“A veces quisiera acostarme y no volverme a despertar”, dice Magdalena Rivas al recordar que su hijo Elkin, el tercero de los cuatro que tuvo y el único varón, lleva toda una década sumido en la espesura de la selva, a merced de la voluntad de sus captores: el bloque sur de las Farc. El 14 de octubre de 1998, los noticieros registraron el plagio de Elkin y de otro oficial de la Policía, en la carretera que conduce de Paujil a Florencia (Caquetá). Hernández, quien se había integrado a la Fuerza Pública con 16 años de edad, tenía en ese momento 22 y era un subteniente, en espera de comenzar su curso de ascenso a teniente efectivo.
El uniformado, que fue secuestrado junto con Hernández Rivas, es el entonces mayor Édgar Yesid Duarte. Una llamada del Departamento de Policía de Doncello, en donde él era comandante, alertó a su esposa, Susy Abitbol, sobre lo sucedido. “Después del secuestro la vida pasa a ser de otro color. Ahora todo lo veo gris”. Susy se casó con Duarte cuando tenía 19 años de edad, y él, 27. Sin embargo, sólo alcanzaron a vivir juntos durante cinco años, mientras que el tiempo de cautiverio ha sido el doble. “Desde que se llevaron a Édgar yo siento que mi vida está en suspenso, que no es propia”, expresa la esposa de quien hoy sería un teniente coronel de la institución.
Doña Magdalena, aunque asegura que se comunica con su hijo telepáticamente, confiesa con tristeza que casi no sueña con él. “Mis hijas y mi esposo sí, yo no. Quién sabe por qué, porque no hay día en que no lo piense o que no ore por él”. Recuerda un único sueño, en el que Elkin era un pequeño que le pedía café con leche. “Mi hija menor, Mayerly, soñó que él le dijo que se casara un 3”, cuenta la madre del hoy capitán Hernández Rivas. Y así lo hicieron. Mayerly y su esposo Alfredo, ambos contadores, contrajeron matrimonio el pasado 3 de octubre en la capilla de la Escuela General Santander.
Susy, por su parte, admite que ha soñado con su esposo en muchas ocasiones. “Hace como un año soñé que él llegaba, pero se veía angustiado, decía que tenía que volver al cautiverio. Estaba vestido de negro”. Su hija, Viviana, tenía dos años y medio de edad cuando secuestraron al oficial, y ambas se trasladaron de Cali (ciudad natal de Susy) a Bogotá, en donde se radicaron luego del plagio de Duarte. “Mi hija ha crecido con una imagen del papá, con una figura, pero no con un papá real”, dice Susy. “Hay momentos en que es tanto el desgaste, que uno quisiera no saber nada. Nosotros tampoco estamos libres. Pero hay algo más grande que ese desgaste: el amor por ellos”.
Elkin Hernández y Édgar Yesid Duarte cumplieron este martes 3.653 días bajo el poder de las Farc, desde que el frente 15 (el mismo que plagió a Íngrid Betancourt) se cruzó con ellos en una vía de Caquetá y los internó en la manigua. Las últimas pruebas de supervivencia que ambos recibieron llegaron en marzo pasado, a través de la senadora Piedad Córdoba. La imagen que vio doña Magdalena le dio fuerzas, pero la que vio Susy le resultó deprimente: “Es notorio el paso de los años en el calvario del cautiverio”, dice ella. Dos familias ajenas, pero con un mismo destino sellado por el drama del secuestro, y con la misma y única esperanza: que los suyos recuperen la libertad.