, y cuando los Cascos Azules intentaron replegarlos, no dudaron en disparar.

El 10 de julio, la burocracia de la ONU autorizó el ataque aéreo, pero era muy tarde: los serbios dominaban Srebrenica y negociaban con los holandeses el destino de sus hermanos bosnios. La solución permitió a los Cascos Azules salir con vida, pero condenó al pueblo que debían proteger.

Al día siguiente separaron a los hombres mayores de 12 años de las mujeres y los niños, que fueron evacuados del pueblo en vehículos de Naciones Unidas. Entonces, los serbios se dedicaron a juzgar a sus víctimas por crímenes de guerra.

En los días siguientes acabaron con todo aquel que fuera bosnio y musulmán. La historia fue opacada rápidamente por el conflicto étnico de Ruanda y las declaraciones de Madeleine Albright, secretaria de Estado de E.U., para quien el asesinato de 8.000 personas era un “acto genocida”, un crimen menor.

Trece años después, las cosas cambiaron en los Balcanes. Los ex comunistas serbios perdieron el poder, 6.000 musulmanes regresaron a su hogar y la ONU encontró más de 3.500 cuerpos en fosas comunes. Lo que siguió igual fue el sinsabor de los habitantes de Srebrenica. Aquél vecino que buscaba la Gran Serbia estaba escondido y burlaba a la justicia.

El lunes pasado, Karadzic fue capturado en Belgrado. Se había ocultado ante los ojos de los serbios con una identidad falsa. Su arresto trajo a Bosnia una esperanza a medias. “Hacer justicia no es lo mismo que reparar a quienes han sufrido, y restablecer los lazos que se destruyeron en los momentos de violencia”, dice Ikonómova.

Por estos días en los Balcanes se recuerda una moraleja. El director serbio Emir Kusturica, en su cinta Uderground, sintetizó la tragedia de la antigua Yugoslavia en estas palabras: “Ninguna guerra es una guerra hasta que un hermano mata a otro hermano”.