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Cumpliendo con uno de los mandatos básicos del tratado de Oslo contra las bombas de racimo, Colombia desactivó el jueves las últimas que quedaban en el país y se comprometió a utilizar armas de mayor precisión en su lucha contra la guerrilla.
Las dos últimas bombas racimo que existían en el país fueron destruidas el jueves en Marandúa (Vichada). Así lo notificó el Ministerio de Defensa, que dio cumplimiento al Tratado de Oslo, que fue suscrito por Colombia en diciembre de 2008 y prohíbe la utilización de este tipo de artefactos.
Desde enero de este año el Gobierno ha venido destruyendo esta clase de bombas, que en total suman 41. La necesidad de eliminarlos radicaba en que estos aparatos, que son reconocidos por su capacidad de desastre, se asemejan a un racimo de uvas que se dispersa en el aire, por lo que sus granadas, si bien podían explotar en la zona planeada, también podían hacerlo en áreas no determinadas, causando perjuicios a la población civil.