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“El abuso de poder en mi contra, fue total”: víctima sexual de religiosos colombianos

Escalofriante caso de sometimiento físico, psicológico y económico de un chico cuando tenía 14 años. Según su relato desde hace 24 años, habría sido esclavizado, primero, por un sacerdote y después, por varios clérigos más, entre ellos, el cardenal Pedro Rubiano, fallecido hace dos años. El rastro de decenas de correos electrónicos, comunicaciones con sellos oficiales, un fallo de tutela y una noticia criminal inicial, dan consistencia histórica a su drama. Su identidad se mantiene en reserva.

Cecilia Orozco Tascón

07 de junio de 2026 - 08:00 a. m.
“Fui una víctima de la Iglesia Católica. Esta respondió (ante mis denuncias) con un bloqueo institucional sistemático”. Imagen de referencia porque la persona pidió protección de identidad.
Foto: Getty Images
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¿Cuántos años tenía usted cuando, inicialmente, fue abusado por un sacerdote católico y en qué época ocurrió ese hecho?

Cuando estaba a unas semanas de cumplir 15 años, en marzo de 1984, mi madre me echó de la casa y me dejó tirado en la calle. Llevaba varias noches durmiendo a la intemperie, en el parque de los Periodistas (centro de Bogotá) cuando fui a la Catedral Primada para pedir ayuda para poder comer y dormir. Entré a la iglesia y encontré a un sacerdote que estaba ahí. Nos sentamos en una de las bancas y le conté sobre los maltratos que sufrí por parte de mi familia. Me escuchó atentamente y me llevó a desayunar. Después, me ofreció un espacio en donde me pude bañar y lavar mi ropa. Más tarde, me llevó a un hotel que quedaba al lado del que entonces se llamaba Bolívar Bolo Club, en la calle 24 con avenida Caracas. Pagó la habitación, me dio dinero para el almuerzo y me dijo que regresaría. Llegó en la tarde del día siguiente, con unas cervezas en la mano. Me ofreció tomar y me pidió que le contara mi vida. Cuando ya llevábamos un tiempo conversando, empezó a poner, en el televisor del cuarto, películas de pornografía. Luego, me masturbó y cuando concluyó, me aseguró que se trataba de una terapia útil para desahogarme. Fue la primera vez que abusó de mí.

¿Quién era ese victimario y cuántos años estuvo sometido a él y, después, a otros sacerdotes según el relato que se publicó en el diario “El País”, de España, sobre su historia?

Era un sacerdote que, años después, recibió el título de monseñor. No diré su identidad completa porque las investigaciones no han avanzado, aunque mis denuncias existen tanto en la propia iglesia como en la fiscalía. Pero sí lo llamaré por uno de sus nombres reales: el padre Alberto. Duré sometido a su poder, tanto espiritual como físicamente, durante varios años. Primero, sufrí sus abusos sexuales pero después, me puso en manos de otros sacerdotes que eran sus amigos y cómplices.

¿Por qué siente que también estuvo sometido “espiritualmente” a su abusador?

Porque yo he sido católico practicante toda mi vida. Y le tenía temor pero, también, mucho respeto por el hecho de ser sacerdote. Creía en él y en todo lo que me decía. Recuerde que apenas era un menor de edad necesitado de apoyo. Por eso acudí a una iglesia: a buscar protección.

Sus creencias religiosas fueron el mecanismo para mantenerlo avasallado pero, ¿también había otros motivos que le impidieron apartarse de sus victimarios en esos años?

Hoy reconozco que el principal mecanismo para dominarme, era el pánico: además de la manipulación de mi fe, estaba el riesgo de perder mi bienestar en materia de techo, comida y dinero para moverme. A mis 15 años, me parecía imposible oponerme a ese señor que yo veía tan poderoso por su posición de liderazgo en la iglesia y entre los feligreses. Realmente, el respeto y la veneración de los sacerdotes y monjas hacia él, eran muy notorios.

Antes de tomar, finalmente, su camino, ¿intentó terminar esa época de abusos?

Sí. Pero cuando trataba de separarme de él, me amenazaba. La dependencia económica era total. Además, le tenía miedo físico porque también era maltratador. Tenía explosiones de ira e, incluso, era famoso porque golpeaba a sus alumnos en los colegios en donde dictaba clase. Por ejemplo, en el colegio San Antonio, que quedaba cerca de una cantera al sur de Bogotá. Por eso, yo sentía que no podía escapar ni defenderme. Hoy reconozco que estuve desconectado de la realidad durante esa época.

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Mientras usted vivía con ese abusador, ¿qué actividades tenía? ¿A qué dedicaba sus horas diarias?

Estudiaba de noche y en el día iba al mercado de Fontibón para hacer cualquier tarea y conseguir unos pesos. Logré graduarme de bachillerato, en 1986. Después de que solucioné mi situación militar, empecé a trabajar en otros oficios que me dieron más estabilidad. Fue cuando empecé a independizarme y decidí no continuar subordinado al padre Alberto y a los deseos de sus amigos sacerdotes. Eso ocurrió una vez cumplí la mayoría de edad. Sin embargo, el sometimiento sexual, psicológico y físico se extendió un tiempo más, mientras logré obtener la tarjeta militar.

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En el relato que alude a su caso en “El País”, de España y en el que se denuncian los abusos a 8 presuntas víctimas colombianas por parte de 13 sacerdotes, se asegura que uno de sus abusadores fue el reconocido cardenal Pedro Rubiano, arzobispo de Bogotá y máxima autoridad católica en dos décadas de los 90 y hasta el 2010 ¿Esa información es correcta?

Sí, es correcta. Yo lo denuncié en el año 2000 y, después, en el año 2021.

¿Por qué interpuso denuncias en contra de Rubiano (fallecido en abril de 2024) con 21 años de diferencia? ¿Qué pasó en los procesos? O, ¿se trataba de hechos diferentes?

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No. Fueron exactamente los mismos hechos: en el año 2000 denuncié al padre Alberto y a los otros sacerdotes que también abusaron de mí. Incluí entre ellos, el nombre de monseñor Rubiano. Eso fue directamente en el Vaticano, adonde pude viajar con el tiquete, el pago del hotel y el dinero en efectivo que me dio el padre Alberto a cambio de que le entregara una caja que contenía pruebas de lo que me había hecho durante todos esos años. Pero en la oficina de correspondencia vaticana en donde quedaron mis denuncias, nunca pasó nada. Aguanté el agobio de mis secretos y mis sufrimientos emocionales hasta el año 2021 cuando me enteré de que en la Arquidiócesis de Bogotá habían abierto la llamada Oficina para el Buen Trato, en donde se supone que se previene la violencia física, psicológica y sexual en contra de menores y otras personas vulnerables, en entornos de parroquias y colegios de la Iglesia Católica.

¿Qué había en la caja que le entregó al sacerdote abusador a cambio de poder viajar a Italia?

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Era una caja con fotos, rollos fotográficos sin revelar, imágenes pornográficas y algunas cintas de VHS que yo había guardado precisamente como pruebas de lo que sucedía.

¿Cómo conoció a monseñor Rubiano?

Lo conocí a inicios de 1984. Yo vivía en residencias religiosas por decisión del padre Alberto quien me presentó a Rubiano una vez que llegamos al parqueadero del Seminario Mayor de Bogotá (calle 93ª, avda. Séptima). Rubiano estaba ahí. El padre me dijo que iba a hacer un trámite en el seminario y que lo esperara en el vehículo. Rubiano aprovechó que quedé solo y entró al carro. Fue cuando hizo el primer contacto de manoseo y abuso en mi contra.

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Las denuncias contra religiosos vienen creciendo en Latinoamérica y a nivel global. Imagen del 18 de mayo de 2023 contra los presuntos abusos sexuales al interior de la iglesia católica boliviana, en las puertas del seminario San Jerónimo en La Paz (Bolivia).
Foto: EFE - Luis Gandarillas

Según la narración de “El País”, que, a su vez, retoma una entrevista que le dio hace poco a un medio radial colombiano, usted reaccionó golpeando al arzobispo, en ese mismo parqueadero ¿Cómo fue ese episodio?

Ese día yo ya estaba completamente traumatizado por el abuso del poder del padre Alberto, pero nunca había estado con otro hombre. La tarde en que me dejó a merced de ese abusador que era Pedro Rubiano, y cuando el padre regresó al parqueadero, estallé, y le reclamé gritándole lo que había sucedido. Ante el silencio de los dos curas, los agarré a patadas y puños. Fue un escándalo monumental. Yo estaba enceguecido por la ira, por el hecho de que el padre Alberto me había pasado, descaradamente, a otro abusador: otro sacerdote más poderoso que el propio Alberto. Ese episodio terminó con mi estado emocional de muchas maneras: creo que empecé a sentir que el abuso sexual era normal y acabó con la poca fe que me quedaba; Alberto y Rubiano me calmaron con la amenaza de que, si no me callaba, me sacaban a la carrera Séptima y me dejaban ahí. Eso significaba que, a mis 15 años, volvería a dormir en la calle porque no tenía a dónde ni a quién acudir.

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¿Qué hizo?

¿Qué hice? Pues disculparme, despedirme de monseñor Rubiano pidiéndole perdón y continuar con mi suplicio al lado del padre Alberto. Debido a ese episodio, anulé mis límites y perdí mi capacidad de oponerme a lo que quisieran hacerme. Después, vinieron otros sacerdotes abusadores y yo no reaccionaba. Trataba de pensar en otras cosas. En mi soledad inmensa, permanecía muy triste, lloraba con mucha frecuencia y me comía las uñas de manera salvaje.

Todo lo que usted cuenta, además de escandaloso, es sorprendente. Especialmente, en cuanto a Rubiano por cuanto este, además de arzobispo y cardenal, llegó a ser una figura política de primera importancia por el papel que desempeñó durante el gobierno del expresidente Samper…

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Como dije, conocí a Rubiano cuando tenía 15 años, en 1984. Él viajaba desde Cali o desde la ciudad en donde estuviera. Llegaba a Bogotá y se encontraba con el padre Alberto. Cuando volvían a la casa, yo generalmente estaba solo porque el despacho al público era aparte y lo atendía otro sacerdote con el cual no tenía contacto. Solo veía a la empleada doméstica en las mañanas. Los empleados del despacho y los parqueaderos no tenían conexión con la residencia. Como era una casa esquinera, la entrada estaba separada. Había una gran sala y varias habitaciones con baño, llenas de lujos. Cuando cumplí 16 años, conocí a otro victimario: el padre H.S.P., quien también abusó de mí. Monseñor Rubiano, que me sometió varias veces en aquel tiempo, era una figura religiosa muy respetada, pero en ese momento no estábamos en el gobierno del presidente Samper sino en el del presidente Betancur.

¿Cuándo llegaron y quiénes eran los que usted señala como “otros padres abusadores”?

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Ellos conformaban una especie de clan que iban a Bogotá desde varias ciudades y países. Especialmente, llegaban después de Semana Santa, cuando tenían una época de descanso. Se citaban en casas privadas para hacer sus reuniones. No tomaban licor, pero sí se explayaban hablando de sus relaciones con menores. A veces, iban acompañados de sus “parejas”, otros menores, como yo. Eran descarados. Luego, se iban con sus familiares a viajar como parte de sus vacaciones. Podían ir a donde quisieran porque tenían mucho dinero.

Entonces, usted estuvo en algunas de esas reuniones.

Sí. Fui a varias que se realizaban en casas. Inclusive, estuve en una finca de recreo ubicada en Pacho, Cundinamarca. Los otros jóvenes y yo no hablábamos mucho porque estábamos avergonzados. Mientras tanto, los sacerdotes nos exhibían.

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¿Cómo era posible que nadie descubriera esas citas tan escandalosas?

Era perfectamente posible porque se trataba de encuentros muy reservados. Pero, además, el grupo de asistentes no era anormal. Ellos no se ponían sus sotanas o prendas sacerdotales. Se vestían como cualquier civil. Además, las residencias eran privadas y no había acceso a ojos ajenos, además de que nunca había escándalos de bulla o fiestas. Nada parecido.

¿Usted todavía mantiene contacto con otras víctimas?

Desafortunadamente, no. En primer lugar, no nos permitían interactuar mucho entre nosotros. En segundo término, en esa época no existía la tecnología actual como para poder intercambiarse teléfonos o correos. Hoy ellos deben tener más de 50 años de edad, como yo. Y deben cargar con los mismos problemas físicos y psicológicos que yo padezco. Estoy seguro de que si se creara una cuenta en alguna red social u otra forma de contacto digital, ellos aparecerían.

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¿Cuenta con apoyo de alguna organización que se ocupe de casos como el suyo?

Si. Hace unos días encontré apoyo en la Red de Sobrevivientes de Abuso Sexual Clerical. Estamos empezando a hablar sobre cómo me van a acompañar de aquí hacia delante.

Antes usted contó que había acudido a la Arquidiócesis de Bogotá, exactamente a la Oficina para el Buen Trato…

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Sí, es cierto. Llegué a rogar auxilio en mi proceso, de acompañamiento y de ayuda.

¿Cuándo ocurrió eso, exactamente y en dónde reposan sus denuncias?

En el año 2000, cuando pude viajar a Italia con los recursos del padre Alberto, decidí escribir mi denuncia y se la entregué a Joaquín Navarro Valls, médico y portavoz del Vaticano, pues era el director de la Oficina de Prensa de La Santa Sede (de 1984 a 2006) en el papado de Juan Pablo II. Como era español, era más fácil comunicarme. Dejé mi denuncia escrita en su oficina adjuntando mis correos y direcciones, pero nunca obtuve respuesta. En 2021, como dije antes, fui a la Arquidiócesis de Bogotá. Busqué al cardenal Luis José Rueda Aparicio. Hablé con él y, también, con monseñor Luis Manuel Alí Herrera, obispo auxiliar. A ellos dos les entregué mi denuncia hecha de mi puño y letra en su despacho. Conocieron mi caso, además, monseñor Ricardo Alonso Pulido Aguilar, canciller de la Arquidiócesis, otros sacerdotes vinculados a la organización de la catedral, el director de la Oficina para El Buen Trato y hasta la trabajadora social. También denuncié ante dos nuncios y, mediante correos electrónicos, ante monseñor Óscar Urbina, del Celam. Terminé insultándolos por las respuestas ofensivas que me dieron o porque nunca me dieron contestación.

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¿En qué fecha fue la cita con el cardenal Rueda?

La fecha exacta de la audiencia personal con el cardenal Rueda, en el palacio arzobispal de Bogotá, fue 26 de abril de 2021. Me escuchó, me pidió que escribiera a mano, en unas hojas en blanco que me pasó para ese efecto, toda mi historia. Después de llenar páginas y páginas, las entregué. Consigné en sus manos mi denuncia y entonces él me aseguró que me darían todo tipo de acompañamiento psicosocial, económico, pastoral y jurídico. Dijo, además, mientras estaba presente como testigo de todo, su obispo auxiliar, monseñor Alí Herrera, que se encargaría de adelantar las respectivas denuncias ante la fiscalía, de manera prudente. A pesar de todo lo que me había pasado con la Iglesia, yo le creí. Al final, solo me proporcionaron 12 sesiones de terapia con una psicóloga. De resto, nada.

¿Qué sucedió después?

Duré estos largos y dolorosos años, después del 2021, rogándoles que “dé por Dios me suministrara información sobre los avances de mi denuncia puesto que necesitaba algo que me diera esperanza porque nuevamente estaba muy deprimido”, como dije en uno de los numerosos correos que les mandé y los cuales todavía conservo. Ellos contestaban que mi caso había sido enviado a la fiscalía desde el año en que los visité, es decir, 2021. Pero todo era falso. Lo supe porque, con esa respuesta, envié derecho de petición a la fiscalía preguntando por mi denuncia. Me contestaron que no existía ninguna noticia criminal sobre los hechos narrados por mí. Como las dos versiones eran contradictorias, interpuse una tutela en que solicitaba al juez que oficiara a la arquidiócesis y a la fiscalía. Así fue como me enteré de la verdad. En resumen, la g había mentido.

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En este momento, la fiscalía ¿ya abrió un caso por los delitos que se cometieron en su contra?

Debido a la tutela, la fiscalía abrió una denuncia por conocimiento. Es decir, sí hay una investigación abierta pero, insisto, solo ahora y con motivo de los hechos que conoció a través de la acción de tutela. Fui una víctima de sometimiento físico, sexual, psicológico y económico de la Iglesia. Y esta respondió, a través de los años, con un bloqueo institucional sistemático que involucra toda la organización religiosa de Colombia con su silencio, omisión de denuncia, fraude procesal, ocultamiento deliberado, encubrimiento agravado, abuso de confianza y falsedad documental. Todos fallaron.

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“Mi situación es ‘catastrófica’” (según dictamen médico)

¿Guarda copia de las comunicaciones con el Arzobispado de Bogotá y con las otras oficinas de la Iglesia Católica?

Sí. Tengo más de 60 correos incluyendo las comunicaciones a la dirección electrónica del cardenal Rueda y, además, conservo 10 documentos con logo y radicados internos de cada una de las entidades y funcionarios nombrados.

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¿Cuál es su situación de salud hoy?

Mi condición es delicada. De hecho, la valoración por pérdida de capacidad laboral hecha por la junta de invalidez, en enero de este año, es del 47.07 %, casi a punto de tener que otorgarme pensión de invalidez.

¿Cuáles son sus padecimientos?

Tengo once diagnósticos confirmados por psiquiatría, neurología, cardiología, neumología, otorrinolaringología y medicina interna. Mi situación es “catastrófica”. Y eso que la junta de invalidez no tuvo en cuenta el informe de la psicóloga según el cual padezco grave trastorno de estrés postraumático y recomienda, entre otros puntos, continuar con el tratamiento psiquiátrico y reiniciar el proceso psicoterapéutico.

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