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“El delincuente fui yo, hasta 1995”: Gilberto Rodríguez Orejuela


Fragmento del libro “Gilberto según Rodríguez Orejuela. Memorias secretas del jefe del cartel de Cali”.
Sello editorial Aguilar.

Especial para El Espectador *

03 de febrero de 2025 - 10:00 a. m.
Portada del libro con las fotos del narcotraficante Gilberto Rodríguez Orejuela, joven y luego preso en EE. UU., donde murió en 2022 mientras pagaba una condena a 30 años por narcotráfico, siendo el principal jefe del cartel de Cali.
Foto: Cortesía de Penguin
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“He sido rebelde por convicción, comerciante por vocación y narcotraficante por ambición”, solía decir Gilberto en sus conversaciones. Mi vida ha sido de contrastes, aprendí a partir de mis propias experiencias y no tuve la oportunidad de llegar a la teoría ni al conocimiento, porque los pobres en este país no tienen derecho a educarse, ni a comer, ni siquiera tienen derecho a vivir. (Recomendamos la videoentrevista de Nelson Fredy Padilla al historiador y economista Eduardo Sáenz Rovner, sobre la historia desconocida del narcotráfico en Colombia).

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Mi gran frustración no fue no llegar a ser doctor, mi gran frustración fue no haber sido bachiller. Años después, cuando estaba detenido en el pabellón de máxima seguridad de La Picota, logré ser bachiller y el día que me entregaron el título, mi madre falleció. Ella, a quien le dediqué todos mis logros académicos, se fue el día que pude superar esa frustración. No me permitieron acompañarla a su última morada.

Gilberto construyó la imagen de un hombre de varias guerras y mil batallas sujeta a interpretaciones y, durante las últimas décadas, reflexionaba alrededor de eso. Se tejen muchas historias sobre mí. Puedo decir, con dolor, que algunas son ciertas, que otras están construidas en busca de beneficios particulares y que algunas más terminaron en informaciones sin fuente que las respaldara. Pero, en realidad, he sido un guerrero de mil batallas, espadachín de una guerra que, sin pedirla, ayudé a construir. Quedaron muchas cicatrices, tanto morales como físicas, resultado de la vida que elegí y que, además de mil defectos, hace que se vean poco las cualidades que solo el amor logra descubrir.

Los ochenta y dos años que he vivido han sido intensos. Traigo con ellos experiencias que solo ese tiempo puede dar. La inclemencia de la edad me ha pasado cuentas a las que no les atribuyo del todo mi tristeza. A esta edad, a veces hay espacio para que la felicidad haga su labor.

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Dentro de ese líder que formé hubo un hombre de propósitos, retos y convicciones. Nada me estuvo vedado, nada fue mucho para lograrlo, aun sabiendo que el final sería cruel. Antepuse los afectos y el amor por los míos, hice de mi palabra un sello y de la lealtad un código. Fui vertical con mis enemigos y amigo de mis amigos. Los únicos lazos que me han atado son los que me unen con la sangre.

Desde mis escasos seis años hice el pacto de amor más grande: di por seguro que, con razón o sin ella, la familia se protege, se cuida y se ama. La mejor directriz para mis hijos fue la templanza en su formación, el afecto cuando lo requerían y la protección para que jamás ninguno tomara los caminos equivocados, ya recorridos con suficiencia por mi hermano y yo.

Gilberto José Rodríguez Orejuela viene desde muy abajo, desde la miseria compartida en familia y desde el inframundo de la pobreza absoluta, en donde también construyó fortaleza familiar a partir del amor.

Los que nunca han visto ni sufrido la pobreza no tienen por qué saber lo triste, humillante y degradante que es. A ciertos ingenuos y místicos incluso les parece una virtud. Pero para los que la hemos vivido y sufrido, la pobreza nos parece una desgracia que no vale la pena vivir. Ojalá que todos se murieran de viejos y no de pobres, porque la pobreza también mata.

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Siempre me escucharon hablando de amor, repetí esa palabra de muchas maneras y en muchos momentos. Hoy, desde mi encierro, considero que sin ese acto sublime poco se puede construir y menos soportar, pues la soledad, el aislamiento y la nostalgia lo van hundiendo a uno en una idiotez sin pasado que no deja viva ni siquiera la lógica elemental.

No llegué a Estados Unidos con la creencia ilusa de volver a mi patria. Llegué con la seguridad pragmática de quedarme por el resto de mis días y no propiamente en un hotel cinco estrellas. Esto no me hace mártir ni mucho menos. El delincuente fui yo, hasta 1995.

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Gilberto Rodríguez Orejuela fue extraditado a Estados Unidos en diciembre de 2004.
Foto: AFP - -

Cuando la muerte ha tocado a la puerta de la familia me he quedado medio zombi. Qué duro es tener el cuerpo en un lugar y el pensamiento en otro, hundido en la tristeza. Es como si el tiempo estuviera muerto, invadido en la desesperanza.

Gilberto desconfía de la dialéctica primaria de la existencia humana: vida o muerte. Más bien debería ser: vida para poder comprender la muerte. En una ocasión, cuando pasé más de diecisiete meses de aislamiento, me fastidié con la escritura. No sentía deseos de escribirle a nadie y empecé a “temerle a la hoja en blanco”, como dicen los literatos. No sabía qué decir, me parecía que todo ya lo había expresado, que no valía la pena narrar estos días tan iguales, calcados y crueles al mismo tiempo.

Esas son cosas que piensa y siente un viejito encerrado veinticuatro horas en una caja fuerte con ventana. Sería ingrato si me detengo a mirar solo el ocaso de mis días y dejo de agradecer las muchas cosas bellas que la vida me dio y me sigue dando. Comprendí que la resiliencia es la mejor ayuda para frenar los odios, desterrar los miedos y entregar ese perdón que es tan esquivo.

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Siempre tuve sensibilidad por la lectura y la escritura. Ya dejó de ser mi preocupación si entregué dinero, si hablé, no hablé, si el Gobierno cumplió, si se respetó o no un acuerdo, si me dieron o no descuentos de penas… Eso ya quedó atrás. Mejor dicho, quedó en el olvido.

Cada vez que leo los medios de comunicación, tal vez sesgados, a través de los que logro enterarme de lo que pasa en mi país, siento un déjà vu, como si el tiempo no hubiese pasado, como si nuestra partida solo hubiera sido un sofisma de distracción. Porque veo que continúa ese amarre de políticos corruptos con narcotráfico, paramilitarismo y delincuencia organizada, como si esas alianzas fueran requisitos sine qua non para gobernar a Colombia.

Continúa también la misma precariedad en las políticas para frenar el flagelo del tráfico de drogas y a nadie se le ocurre posar los ojos sobre las poblaciones olvidadas, que han hecho del cultivo de la coca su mejor sustento, para buscarles un beneficio social. Las cifras desproporcionadas de tráfico de cocaína y otras drogas no son visibles para los gobiernos.

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Cuando reviso todo mi prontuario y repaso mis actos concluyo que no fui más dañado que los políticos. Son peores los delincuentes de cuello blanco que sin recato y pudor estuvieron a nuestra sombra. Con ellos ratifico lo que William Shakespeare escribió en Timón de Atenas, en la que el personaje principal dice que el dinero es la puta de la humanidad: “¡Condenado metal, puta de la humanidad, que llevas el desorden a las naciones, vuelve a la tierra en donde te puso la naturaleza!”. Al leer el manifiesto de Karl Marx me digo que no se equivocó cuando refirió lo que el dinero logra en la deshumanización de los hombres.

Quienes pensaron que privándome de la libertad cortaban mis alas y me mataban en vida se equivocaron. Es difícil decirlo, pero encontré otro mundo en este sitio al que me desterraron. No sé cómo, pero me reinventé en un ser más humano, más amoroso y fraterno con los míos. Logré contemplar la armonía del universo, admirar la belleza en su conjunto, disfrutar la música, la poesía; aprender a escuchar y entregar la palabra solo cuando es necesario.

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Creo en ese Dios que yo vi, con el que hablo para hacer catarsis; ese dios de Spinoza, ese que es un argumento espiritual válido al alcance de cualquier persona que quiera exorcizar miedos y culpas y esperar el perdón para continuar el camino. No les apuesto a los dioses dogmáticos que muestran los libros. Tengo la seguridad de que la ética es un ingrediente que jamás debe faltar en cada acto de nuestra vida y que el respeto por la diferencia del otro permite hacer más liviano nuestro andar. Invoco la gratitud como una virtud de hombres grandes y como el valor supremo que cada uno debe tener.

Me defino como lo que he sido: un rebelde por convicción, un negociante por vocación y un narcotraficante por ambición; me siento orgulloso de las dos primeras y absolutamente avergonzado ante ustedes por la tercera. Para este momento puedo decirles que vivo la vida sobre lo diario, que mi presente poco cuenta, que no pienso a futuro y que me sobra un pasado que llevo en esa maleta que la vida nos cuelga, pero sin las cargas que las culpas entregan.

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Confieso que mi más grande preocupación es lo que mis nietos piensen de mí. No trabajo para lograr felicidad mientras no me sienta infeliz, creo haberlo logrado y, mientras mis nietos estén en mis recuerdos, en mis constantes comunicaciones, y sepa que han logrado esa felicidad, para mí es suficiente.

De mis hijos, valoro inmensamente la calidad humana que los acompaña, la fuerza que han tenido para soportar tanta inclemencia y por llevar nuestra sangre y el apellido Rodríguez. Es admirable escuchar de ustedes palabras de aliento, optimismo y amor por un país en el que les ha tocado “guerrear” y que no ha sido fácil para ustedes.

El día que me toque partir me iré tranquilo y agradecido por la hermosa familia que la vida me dio. Pero antes quiero pedirles el favor de que lean, pregunten y analicen cualquier información o circunstancia que pueda perturbar su vida. Les ratifico mi respeto, mi amor y mi vida por ustedes: mi familia, mis hijos y mis nietos.

* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial.

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