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El momento en que se cruzaron sus vidas “está perdido en la noche de los tiempos”, como dice Fernando Pareja, pero fue la ciudad amurallada el escenario de sus destinos, el derecho la profesión escogida, la Universidad de Cartagena más que una academia en común y la literatura el escape para exorcizar los fantasmas de los expedientes y de tanta sangre vista. La abogacía la heredaron de la vena paterna y hasta vecinos de barrio fueron, en Manga. Catorce años los distancian, pero sus historias tienen tantas afinidades como coincidencias, y hoy hacen llave como Fiscal y Vicefiscal generales de la Nación.
Aunque nació en Ciénaga de Oro (Córdoba), Guillermo Mendoza Diago es más cartagenero que la Kola Román —de allá proviene toda su familia materna—. Fue el trasegar de su padre en la Costa como fiscal delegado lo que le imprimió a su infancia un espíritu nómada, que vino a reposarse en 1966, cuando se radicó en ‘La Heroica’. Allí culminó su bachillerato, en el Gimnasio Bolívar, y pronto se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Cartagena. Caía el telón de la revolucionaria década de los 60, Mendoza cultivaba su vocación por el derecho mientras Fernando Pareja correteaba por Manga enloquecido por el béisbol. Mendoza se graduó en 1973 y fue nombrado como juez en Providencia.
No había cumplido los 24 años, tenía vida de soltero y el trago no le hacía falta, pero le urgía regresar a tierra firme; fue nombrado juez en Sincelejo —parte de su bachillerato lo cursó allí— y durante seis años impartió justicia en la capital sucreña. Corrían los tiempos del gobierno de Julio César Turbay cuando regresó a Cartagena en calidad de juez superior, y desde entonces ya profesaba particular cariño por un referente jurídico de Bolívar, el fiscal delegado Rafael Pareja Jiménez, un jurista respetado que vivía en una casona en Manga, de esas con “más patio que casa”.
Su hijo, Fernando Pareja Reinemer, ya para esa época había decidido librar las mismas batallas como abogado; en sus tiempos de colegio se la pasó escarbando la biblioteca de su padre junto a sus amigos Francisco Ricaurte y Humberto Sierra. Años después, volverían a encontrarse en Bogotá: Ricaurte como magistrado de la Corte Suprema y Sierra como magistrado de la Corte Constitucional. A principios de los años 80, sin embargo, las preocupaciones eran otras, Fernando tenía una vida monacal de estudio, construyó encima de un palo de almendra del patio de su casa un refugio para su soledad y allá embelesó su placer literario. Empezó a estudiar Derecho en Cartagena y aprendió de los mejores.
Gabriel Bustamante, Sánchez Pernet, Álvaro Angulo, Guillermo Gómez León, Aníbal Pérez Chaín: todos fueron sus profesores, como lo fueron años antes de Guillermo Mendoza. Por esos días, el hoy Fiscal General conoció al doctor Rafael Pareja Jiménez, un mentor de los jueces de Bolívar. “Le hacíamos consultas más a él que a los propios magistrados”, cuenta Mendoza. Alguna vez amenazaron a Rafael Pareja por un caso de homicidio, Mendoza se enteró y le expresó su solidaridad. De paso, le dijo: “Bueno, yo tengo una pistola, te la puedo prestar por si pasa alguna cosa”. Luego le explicó cómo usar el proveedor y las balas, cómo sacar el seguro o manejar la recámara del arma.
Rafael Pareja le contestó, sencillamente: “Hagamos una cosa, sácale el proveedor y dámela así, que el que se me acerque lo mato a culatazos”. La amistad empezó a avivarse, las simpatías fueron más comunes y la cercanía con su hijo Fernando se estrechó. A mediados de los 80, Fernando Pareja se graduó y ofició por un tiempo como notificador de un juzgado, mientras su padre inició los trámites de jubilación. El sol y el ocaso de un mismo apellido. Con el cargo vacante de Pareja, Mendoza Diago logró ser incluido en una terna enviada al presidente Belisario Betancur. Sus competidores tenían padrinos políticos, pero, por galanistas en común, consiguió colar su nombre en el despacho del ministro Enrique Parejo.
Nunca supo bien por qué, si acaso fue su simpatía con el Nuevo Liberalismo o quizá sus años como juez en Sincelejo y Cartagena, pero fue designado por el Presidente como fiscal delegado ante el Tribunal de Bolívar. Sin esperarlo, terminó reemplazando a Rafael Pareja en su despacho. En aquellos tiempos, Fernando Pareja Reinemer viajó a Bogotá a estudiar una especialización en la Universidad Externado. Entretanto, las mafias del narcotráfico le declaraban la guerra al Estado, Los extraditables desataron una ola de barbaries sucesivas y el salvajismo de los carros bomba causaba pánico. En 1987 las vidas de Fernando Pareja y Guillermo Mendoza volvieron a cruzarse. Se abrió concurso para nombrar fiscales en Cartagena y Pareja ocupó el primer lugar. El examen lo hizo Guillermo Mendoza Diago.
Pero al despacho del procurador Alfonso Gómez Méndez llegó un mensaje anónimo que denunciaba supuestas trampas y favoritismos y el concurso fue anulado para echarle tierra a las suspicacias. A los 24 años, el joven abogado Fernando Pareja retornó a Bogotá, hizo otra especialización en ciencias criminológicas en el Externado y se vinculó a la Personería. En caminos paralelos fueron desarrollando sus carreras. En noviembre de 1989, Mendoza fue nombrado magistrado del Tribunal Superior de Cartagena, y su amigo Fernando Pareja lo acompañó en las diligencias para su posesión, en tanto que Pareja oficiaba como agente del Ministerio Público y, hacia 1990, se aventuró al mundo del litigio.
Siendo magistrado, nuevamente Mendoza sugirió el nombre de Pareja para un juzgado penal municipal en Cartagena, pero los azares del destino seguían sin encontrarlos, y la oportunidad pasó. Entre libros y expedientes se les fue yendo el tiempo; Pareja cultivó su gusto por la poesía china y griega, releyó, ya no se acuerda cuántas veces, Cien años de soledad, el monumental libro de Gabo, y poco a poco fue acostumbrando su genio al caos de la capital. En 1994 se reencontraron. El fiscal Alfonso Valdivieso nombró a Mendoza fiscal delegado ante la Corte Suprema. Tuvo que mudarse a Bogotá, se alojó con su familia en un hotelito por el Parque Nacional y quien acudió a su rescate para evitar ‘corronchería’ alguna fue Pareja.
Le recomendó que usara buzos no muy tropicales y esconder las medias blancas que combinaba con pantalones de dacrón en Cartagena. No pasó mucho tiempo para que Mendoza lo postulara de nuevo como fiscal auxiliar ante la Corte, pero tampoco cuajaron las cosas. Siguieron sus vidas, Mendoza fue ganando espacio en la Fiscalía, procesó a Diomedes Díaz por el crimen de Doris Adriana Niño y asumió los coletazos del 8.000, acusando, entre otros, a los temibles hermanos Rodríguez Orejuela, del cartel de Cali. Por su parte, Fernando Pareja litigaba con éxito, en marzo de 2001 volvió a la Personería como delegado y, tres años después, por concurso, asumió como magistrado del Tribunal de Bogotá.
Allí le confirmó la condena a la Negra Candela por difundir un video íntimo de Luly Bosa; sentenció a tres asesinos que apuñalaron más de 300 veces a su víctima y, entre muchos otros expedientes, recuerda uno que lo horrorizó: la historia de un padre que mató a su hija de tres años porque, enferma, vomitó en cualquier parte de su casa. Mendoza, entretanto, había sorteado varias administraciones en la Fiscalía. Corría el año 2006 y el escándalo por la presencia del ‘brujo’ Armando Martí en las entrañas del organismo causó un remezón que sólo vino a atemperarse cuando fue nombrado como Vicefiscal General. Creyó que era la cúspide en su carrera.
Le tocó asumir la segunda instancia en casos de parapolítica, enfrentar decisiones polémicas, como otorgarle la libertad al ex senador Mario Uribe o vigilar los avances del proceso del Palacio de Justicia. En agosto de 2009 se fue Mario Iguarán y asumió como Fiscal encargado. El pulso entre el Gobierno y la Corte Suprema ha impedido el nombramiento de su sucesor. Viendo que la cosa iba para largo, “a mansalva” dijo en los medios que su Vicefiscal era Fernando Pareja. Por fin aceptó acompañarlo y heredó el ‘chicharrón’ de la yidispolítica. Después de estudiar el expediente, acusó al ex ministro Sabas Pretelt —otrora todopoderoso— por la compraventa del voto de Yidis Medina en el Congreso.
En los últimos 10 meses, la dupla cartagenera Mendoza-Pareja tomó las riendas de la Fiscalía, impulsó casos como el del espionaje del DAS a la Corte —con funcionarios del Ejecutivo ya en prisión, como Mario Aranguren—, el escándalo de Agro Ingreso Seguro, la parapolítica, e investigaciones sobre nuevos capos de la mafia.
Ambos dicen que están que se van, que tienen la maleta lista, que con tanto lío no saben por qué a tantos los desvela querer montarse al ‘potro’ de la Fiscalía —muchos dicen, sin embargo, que Mendoza hizo lobby para ser ternado—. Pero la Corte rehúsa escoger al nuevo Fiscal y por descontado se da que sólo en tiempos posuribistas lo hará. Mientras ocurre, Mendoza y Pareja, como en sus tiempos en ‘La Heroica’, siguen cruzando sus destinos en la justicia.