/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elespectador/54BTLW2BDJECJJPHWQTTDFS5UI.jpg)
Mónica y Rocío no desayunaron esta mañana. Casi nunca desayunan. El escaso dinero que ganan vendiendo papel de regalo y tarjetas de Navidad en una calle del norte de Bogotá solo les alcanza para darles algo de comer en las mañanas a sus hijos. “Nosotras podemos aguantar, pero los niños no”, dicen con resignación. Son hermanas. Son jóvenes. Son madres solteras cabeza de hogar. Viven juntas en un barrio pobre al sur de la ciudad. Se levantan todos los días a la madrugada, hacen los oficios de la casa y salen a trabajar sin comer. “Solo agua y café, cuando hay”. A los niños les preparan huevos, arroz y agua de panela.
Es jueves antes de Navidad y varias personas se acercan a comprar sus productos. “En un día bueno podemos ganar $40.000 , pero lo normal son $20.000”, dice Mónica mirando a su hijo, que en estos días de vacaciones la acompaña a vender en la calle. Con ese dinero tienen que pagar el arriendo de la casa, los servicios públicos, el transporte y la comida. “Nunca podemos hacer mercado para el mes o para la semana. Nos toca comprar lo del día”. Lo del día casi siempre es una libra de arroz, un puñado de fríjoles o lentejas, un par de papas, una yuca o un plátano. Muy pocas veces alcanza para comprar carne, pollo o cerdo. No se acuerdan de cuándo fue la última vez que comieron pescado. Las frutas y las verduras son un lujo. El yogur, el queso, las nueces y las semillas, necesarios según la FAO para una nutrición balanceada y saludable, no están nunca en su dieta alimentaria. Sueñan con que el 24 de diciembre vendan mucho y puedan preparar una cena especial para la Nochebuena. “Si ahorramos algo de dinero estos días podemos hacer un arroz con pollo muy rico”, explica Mónica. Su niño sonríe.