Kiss, el hijo más explosivo del rock

Durante más de 35 años la energía de la banda ha conquistado a tres generaciones de fanáticos.

Hablar de los 100 millones de álbumes vendidos en todo el mundo y ser junto con los Beatles la agrupación que más discos de oro ha obtenido en la historia, es sólo un abrebocas para explicar la fiebre de rock que ha despertado en nuestro país el arribo de Kiss.

Para comprender qué significa Kiss y lo que su visita representa emocional y espiritualmente para sus fans, debemos empezar por decir que son ya 36 años de vida artística y tres las generaciones que han crecido y vivido con la banda de Nueva York. Este es el relato de un fan de la segunda generación, uno que encontró en las letras y riffs de esta estridente banda de rock la energía e inspiración para encarar muchos de los desafíos que enfrentaría a lo largo de su vida.

Cursaba 7º grado en el Colegio Berchmans de Cali, en una época donde la música house y techno gobernaban en la radio. Acababa de llegar de estudiar, fui a mi habitación, me recosté y encendí el radio-despertador. En medio del interminable golpeteo del Get ready for this se colaron los acordes de una guitarra eléctrica que automáticamente hicieron que saltara de la cama. Dos sujetos compartían el canto de las estrofas, tenía una parte suave que iba aumentando lentamente, rasgando las cuerdas de una guitarra, hasta explotar en un coro que parecía levantarme del suelo. Cuando se terminó la canción, el DJ dijo: “Acabamos de escuchar el nuevo tema de Kiss, God gave rock and roll to you”.

¿Que qué? ¿Eso es Kiss? ¿Pero cómo? Kiss es un grupo de rock pesado y hasta medio diabólico, pensé. La canción siguió sonando por varias semanas y pese a mi intento de rechazo al grupo —me educaron como católico y además estudiaba en colegio jesuita— la canción cada vez me gustaba más, de hecho me encantaba. La estrofa “sé que la vida puede ser dura, sé que puede ser una carga, pero hemos recibido un regalo, un camino y ese camino se llama rock and roll” habría de convertirse en un himno personal.

El tiempo siguió pasando, los años de colegio continuaron y en unas vacaciones llegó mi primo Luis Alberto, de Bogotá, con un montón de cassettes titulados Rock varios. Contenía canciones de Queen, Iron Maiden, Aerosmith, Guns N’ Roses y por supuesto, la inmortal Just a boy de Kiss. Para aquel joven de 15 años,  la suerte ya estaba echada: lo mío era el rock y no había nada que hacer. En ese entonces no tenía ni idea de la cruz que llevaría años más tarde por ser el único caleño que no baila salsa.

Mi ‘bautizo’ en el rock habría de completarse, paradójicamente, en una Semana Santa. La Súper Estación realizó un especial con el último álbum de Kiss, el Alive III. En 1993, temas como Rock and roll all nite, Forever y I was made for lovin you —la versión rockera, no la disco— sonaban como verdaderos regalos de Dios. Al otro día salí corriendo a comprar el disco.

En junio de 2000, tras el anuncio de su gira de despedida, con la ayuda de mi madre y luego de explicarle a mi padre que Kiss era como ver al Brasil de 1970, en el que Gene Simmons y Paul Stanley eran algo así como Pelé y Garrincha, emprendí un vuelo de ocho horas desde Cali hasta Muskegon,  para luego recorrer con mi hermana 740km conduciendo a más de 120 km/h por más de ocho horas continuas, para alcanzar a llegar a tiempo a Erie,  y presenciar un arrollador concierto cuyo recuerdo, nueve años después, aún me conmueve hasta las lágrimas.

*Director www.kisscolombia.com

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