Las respuestas tardías de la masacre de Columbine

A una década de la masacre de Columbine, los estadounidenses comienzan a entender las razones por las que dos estudiantes asesinaron a 13 de sus compañeros el 20 de abril de 1999.

Una de las últimas cosas que vio Cassie Bernall antes de morir, fueron las salpicaduras de sangre en las botas de su verdugo. Éste, que sostenía una pistola automática sobre su cabeza, había asesinado a cuatro compañeros de colegio y herido a otros doce. Tan sólo tenía 17 años.

“¿Crees en Dios?”, le preguntó, apretando el cañón sobre la frente de Bernall. “Sí”. El disparo estremeció a los estudiantes que se escondían en la biblioteca. Siete de ellos corrieron la misma suerte.

Una vez el verdugo y su compañero saciaron su furia y no encontraron mejor salida que el suicido, se tejieron diversas leyendas sobre la masacre en la Secundaria Columbine, de Denver, Estados Unidos. Algunas encontraron inspiración en los confusos reportes de la Policía, que intentaba entender cómo dos menores de edad plantaron bombas por todo el edificio y asesinaron a 13 personas.

Cassie Bernall se convirtió en heroína. Un mes después de su asesinato, la joven fue inmortalizada como mártir del cristianismo en el libro Ella dijo sí, escrito por su propia madre, e inspiró dos canciones.

Luego se descubrió que la pregunta nunca fue formulada. Y así, otras leyendas quedaron sin piso: que Eric Harris y Dylan Klebold, los asesinos, pertenecían a un grupo de adoradores de armas, o que elaboraron una lista de víctimas con negros, cristianos y deportistas incluidos.

“No eran chicos ordinarios que jugaban demasiados videojuegos, sino chicos no ordinarios con serios problemas psicológicos”, dijo el psiquiatra Peter Langman, quien ha investigado la personalidad de los dos bachilleres asesinos.

Los diarios personales dieron las primeras pistas. Se determinó que Harris tenía un deslumbrante talento literario con el que descargaba frustraciones. “Desearía ser Dios, para tener a todos OFICIALMENTE por debajo de mí”, se lee en las últimas páginas, decoradas con esvásticas. Klebold consideraba su vida como “una de las existencias más miserables del mundo”.

Los investigadores también determinaron que seguían un modelo: Timothy McVeigh, el veterano de guerra que mató a 168 personas en 1995 al detonar una bomba en un edificio federal de Oklahoma.

Tras la matanza se encontraron bombas que no explotaron por un cableado deficiente. “Su limitado salario redujo considerablemente el número de víctimas”, sostiene el periodista Dave Cullen en su nuevo libro, Columbine.

A su vez, ambos jóvenes se convirtieron en un modelo para Kimveer Gill, el universitario que mató a un compañero e hirió a 19 en el Dwason College de Montreal, en 2006.