En abril de 2004, tres jóvenes detectives del DAS fueron escogidos para ejecutar una de las misiones más arriesgadas contra la subversión: capturar a alias Karina, la temida jefa guerrillera de las Farc en Antioquia, Chocó y el Eje Cafetero, con un enorme prontuario en su contra: se sabía que lideraba las “pescas milagrosas” en las vías de Antioquia, que atacó el municipio de Arboleda en 2002 causándoles la muerte a 13 policías, o que exhibía sin pudor sus heridas de guerra, enorgulleciéndose de tener a su mando a más de 500 hombres.
Los agentes se encerraron tres meses en una casa de Medellín para idear la forma de infiltrar a Elda Nellys Mosquera, alias Karina. La primera tarea fue conocer la historia de las Farc. Después contactaron a un desmovilizado que había estado con ella y conocía sus movimientos. Él reveló, por ejemplo, que Karina contaba con tres redes de apoyo que le llevaban comida, medicinas y periódicos, y que era obsesiva con las noticias oyendo radio día y noche. Luego contactaron la primera red de las Farc que se movía en Medellín.
El agente infiltrado constató cómo la guerrilla compraba uniformes en el mercado negro, y de qué manera, junto a los víveres y los zapatos, la mercancía se camuflaba en camiones o caballos para movilizarla hasta el campamento de Karina. Pero lo más importante, aprendió cómo burlar la seguridad de la temida guerrillera y volverse su confidente: “Me costó trabajo llamarla camarada. Me daba susto que si no lo decía con convicción, me descubrieran. Pero el día que le dije: buenos días camarada, sentí su confianza. Aprendí que esa palabra es mágica en las Farc”.
El primer encuentro entre el agente infiltrado y la jefa guerrillera se presentó a finales de 2005. “Llevábamos tres días de camino por unas montañas que no había visto nunca. Mientras caminaba entre las filas de guerrilleros, repasaba mentalmente lo aprendido: la vida de Tirofijo, el nacimiento de las Farc, los procesos de paz, los nombres de los integrantes del secretariado”, recuerda hoy convencido de que alias Karina era una mujer que se comportaba como una comandante fría y calculadora, a quien no le temblaba la voz para dar órdenes de matar o secuestrar.
“Cuando la vi me dio tembladera, pero me impresionó su saludo. Pensaba encontrar un monstruo y encontré una mujer común y corriente. La diferencia era su arma. Era muy espontánea, se reía con facilidad y, sin mayores preámbulos, nos
sentamos a conversar. El primer encuentro duró cinco días con trajín tremendo. Nos levantábamos a las cinco de la mañana a hacer ejercicio, luego había que analizar los periódicos y oír noticias por radio. No faltaba el marxismo. La última comida era a las seis de la tarde. A las ocho de la noche todos dormían, menos la guardia”.
Estas visitas se repitieron más de 10 veces durante los tres años que duró la operación encubierta. De tanto ir y venir, el agente del DAS se ganó la confianza de la guerrillera que, incluso, empezó a contarle sus penas de amor, que paradójicamente lograban que esta mujer que ordenaba tomas y secuestros a diestra y siniestra, entrara en profunda depresión por los desengaños. Su corazón, insistió el agente del DAS, se rendía con extrema facilidad. “Tuvo tres maridos. El primero murió, el segundo se fugó y el tercero, alias Michín, fue su compañero de entrega”.
Otra debilidad era su hija, una adolescente que vivía en un barrio deprimido de Medellín, al cuidado de su abuela paterna. Los agentes de inteligencia trabajaban a la jovencita. Por eso supieron que hablaba con frecuencia con su madre, que recibía consejos sobre los temas que debía hablar sin mencionarla y que le pedía que no perdiera el tiempo en parrandas. Era una niña disciplinada que pasaba trabajo. Con el tiempo, surgió un romance entre un funcionario del DAS y la adolescente. “El noviazgo fue serio pero no puso en riesgo la operación”, dijo la fuente.
Entre tanto, su compañero seguía ganándose la confianza de Karina, el objetivo número uno del presidente Uribe, quien llegó a ofrecer una recompensa de $1.000 millones por su paradero. En esas vueltas, el agente del DAS descubrió que además de las noticias y el amor, a la jefa guerrillera “le encantaban los dulces”. Es más, recuerda el agente, “me llamaba a pedirme que le llevara chocolates, arequipe y galletas. La confianza era tal que le compraba hasta la ropa interior. Mucha gente la quería y por eso entendimos que la gente de la región fuera a entregara”.
Las operaciones aéreas eran la única solución. Durante los tres años de la acción encubierta y de penetración, junto con el Ejército, la Fiscalía y la Fuerza Aérea, el DAS apoyó cinco operativos en el que murieron muchos guerrilleros o resultaron heridos, pero ella no tuvo un rasguño. “Era muy ágil en el monte y conocía el terreno. En una de esas acciones fue herido Iván Ríos, quien estaba con Karina durante los bombardeos. Ella misma me contó que el propio Ríos le dijo que armara su campamento en otro lado porque era un peligro para todos los guerrilleros andar juntos”.
Llegó el momento en que el agente del DAS pensó que lo sabía todo, que conocía sus más íntimos secretos, que sabía desde qué marca de labial usaba hasta qué color de ropa interior le gustaba o qué chocolates disfrutaba. Pero lo que no sabía era que la líder insurgente estaba perdiendo la confianza de sus jefes. “Le empezaron a pedir más control sobre sus hombres, que diera ejemplo con castigos fuertes, que no fuera blanda. Ella se negó a cumplir estas órdenes y me confesó que si la tropa se sentía maltratada se perdía la guerra. Al final el secretariado la dejó sola”.
A estas alturas, después de cinco intentos por darla de baja, las autoridades concluyeron que ni por tierra ni por aire iban a ganarle. Entonces pusieron en marcha el plan B: cortarle los suministros de comida, medicina y ropa. “Me llamaba desesperada pidiendo comida. Le respondía que no podía porque la tropa estaba cerca. Después le decía que me estaban siguiendo. La llevamos al límite de la desesperación. No tenía hombres, no tenía comida. Sólo andaba con Michín. Días antes de su rendición me dijo que le ayudara y ofreció a su hija como garante. Pero casi se daña el operativo por su desconfianza”.
A pesar de su determinación a salir del círculo infernal de la guerra, imperaba en ella una convicción revolucionaria heredada de sus ancestros. En el fondo quería persistir en las Farc, pero también sabía que el secretariado ya no tenía para ella un futuro halagüeño. Al final, a través de comunicaciones radiales, se acordó su entrega cerca del municipio de Sonsón (Antioquia), donde el Ejército y el DAS la esperaron. “Todavía me acuerdo de su cara de sorpresa cuando me vio con el chaleco del DAS. Estaba aterrada, pero en medio de su estupor sólo me dijo que le habíamos salvado la vida”.
Hoy Karina oficia como gestora de paz, una extraña figura promovida por el Gobierno para atraer a otros guerrilleros a la civilidad. Atrás quedaron sus miedos a perder la vida en un ataque aéreo, el marxismo que la llevó a la lucha armada, los
camaradas con quienes fraguó la muerte de decenas de ciudadanos inocentes, la ansiedad de mantenerse como una eterna fugitiva de campamento en campamento y la desazón que le produjo saberse en desgracia con sus jefes. Al otro lado de la guerra empieza a entender cómo un agente del DAS se convirtió en pasaporte para regresar a la vida.
“Nos equivocamos para bien”
Cuando se planeó la operación para capturar o dar de baja a la temible jefa guerrillera entre Caldas y el sur de Antioquia, alias ‘Karina’, se partió de una percepción equivocada. De ella se decía que era una mujer violenta, sin opción al diálogo y de corte stalinista. El agente del DAS que fue el alma y nervio de la operación de entrega, resumió así su contraste: “Mi primera sorpresa fue constatar que su trato cotidiano nada tenía que ver con lo que se nos había dicho.
Era una jefa de trato cortés con su tropa y, además, dueña de un vocabulario selecto. No repetía palabra. Siempre la vi como una mujer elocuente y bien informada. Una mujer leída que le gustaba debatir cada noticia que observaba en la televisión o resumían los periódicos”. En contraste, los mandos le insistían en que estaba asumiendo una postura equivocada y que debía ser severa con sus subordinados. “Ella se reía todo el tiempo y a cada debate le imprimía un comentario marxista. Creo que era una mujer convencida de lo que hacía. Por eso, siento que en su nuevo oficio de gestora de paz también demostrará que no lo hizo por engañar a la justicia”, concluyó el agente.
24 años de guerra, ahora gestora de paz
Elda Nellys Mosquera García, alias Karina, nació en Puerto Boyacá hace 43 años. Pero cuando apenas tenía dos años su padre, quien era un comunista convencido, tomó la decisión de trasladarse a la región de Urabá. A los 14 años ingresó a Juventud Comunista (Juco) en esta zona del país. Y aunque no terminó el bachillerato, fue profesora en algunos centros educativos.
Cuando cumplió 17 años ingresó a las Farc. Siempre estuvo en los frentes que operaban en esta región y su fama de mujer violenta y despiadada se fue extendiendo por todo el país. Estuvo en las Farc por cerca de 24 años, tiempo en el cual se hacía llamar por los alias de Rocío, Janet Mosquera, La Negra y Karina.
Al comienzo tuvo la confianza del secretariado y, de hecho, era una de las mujeres más cercanas a Iván Ríos, asesinado por alias Rojas. El año pasado, y ante el acoso de las autoridades, se entregó y acaba de ser nombrada gestora de paz por el Gobierno Nacional.