Vaupés, en el suroriente de Colombia, es un lugar único en el mundo. Tiene cerca de 54.000 kilómetros de selva conservada, con más de 586 especies de fauna silvestre, 96 de peces y 550 de aves. Conocida como la “Tierra brava de la selva y el raudal”, este emporio de biodiversidad se ubica en el límite de la formación Guyana, hacia la planicie amazónica y está lleno de ríos de colores, árboles y enorme diversidad cultural indígena. Las cuatro comunidades indígenas mayores que habitan el territorio son los cabiyaris, los barazanos, los taiwanos y los tatuyos, todos defensores de la Amazonia. La región, en los años más intensos del conflicto armado, fue considerada una “zona roja”, por la presencia, control armado y reclutamiento de la guerrilla. Hoy, luego del Acuerdo de Paz con las Farc, se abre al mundo desde el ecoturismo como una forma de ingreso y supervivencia cultural.
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Esa apertura económica y social, sin embargo, está apenas en construcción y la actividad sigue teniendo grandes desafíos y tensiones. Las comunidades indígenas buscan turismo sostenible, responsable y controlado, pero no pueden impedir la entrada al territorio de dudosos operadores turísticos. La más reciente evidencia de este escenario de informalidad la padecieron 11 viajeros colombianos que fueron dejados a su suerte en la selva de Vaupés. “Perderse en la selva es duro, más si son turistas. Les puede costar la vida, porque no hay comunicación y no pueden salir sin ayuda de las comunidades. Uno no puede dejarlos a la deriva, eso es muy irresponsable. La selva es peligrosa, hay serpientes e insectos, y la comida y el transporte son escasos y costosos”, dice Maximiliano Sánchez Ortiz, líder indígena de la etnia cabiyari, de la comunidad de Buenos Aires, quien auxilió a los viajeros.
Maximiliano Sánchez tiene 27 años, habla como un hombre sabio. En los tiempos de conflicto armado fue objetivo militar de las Farc por denunciar el reclutamiento forzado de menores de edad. Hoy busca darle forma a un proyecto serio y ético de ecoturístico en su región. Todo lo contrario a lo que sucedió a finales del mes de noviembre, cuando 11 turistas, ocho hombres y tres mujeres, fueron embaucados por un falso operador turístico con su registro al día. Jairo Andrés Portillo fue uno de los viajeros defraudados. Un samario que, junto con su familia, desde hace varios años recorre lugares poco explorados en Colombia. Desde que se firmó el Acuerdo de Paz, en 2016, se dedica a conocer el país que ocultó la guerra durante cinco décadas: Guaviare, Meta, Caquetá y Guainía. Por eso, en su mapa personal, el Vaupés era un destino soñado.
“Mi hermana encontró por internet a la empresa turística Jasa Tutu SAS, que promociona a Vaupés como destino, con Registro Nacional Turístico (RNT) vigente. Su representante es Pablo César Vargas Ramírez. Él dijo que era indígena, nativo de la región, y eso nos dio confianza. Sobre todo, porque el plan de exploración incluía meterse en lugares con poca o nula infraestructura turística”, expresa Jairo Portillo. El viaje quedó concertado para la semana del 20 al 27 de noviembre. “En principio íbamos a ir 15 personas. Cada una consignó $3′300.000 por el viaje que cubría tiquetes, estadía, transporte y alimentación. Al final, dos personas cancelaron, pero no pidieron la devolución de su dinero”, añade. La idea era viajar de Bogotá a Mitú y después adentrarse en avioneta a la selva hasta la comunidad indígena de Buenos Aires. De allí, en lancha, el objetivo era recorrer alucinantes sitios naturales, como el raudal de Jirijirimo o el cerro Morroco.
“Antes del viaje, Pablo César Vargas llamaba con mucho entusiasmo y me decía: ‘Jairo, estoy haciendo las compras de comida, buscando los vuelos’. Eso me dio confianza. El día esperado llegó y Pablo César nos recibió en motocarros en el aeropuerto de Mitú. Los famosos Tuk Tuk que tienen una pequeña cabina. En ellos nos llevó al hotel. Todos estábamos superfelices. Los problemas empezaron cuando Pablo César Vargas les comentó que había cambios en el itinerario por el mal tiempo en la región. Aunque supuestamente él había contratado en Villavicencio un servicio de avioneta para llevarlos hasta la comunidad de Buenos Aires, el grupo se tuvo que conformar ese día con ir a una cascada cerca de Mitú. Ya en la noche, de nuevo en el hotel, Pablo César Vargas les insistió en que el mal tiempo continuaba y que había que cambiar de nuevo el itinerario pactado. Esta vez se adentrarían a la selva en lancha y regresarían en avioneta.
“No vimos nada ilógico en el cambio y lo consentimos. Al siguiente día madrugamos, pero en el puerto nos esperaba una lancha con motor pequeño, de 40 caballos de fuerza, y no de 200, como acordamos. Entonces le dije a Pablo César Vargas: ¿oye, eso no fue lo que dijimos, nos vamos a demorar el doble de tiempo en el trayecto’. Pero él me aseguró que no, que no me preocupara, que eran apenas seis horas y que no había otra disponibilidad. Entonces nos montó a dos guías de su supuesta confianza en la lancha, también indígenas. Nos dio unas carpas, un refrigerio y luego nos indicó que debíamos llegar a una comunidad, donde nos esperaban con comida y estadía.
Al día siguiente debíamos caminar hasta un punto donde nos veríamos con él, para ir juntos hacia la comunidad de Buenos Aires. Así nos embaucó”, sintetiza Jairo Portillo.El recorrido de la lancha no demoró seis horas, sino 14 y la comida fue leche en polvo, cereal, un par de gatorades y un salchichón cervecero. Durante el camino llovió, hizo sol intenso y llegaron agotados y molestos hacia la una de la madrugada a la comunidad indígena de Bellavista, que los miró con sorpresa porque no tenían idea de su arribo. “No sabían nada de nosotros. No había comida, nada. Para rematar, cuando nos estábamos bajando de la lancha, el lanchero nos dijo: “¿Y quién me va a pagar?”.
Al lanchero le habían dado $100.000 de los $400.000 que costaba el recorrido, y él reclamaba el resto para comprar gasolina y devolverse”, recuerda Jairo. En ese instante los turistas entendieron que estaban por su cuenta y riesgo en un lugar selvático, sin señal de celular. Entonces tuvieron que convencer a la comunidad que los veía con recelo para que les vendieran una lapa, roedor de monte, para comer, porque la mayoría tenía mucha hambre. Otros solo querían tirarse al piso a descansar. Al final tuvieron que pagar la comida, la entrada y la estadía. Al día siguiente madrugaron, se bañaron en el río y tuvieron que volver a negociar un sancocho de pescado y quién ayudara a cargar las maletas. “Nos cobraron por cargarnos los equipos $150.000 a cada uno”, dice Jairo, quien insiste en que para ese momento todavía tenían la esperanza de encontrarse con Pablo César Vargas en el lugar mencionado.
Les preguntaron a sus guías por dónde era el camino para emprenderlo, pero en ese momento ellos les confesaron que no tenían idea, que eran indígenas, pero vivían en Mitú y no conocían la región. “Quedamos desconcertados. Entonces nos tocó iniciar una extenuante caminata con algunas personas de la comunidad. Cuando llegamos al caño donde se supone debía estar Pablo César Vargas, pasó lo que ya temíamos todos. Nunca apareció y tampoco alguna lancha para movilizarnos o rescatarnos. Habíamos caminado 18 kilómetros, estábamos molestos, cansados y con hambre. Tuvimos que caminar tres horas más hasta la comunidad de San José de Canararí, donde nos confirmaron que Pablo César Vargas no tenía entrada allá porque ya los había robado”.
En total, ese día caminaron 25 kilómetros durante nueve horas entre la selva espesa. Por fortuna llevaban un Spot GPS, teléfono satelital que sirve para enviar mensajes de texto, y fue así como avisaron a la hermana de Jairo, Annette Portilla. Ella contactó a Thomas Doyer, un colombo-holandés que lleva 18 años recorriendo el país y conoce la región, siempre de la mano de las comunidades indígenas de Altamira y Buenos Aires. “Annette me llamó como a las 11:00 p.m. pidiendo ayuda, porque el grupo estaba botado en la selva. Por eso, junto con Max, hicimos todo para sacarlos de allí. Ahora en esa zona hay mucho interés turístico, pero hay preocupación de todo lo malo que trae cuando es mal manejado”, comenta Thomas Doer. El Max que refiere es Maximiliano Sánchez, el líder indígena que activó la logística de transporte fluvial y aéreo y, luego de seis días de sobresaltos, logró sacar al grupo de viajeros.
“Nos tocó regresar en lancha porque las pistas aéreas de las comunidades eran pequeñas, decían que solo había un piloto que aterrizaba allí y no estaba disponible. El recorrido fue largo. En cada comunidad tocó pagar todo por nuestra cuenta: la comida, la estadía y la entrada. Por fortuna llevábamos dinero y pudimos cubrir los gastos. Eso fue lo que nos salvó”, confiesa Jairo Portillo. Se trata de comunidades indígenas donde no hay señal de celular, ni luz eléctrica, ni internet, ni baños y el agua para tomar no es de garrafón, sino de los ríos cristalinos. En el aparatoso trayecto, al más joven del grupo, de 17 años, lo picó un insecto que le provocó una alergia inminente y le infectó buena parte de la mano. Durmieron en carpas, sobre el piso o en hamacas, y su dieta fue pescado moquiado, ahumado en hojas, y casabe o yuca brava cocida y tostada.
“A pesar de que no nos esperaban, las comunidades fueron solidarias y generosas. Nos alimentaron cuando la comida no alcanzaba ni para ellos, asegura Diana Forero, una de las tres mujeres que iban en el grupo turístico. “Después de caminar y de movilizarnos por lancha durante largas horas empecé a tener dolores en la columna. Iba débil y andando en la selva, para evitar una caída, puse la mano y caí sobre unos gusanos venenosos. La mano se me empezó a inflamar muchísimo. La primera hora, el dolor fue intenso. Trataba de no pensar negativo, pero no sabía cómo iba a reaccionar mi cuerpo. Una noche, la cuarta, entré en colapso, me sentía enferma, sin dinero, a la deriva y con dolor. Después me entregué a lo que estaba viviendo. La mente en la selva es todo. Y poco a poco, aunque no habíamos comido bien, ni descansado, y había mucho agotamiento, nos sostuvimos a punta de fortaleza mental. De decir: ‘vamos a salir de esta juntos’”.
Cuando llegaron por fin a la comunidad de Buenos Aires, desde donde saldría la avioneta que los llevaría de regreso a Mitú (tan pequeña que los tripulantes debían encorvar la espalda para despegar), los viajeros cuentan que los recibió la mamá de Pablo César Vargas, llorando y apenada por la actuación de su hijo. Les pidió perdón y hasta les ofreció su casa para que pernoctaran, pero el grupo prefirió alojarse en otro lugar. “Cuando por fin logramos llegar a Mitú, de inmediato decidimos interponer el denuncio en la Policía por el delito de estafa. Quisimos que procesaran a Pablo César Vargas hasta por intento de homicidio, porque nos mandó a la selva a nuestra suerte, pero en la Policía dijeron que no se podía, pues finalmente volvimos a Mitú sanos y a salvo”, refiere Jairo. En total, en dinero, Pablo César Vargas los estafó en un poco más de $55 millones, si se suman los gastos que tuvieron que asumir por su cuenta y lo que consignaron por adelantado.
“Da tristeza lo que vivimos. Él no sabe el daño que le hace a su región, que, sin duda, necesita una segunda oportunidad para ver su propio progreso después de vivir tantos años de conflicto”, concluye Jairo Portillo. Para Diana, más allá de las afectaciones, es importante que la historia se conozca: “Sabemos que no le va a pasar nada en términos de justicia, por eso quisimos contar lo que vivimos, para que nadie más vaya a este increíble sitio lleno de preocupaciones y sobresaltos, para que quienes vayan puedan gozarse plenamente ese lugar único, en armonía con sus comunidades”.
Este diario buscó contactar a Pablo César Vargas para conocer su versión sobre los hechos, a través de tres diferentes números celulares, mensajes de texto y un correo electrónico, pero nunca se obtuvo respuesta. Los teléfonos en los que contestaba hace un mes para ofrecer sus paquetes turísticos a Vaupés, registrados en diferentes páginas web y en el Registro Nacional Turístico (RNT), hoy están apagados y envían directamente a correo de voz. Sin embargo, a través del Viceministerio de Turismo y la Cámara de Comercio de Villavicencio, este diario confirmó que el RNT que tiene la empresa Jasa Tutu SAS, que representa Pablo César Vargas, fue expedido en junio de este año y tiene vigencia hasta febrero de 2022.
En la actualidad, el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo no ejerce control y vigilancia sobre los prestadores de servicios turísticos del país. Esta función se encuentra en cabeza de la Superintendencia de Industria y Comercio, encargada de imponer sanciones a los operadores turísticos que cometan irregularidades. Sin embargo, la realidad es que el RNT tiene pocos controles porque, entre otras, es un documento declarativo, fundamentado en el principio de buena fe. Por eso, siempre que se quiera conocer un sitio poco explorado como el Vaupés, es mejor pedir referencias con las comunidades que allí habitan.
Para Maximiliano, hacer turismo en territorio indígena es diferente a otros lugares: “Como indígenas estamos preparándonos para ofrecer paquetes turísticos y hacerlo bien. Estamos en la construcción de un reglamento interno de turismo, ahora que hay viajeros. No queremos que esto vuelva a pasar. Queremos ser protagonistas y no dejar que el turismo quede en manos de operadores externos, que, como Pablo César Vargas, se hacen pasar por locales, pero hace años no están en las comunidades”. Una posición que comparte Thomas Doyer: “Nosotros como blancos vemos un río o una roca bonita y tomamos una foto, pero para los indígenas es un río sagrado, conectado con sus tradiciones, como el raudal del Jirijirimo que hoy no está abierto al turismo porque es Parque Nacional Natural y las comunidades quieren organizarse para que quienes lleguen allí lo cuiden y valoren”.