7 Feb 2022 - 2:00 a. m.

Pamela, la colombiana que sobrevivió a una red de tratantes sexuales en España

Con solo 26 años, conoció las entrañas de la prostitución en Colombia y en México, Argentina, Paraguay, Panamá y España, donde al final terminó presa de una peligrosa red de trata de personas con fines de explotación sexual en el exterior, que hoy es procesada por la justicia española.
Natalia Herrera Durán

Natalia Herrera Durán

Periodista Investigación
Según Pamela*, México es uno de los países más peligrosos para la prostitución. Si se va con un contacto suele ser trata y si no se enfrentan al control de las mafias.  / Ilustración: Jonathan Bejarano
Según Pamela*, México es uno de los países más peligrosos para la prostitución. Si se va con un contacto suele ser trata y si no se enfrentan al control de las mafias. / Ilustración: Jonathan Bejarano
Foto: Jonathan Bejarano

Pamela* tiene 26 años, pero cuando habla sobre lo que padeció parece que tuviera 50. Estamos en la sala de una casa en el norte de Bogotá, a pocos días de su regreso a Europa. Su estadía en el país fue rápida, casi de fantasma, porque teme sufrir un atentado. Aceptó contar su historia por primera vez con la condición de reservar su identidad, el nombre que tampoco conocieron los hombres que pagaron para acceder sexualmente a su cuerpo, porque además en la prostitución las mujeres siempre usan apodos. Hoy, lejos de ese mundo, es testigo protegida de la justicia española en un proceso contra una poderosa red colombiana de tratantes con fines de explotación sexual.

La mañana en que los uniformados de la Guardia Civil española tumbaron la puerta del apartamento, Pamela tenía tanta fiebre que pensó que alucinaba. Llevaba varios días enferma, sin más cuidados que un acetaminofén cada tanto para soportar el dolor. “Tenía mucho miedo. Los veía armados, revolcando todo y pensaba que me iban a llevar presa, hasta que llegaron los de derechos humanos y me indicaron que no me preocupara, que yo y la venezolana que estaba conmigo éramos víctimas. Ahora pienso que tuve suerte, porque en esos días ya no podía conmigo y a ellos [los tratantes] no les importaba. Días atrás, estaba sola en ese piso y prefería mentir, decir que los clientes no llegaban, apagar la luz y no abrir la puerta. Prefería que me putearan antes de seguir acostándome en esas condiciones de salud”, recuerda Pamela, quien llora y pide perdón por hacerlo, como si no tuviera permiso para derrumbarse.

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