Hay hombres que desafían a Dios en la tierra. En Concepción (Antioquia) hay uno que lo hizo porque quería salvar a un templo de la destrucción. Se llama Ramón Alcides Valencia, un abogado antioqueño, que llevó ante un juez al todopoderoso para quitarle la iglesia de ese municipio. Una historia que quizás solo podría pasar en un país como Colombia, pero cuyo proceso judicial permitió que la Iglesia de la Virgen Inmaculada Concepción sea hoy uno de los atractivos turísticos más importantes de la región y se haya logrado su conservación como Bien de Interés Cultural de la Nación. El pleito arrancó cuando la parroquia se estaba cayendo a pedazos.
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Sin embargo, los párrocos que daban el sermón en ella no podían hacerle reformas, porque el predio y su construcción estaban en nombre de “Nuestro Amo y la Cofradía de las Ánimas”. Así se leía en la escritura y la razón de esta particular reseña era porque una fiel creyente había donado su herencia para construir la iglesia en 1860. Sin embargo, esa titulación jamás cambió de nombre y, cuando la comunidad se unió para reparar la capilla construida hace 100 años, la realidad es que no podían hacerlo. Por eso, el abogado emprendió acciones legales para que el predio tuviera una personería jurídica o natural, como lo exige la ley en pleno siglo XXI y, así, poder reformarlo.
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La fiel millonaria se llamaba Nepomucena Osorio. Ella quería salvarse de lo que llaman “el fuego del infierno” y por eso donó el terreno para levantar un templo a Dios, tan grande como para convertirse hoy en el principal atractivo turístico de Concepción. Pero la donación de Nepomucena, muchos años después originó una pelea con las ánimas del purgatorio y el mismo santísimo. A través de una escritura pública, la hacendada dejó el predio a nombre de esas figuras religiosas. A cambio, esperaba alcanzar indulgencias. “Las ánimas son una figura de un dogma de la iglesia que dice que los pecadores pueden redimir sus culpas en el purgatorio antes de pasar al cielo”, le dijo el abogado Valencia a este diario.
Valencia sabe del tema y por eso le dicen el abogado de las ánimas. Él dice que, aunque no lo crean, es católico, apostólico, romano e hincha del Deportivo Independiente Medellín. “Soy sufrido, mejor dicho. Tengo todos los pelambres”, añadió. Aunque demandó a Dios, resalta que no es ateo y que su papá y mamá siempre le inculcaron la religión. Incluso, tiene un hermano que es sacerdote y él, por su parte, sigue profesando la fe católica y va a misa todos los domingos. Pero también es abogado y cuando el párroco llegó con la historia de que la iglesia no era de ellos, entonces él empezó un proceso de pertenencia en el Juzgado Primero Civil del Circuito de Rionegro. Era un litigio más.
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En 2010, la iglesia estaba deteriorada y el padre Humberto Hincapié acudió al Ministerio de Cultura para solicitar la autorización para su intervención, pues la parroquia fue declarada como Bien de Interés Cultural de la Nación en 1999. Sin embargo, la respuesta a la solicitud dejó al párroco inquieto: “Padre, no se ilusione tanto. Este predio no pertenece a la parroquia, pertenece a nuestro amo y a las ánimas”, le dijeron. Aunque trató de explicar que precisamente él era el representante de Dios en la tierra, le explicaron que eso era un asunto jurídico, no teológico, y que no podían girar dinero a personas que no sabían quiénes eran. Un año después, en plena Semana Santa, el padre buscó al abogado.
“Le expliqué que no se podía hacer una sucesión y que lo único que se podía hacer era iniciar un proceso de pertenencia para probar la posesión real y material del inmueble por más de 20 años. Le advertí que había que demandar a ‘Nuestro Amo y a las Ánimas’ porque eran quienes figuraban como propietarios en el certificado de tradición. Él se asustó, pero aceptó porque no había otra fórmula”, explicó el abogado Valencia. Y así fue. La demanda se interpuso en contra de las figuras religiosas, y aunque en el juzgado no le creían que eso fuera una acción jurídica real, le admitieron el recurso porque eso decía el certificado de tradición del inmueble. Pero luego vino la verdadera prueba de fe.
Durante el proceso, el juez pidió interrogar al párroco Carlos Andrés Cataño y el abogado Valencia lo preparó para que, por primera vez en su vida, negara a Dios. “El juez le preguntó si sabía dónde estaban los demandados; si el padre decía que Dios estaba en el cielo o las ánimas en el purgatorio, el juez le pediría que fuera a notificarlos. Por eso lo preparamos y el padre, aunque temeroso por su fe, tuvo que decir que no sabía el paradero de estas personas”, detalló Valencia. La estrategia surtió efecto y el juez viajó hasta Concepción para verificar las mejoras por realizar. Un perito evaluó el terreno en COP 690 millones de la época y declaró que el arte religioso del templo era invaluable.
En septiembre de 2012, el Juzgado Primero Civil del Circuito de Rionegro (Antioquia) emitió una sentencia a favor de Valencia y cambió la titulación, bajo una figura jurídica conocida como pertenencia extraordinaria adquisitiva de dominio. El abogado, junto a los párrocos, logró probar la posesión real y material del predio, por lo que ganaron el proceso. Para Valencia, el asunto fue mucho más allá. “Logré darle esa ‘personalidad jurídica’ a nuestro amo y a las ánimas para que se admitiera la demanda y se pudiera emitir sentencia”, explicó el abogado.
Gracias a esa batalla jurídica, a la iglesia de Concepción se le invirtieron cerca de COP 5.000 millones de pesos a través del Ministerio de Cultura, la Gobernación de Antioquia, la Fundación Ferrocarril y el municipio. El dinero sirvió para reparar los techos, los arcos de madera y la fachada. “Pusimos nuestro granito de arena para que nuestra iglesia no se cayera”, concluyó Valencia. Aunque durante todo el proceso, algunos concepcionitas no aprobaban una pelea con Dios, hoy por hoy, ese templo es el principal atractivo turístico y patrimonial del municipio que cada Semana Santa se prepara para recibir a miles de fieles.
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