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Constitucionalismo de la Tierra en América Latina: de Quintín Lame a Juan Fernando Jaramillo

Ensayo del subdirector de Dejusticia en memoria de Manuel Quintín Lame (1880-1967), líder Nasa y pensador autodidacta; y Juan Fernando Jaramillo, constitucionalista fallecido en 2012.

Paulo Ilich Bacca

17 de febrero de 2026 - 01:00 p. m.
Manuel Quintín Lame Chantre (izq.) es uno de los líderes indígenas colombianos más recordados por su lucha en defensa del pensamiento y el territorio de culturas originarias como la Nasa, del departamento del Cauca. Juan Fernando Jaramillo fue abogado, doctor en Ciencias Políticas, magistrado auxiliar de la Corte Constitucional, funcionario de la Defensoría del Pueblo, profesor de derecho de la Universidad Nacional y fundador del Centro de Estudios de Justicia, Derecho y Sociedad (Dejusticia).
Foto: Ilustraciones cortesía de cocanasa.org y Dejusticia-Tobías Arboleda
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José María Arguedas (1911-1969), escribió en su diario del 18 de mayo de 1969, que un pino de ciento veinte metros que crecía en el patio de la casa Reisser y Curioni, en Arequipa, se convirtió en su mejor amigo. Era un árbol “sumamente entrañable y a la vez de otra jerarquía”, un ser que había derramado sobre su cabeza feliz toda su sombra y toda su música. Una música que, al decir del escritor peruano, ni Bach, ni Vivaldi, ni Wagner lograron hacer tan palpitante. Una música oníricamente penetrante hecha del humus que nos forma, “y que al contacto de esta sombra se inquieta con punzante regocijo, con totalidad”. (Lea otro ensayo de Paulo Ilich Bacca: transición energética en La Guajira).

Este texto quiere evocar a dos maestros que, como aquel pino de Arequipa, son gigantes, entrañables y de otra jerarquía: Manuel Quintín Lame (1880-1967), líder Nasa y pensador autodidacta; y Juan Fernando Jaramillo, constitucionalista y amigo que nos dejó prematuramente en 2012.

En mayo de 2009, bajo el asombro que me producía el pensamiento de Lame, le propuse a Juan —con quien entonces dictábamos el curso de Teoría de la Constitución en Latinoamérica en la Universidad Nacional de Colombia— la idea de incluir algunos de los textos de Lame en las sesiones dedicadas a analizar el problema de la tierra en Latinoamérica.

Lame fue una de las voces más potentes en la defensa de la tierra, la autonomía y la dignidad de los pueblos indígenas en Colombia durante la primera mitad del siglo veinte. Su escritura, fundida entre la memoria, la profecía y la denuncia, sigue siendo un archivo vivo. Le hablé a Juan de la figura de Lame, de la fuerza telúrica de su palabra y de la centralidad de su obra en el pensamiento latinoamericano. Juan, siempre dispuesto a abrir el derecho a territorios nuevos y a dejarse interpelar por otras formas de pensamiento, me pidió que eligiera algunos textos para el curso. Así comenzó un diálogo que, sin saberlo, estaba destinado a transformarnos.

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Siguiendo la intuición de William Blake, para quien “si las puertas de la percepción se purificaran, todo aparecería ante el hombre tal como es: infinito”, puedo decir que la urdimbre que emana de la obra de Lame no ha dejado de confrontarme con nuevas hipótesis y lecturas sobre la justicia más allá de lo humano. En ella habita la sabiduría de la que hablaba Arguedas: oníricamente alentadora, hecha de la materia común de lo viviente. Es esa vibración misteriosa la que me conecta con el pensamiento de Lame y Jaramillo; y es desde ese pulso, que me atrevo a plantear algunos ecos entre sus vidas y obras, como quien escucha en el viento de los grandes árboles, una música que orienta.

La Educación

Quintín Lame le apostó a la educación como dispositivo para romper con cualquier tipo de cláusula colonial. Su relación con las comunidades indígenas que representó fue esencialmente pedagógica. Se trató de una suerte de propedéutica que reivindicó el aprendizaje de la cultura de los blancos con la consigna de adquirir las competencias para revertir el régimen de explotación de su modelo. Provocador e incisivo, no solo denunció la explotación del terrasguero indígena en el campo; además, reveló el régimen de verdad que disminuye su conocimiento, valorado con los estándares del patrón instructivo dominante.

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Si hay algo que caracterizó a Juan Jaramillo es su don para enseñar. Educar fue su vocación. Un grato recuerdo de mi ejercicio docente, es que Juan asistía a mis sesiones del curso: se sentaba entre los estudiantes y levantaba la mano para preguntar. Combinando desenvoltura y sofisticación para abordar los temas con giros histriónicos de comediante, su palabra, siguió la premisa de Alejandro Jorowsky, según la cual, aprender es la mejor forma de enseñar.

El bastón de mando, o chonta, símbolo milenario de la autoridad indígena. Imagen captada en las montañas del pueblo Nasa del Cauca.
Foto: Julián Ríos Monroy

El derecho y los derechos

En el pensamiento de Quintín Lame, el derecho no aparece como una arquitectura abstracta de normas sino como un territorio vivo en disputa, un espacio donde se juega la dignidad histórica de los pueblos. Su reflexión esclarece cuestiones fundamentales en el debate sobre los derechos indígenas porque parte de una premisa tan potente como abierta: la relación originaria de los pueblos con la tierra antecede al Estado y a sus formas jurídicas.

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En su tiempo, Lame afirmó que los pueblos indígenas eran los dueños originarios del suelo colombiano, no como un gesto de exclusión, sino como una impugnación frontal al orden colonial que había negado toda soberanía no estatal. Hoy, leída desde una clave intercultural más amplia, esa afirmación puede y debe dialogar con la presencia histórica y política de los pueblos afrodescendientes y campesinos. El pensamiento de Lame no clausura esa posibilidad; por el contrario, la habilita, porque es una crítica a cualquier forma de dominación que pretenda borrar la relación viva de los pueblos con su territorio.

Si bien la incursión de Juan Jaramillo en el campo del derecho y los derechos daría para un tratado, en lo que respecta a los derechos indígenas tuvo un tacto singular, una sensibilidad poco común para comprender las posibilidades creativas de un diálogo vivo con la tradición de los derechos humanos.

Su apertura no fue meramente conceptual. Más allá de defender los derechos de los pueblos indígenas consagrados en la Constitución de 1991, tejió vínculos de amistad con autoridades tradicionales, convencido de que el derecho no se aprende únicamente en los libros, sino también en la palabra compartida, en la confianza y en la escucha.

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En las discusiones más acaloradas sobre estos temas, Juan no solo destacaba por su erudición bibliográfica, sino por la forma en que sabía reconducir los argumentos a partir de las conversaciones que sostuvo durante años con Gabriel Muyuy, líder y senador indígena del Putumayo. En su voz resonaban esas charlas como ecos de una ilustración silenciosa: el derecho, para Juan, era una lengua en permanente traducción, una travesía entre mundos que solo puede sostenerse cuando el conocimiento académico se deja atravesar por la experiencia viva de quienes caminan, recuerdan y defienden sus territorios.

La obra "Homenaje a Manuel Quintín Lame" es una una copia de la firma del líder indígena en achiote. La pieza representa la escritura occidental y la grafía indígena.
Foto: Antonio Caro y Red Cultural del Banco de la República

Raza y Civilización

No se puede perder de vista que la vida de Quintín Lame sigue siendo un referente fundamental para los movimientos sociales del sur global. En un contexto histórico marcado por la exaltación de políticas y prácticas racistas, Lame logró consolidarse como una figura central en la defensa de los pueblos indígenas. Su reconocimiento no se limitó al interior de las comunidades que le otorgaron autoridad para representarlas, trascendió a la sociedad blanca, donde su liderazgo llegó a percibirse como una amenaza para la hegemonía política, económica e intelectual de la época, e incluso como el germen de una rebelión.

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Una de las razones que me unió intelectualmente a Juan Jaramillo fue su insistencia en pensar el derecho constitucional desde América Latina. Sus lecturas de José Hernández, Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento le permitieron cuestionar las nociones de desarrollo y civilización heredadas del constitucionalismo europeo, problematizando un enfoque dominante: el estudio de la historia constitucional centrado en las tradiciones inglesa, francesa y norteamericana, que consideraba limitado para comprender nuestra propia realidad.

Literatura y política del sueño

La prosa de Quintín Lame tejió un universo en el que la tradición oral del pueblo Nasa devino poesía. La vehemencia y precisión de sus alegatos jurídicos y discursos políticos contrasta con la delicadeza y refinamiento de su estilo literario. Su autobiografía, la pieza de su obra con mayores alusiones poéticas, sugiere estados profundos de contemplación de la naturaleza. Su recogimiento, insinúa, a la vez, una catarsis para equilibrar las adversidades que lo aguzan. Cuando alude al pensamiento de sus detractores, los que asistieron a los grandes claustros de enseñanza, recuerda, que sus sentidos no accederán a la educación de las selvas que siguen fortaleciendo el alma del indio.

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La filigrana del curso de constitucionalismo latinoamericano creado por Juan Jaramillo se hilvanó al calor de la literatura de nuestro continente. Su sensibilidad poética posibilitó conexiones inimaginables en una Facultad de Derecho: El problema del indio a través de “El zorro de arriba y el zorro de abajo”, de Arguedas; La esclavitud y la situación de la población afrodescendiente a través del “El reino de este mundo”, de Carpentier; El autoritarismo latinoamericano a través de “El Señor Presidente”, de Asturias; La revolución mexicana a través de “La muerte de Artemio Cruz”, de Fuentes, por citar sólo algunos ejemplos.

Juan, cual personaje de Borges, siguió al pie de la letra la enseñanza del célebre epílogo a Otras inquisiciones: “la metafísica es una rama de la literatura fantástica”. Resistiéndose al carro, evocó a Bruce Chatwin en la idea de que “caminar es una virtud” y “el turismo un pecado mortal”. Y corriendo la maratón de Bogotá, se hermanó con Haruki Murakami, quien afirmó que “escribir novelas se parece a correr un maratón”.

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En mi vida, el encuentro poético entre Lame y Jaramillo, entre literatura y derecho, entre cuerpo y pensamiento, perfiló una auténtica política del sueño. Una política que no se agota en la denuncia ni en la ironía, sino que se atreve a imaginar mundos posibles. Porque en contextos de dominación, soñar no es huir: es insistir. Es conservar intacta la capacidad de crear sentido, de abrir futuro, de afirmar que incluso en medio de la adversidad, la imaginación sigue siendo una de las formas más profundas de la libertad.

* Paulo Ilich Bacca es colaborador de El Espectador y subdirector de Dejusticia.

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