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El padre Javier Giraldo: una vida caminando junto a las víctimas

El padre jesuita dedicó su vida a la búsqueda de los desaparecidos y a la lucha directa contra todas las formas de violencia en un país de guerra infinita. Su trabajo con las comunidades más golpeadas por el conflicto lo convirtió en uno de los defensores de derechos humanos más importantes del país. Falleció en Bogotá a los 82 años. Así lo recuerdan sus amigos.

Paulina Mesa Loaiza

26 de agosto de 2026 - 06:30 a. m.
El padre jesuita dedicó su vida a la búsqueda de los desaparecidos y a la lucha directa contra todas las formas de violencia en un país de guerra infinita.
Foto: Manuel Chacón
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El padre Javier Giraldo murió en silencio. Eso dicen los que estuvieron con él en la clínica en la que estuvo internado después de una caída en su casa en Bogotá. Dicen, también, que su última noche en la tierra fue serena y que eligió las primeras horas de la mañana para irse. Tenía 82 años y una colección de batallas. Dedicó su vida a defender los derechos de las comunidades más golpeadas por el conflicto y a enfrentarse a los militares que las violentaron. Sus amigos lo recuerdan como un caminante de mil caminos, que anduvo en tierras ahogadas por el abandono y que marchó por las calles cargando al hombro la desesperanza de las familias de los desaparecidos.

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Y, como todo buen caminante, supo detenerse para descansar. Además de entregar sus piernas, el sacerdote entregó sus oídos, sus ojos, sus manos, su palabra y su corazón a las víctimas. Ellas cuentan que, en un acto de amor, el padre Javier Giraldo les dejó un legado digno de quien busca permanecer vivo entre tantos muertos. La lucha por una justicia que tantas veces fue esquiva es la herencia que hoy reciben las comunidades como un abrazo en medio del dolor, el abandono y el vacío. Como una invitación a continuar defendiendo la vida, la verdad y la esperanza. El sacerdote, que siempre salía del púlpito para atravesar las trochas de Colombia a lomo de mula, se fue dejando una sotana tejida en dignidad y valentía.

Sacerdote jesuita, defensor de DD. HH. e investigador del Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP).
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

Nunca fue un hombre de escritorio ni de documentos, aunque estudió Filosofía y Teología en la Pontificia Universidad Javeriana y se especializó en la Universidad de París I. Tampoco fue el cura clásico que da el sermón en las iglesias, más bien entre montañas y selvas habló de Cristo. Desde muy joven entendió que su vocación religiosa estaba atravesada por la justicia y esa doctrina del amor eficaz que aprendió del sacerdote Camilo Torres, a quien buscó durante 60 años hasta encontrarlo a inicios de 2026. Durante décadas estuvo vinculado al Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep) y denunció violaciones a los derechos humanos por los paramilitares y acusó a altos oficiales del Ejército por permitirlo.

El dolor de los demás fue el sentimiento que siempre lo atravesó, aunque nunca lo vieron triste ni desanimado. Fue uno de los primeros en hablar de la desaparición forzada en Colombia en 1982. El padre Javier Giraldo contaba que no podía creer que ese fenómeno, del que ya había escuchado en Francia y Argentina, se estuviera replicando en su país. Para ese tiempo recortó todos los avisos clasificados de los periódicos de las familias buscando a sus seres queridos. Visitó cada una de las casas para avisarles que ellos no estaban perdidos, que los habían desaparecido y que él podía ayudar a encontrarlos. Todas las semanas salían a marchar y después se organizaron en la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (Asfaddes). Esas familias hoy se conocen también como el Colectivo 82.

Teresa Sanjuán recibe el grado de su hermano Samuel Humberto Sanjuán 42 años después de su desaparición. La Universidad Nacional le otorgó el título de Antropólogo.
Foto: José Vargas

Yolanda Sanjuan es hermana de Alfredo y Humberto, desaparecidos en 1982 por agentes del Estado. Recuerda que la primera vez que vio al padre Javier Giraldo en la puerta de su casa en Bogotá pensó que era un salvador de sonrisa pícara. Cuenta que era, además, un hombre incansable que caminó junto a ella cargando bajo el brazo los costales llenos de fotos de desaparecidos que pesaban más, o lo mismo, que llevar a los mismos desaparecidos dentro. Una noche antes de conocer la noticia del fallecimiento del sacerdote, Yolanda escribió un mensaje para agradecerle. “Nos enseñó a gatear, caminar y correr para defendernos. Gracias por la solidaridad, la entrega, por ser nuestro amor y nuestra brújula. Tu legado quedará por siempre en nuestras vidas”, escribió.

A las 9:20 de la mañana de este 25 de agosto, Teresa, también hermana de Yolanda, escribió un mensaje en WhatsApp para sus contactos: “Murió el padre”. La noche anterior había pedido como una súplica que no partiera sin ver a sus hermanos aparecer. Ella recuerda que él le decía, con la mirada llena de amor, que no perdiera nunca la esperanza, que los desaparecidos aparecen, “algún día aparecen”. Para Teresa, Javier Giraldo fue su familia del dolor, de la búsqueda y de los consejos. Cuando supo de su muerte, le quedó un solo remordimiento. Hace poco más de un mes lo vio caminando en la calle. Iba de espaldas caminando por un hotel en la calle 74 en Bogotá y no lo pudo alcanzar para saludarlo y despedirlo. Teresa suspira y solo puede decir que se siente horrible.

El trabajo del padre Javier Giraldo también fue determinante para esclarecer las masacres de Trujillo (Valle del Cauca), ocurridas entre 1986 y 1994, y conseguir que el Estado colombiano reconociera su responsabilidad en los crímenes cometidos contra más de un centenar de personas. También denunció los vínculos entre integrantes de la Fuerza Pública y estructuras paramilitares en el Magdalena Medio y Urabá en una época en la que hablar de ello era sinónimo de muerte. Por esa labor recibió amenazas, soportó estigmatizaciones y tuvo que vivir períodos de exilio. Pero nunca abandonó a las comunidades que depositaron en él sus testimonios y su confianza.

Acto de perdón por el Estado colombiano a la Comunidad de Paz de San José de Apartadó por las violaciones a los derechos humanos cometidas entre 1997 y 2007, la ceremonia realizada en la Plaza de Armas de la Casa de Nariño, tuvo participación de víctimas, familiares y sobrevivientes de la Comunidad
Foto: El Espectador - Gustavo Torrijos

En 1996 llegó al Urabá antioqueño para trabajar como integrante de la Comisión de Justicia y Paz. Desde allí investigó el caso de Rito Alejo del Río, entonces comandante de la Brigada 17 del Ejército y el caso de Farouk Yanine Díaz, general, excomandante del F2. En 1997 comenzó a acompañar a la comunidad de San José de Apartadó (Antioquia). Un grupo de campesinos de ese corregimiento, de la mano y asesoría del padre Javier Giraldo y varias organizaciones jurídicas, se declaró neutral frente al conflicto. Sin embargo, el 21 de febrero de 2005, la población fue víctima de la violencia por parte del Ejército y grupos paramilitares, que perpetraron una masacre en la que fueron asesinados tres niños y cinco adultos.

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Así lo recuerdan en la Comunidad: “Recorrió con nosotros estos caminos, de mucho dolor y sufrimientos, renunció a sí mismo, para asumir y sufrir a lado nuestro, los verdugos del asedio y la persecución más atroz de quienes odian la vida. Muchas veces lo quisieron silenciar asesinándolo, apagando su voz, debido a esa persecución salió exiliado”. Y agregaron: “Su vida, es una semilla de esperanza, una oportunidad de seguir siendo Comunidad de Paz, pese a las adversidades. Sus enseñanzas y su vida, estarán con nosotros para siempre. En cada masacre, asesinato, desplazamiento, ahí estuvo el padre, dándonos alientos, fuerza y la esperanza de soñar en otro mundo posible”.

En una columna que en diciembre de 2009 escribió el columnista Alfredo Molano Bravo para este diario, el escritor supo retratar con exactitud la vocación del padre Javier y la razón de su cercanía con las comunidades que más sufrieron. “Javier es en el sentido esencial de la palabra un Justo. Y, por tanto, también un juez severo de los crímenes de la guerrilla. Su misión ha sido dolorosa, terriblemente dolorosa; lo expresa un cierto rictus que lo acompaña a todas partes: de San José de Apartadó a Trujillo, del Casanare a Urabá. Ha vivido entre la gente del pueblo, conoce su tragedia, la comparte, la vive y la pelea”.

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Los sacerdotes que siguieron los pasos del padre Javier Giraldo también lo recuerdan desde el dolor y la esperanza. El padre Henry Ramírez, misionero claretiano, dice que se sintió privilegiado por escuchar sus enseñanzas que luego se convirtieron en el movimiento de sacerdotes de la Iglesia de los Pobres. “Yo no hablo de la muerte de Javier, yo hablo del camino de Javier, y él sigue caminando. Un buen caminante sabe cuándo tiene que parar y descansar para continuar el camino. La resurrección es la esperanza de que Javier no está muerto. Está presente y con nosotros. Hay tristeza, pero Javier no se ha ido”, expresó el padre Henry, mientras lloraba.

Padre Javier Giraldo, defensor de derechos humanos.
Foto: Gustavo Torrijos Zuluaga

Ese camino del que habla el padre Henry también tuvo pruebas de fe. En 2009, el padre Giraldo dejó por escrito una de las decisiones más difíciles de su vida: no volvería a participar en diligencias de una justicia en la que había perdido la confianza. Después de casi tres décadas acompañando víctimas, dijo haber visto cómo los testimonios eran manipulados, los denunciantes terminaban perseguidos y los expedientes servían para fabricar verdades que encubrían la impunidad. “Me convertí en reo de la justicia por atreverme a buscar justicia”, escribió. Para él, la verdad y la justicia no podían reducirse a palabras estampadas en un proceso ni a formalidades vacías. Eran obligaciones éticas.

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Por eso sostuvo que “la conciencia ética de la humanidad se siente comprometida con la búsqueda de la verdad y de la justicia”, y que nadie podía ser obligado a colaborar con instituciones que, bajo esas palabras, protegieran la falsedad y la injusticia. Esta convicción lo acompañó hasta su último aliento en Bogotá, aunque habría querido pasar sus últimos días en San José de Apartadó. Manuel Chacón, integrante del colectivo Hijos e Hijas por la Justicia contra el Olvido y el Silencio, lo retrató durante uno de sus viajes hacia esa comunidad. En la fotografía, Javier Giraldo aparece como vivió: en medio de una trocha, montado en una mula y sonriendo. La imagen parece condensar su manera de estar en el mundo: avanzar por los caminos difíciles para llegar hasta quienes necesitaban ser escuchados. El padre recorrió ese camino hasta que sus piernas no pudieron llevarlo más.

Así lo recuerdan sus amigos y cercanos:

Adriana Arboleda - Corporación Jurídica Libertad

Javier es un hombre increíble. Es un hombre de la historia que va a trascender porque él, como Fabiola Lalinde, nos enseñó a todos los defensores y defensoras de derechos humanos desde el ejemplo, desde la terquedad, desde el testimonio. No fue alguien que habló de derechos humanos, sino que realmente su vida estuvo dedicada exclusivamente a ellos. Es el hombre con el que aprendimos a buscar a los desaparecidos, con el que aprendimos a hacer memoria, a documentar, y con el que aprendimos el valor y la importancia de la solidaridad con las víctimas. Es el hombre con el que aprendimos del amor eficaz del que hablaba Camilo Torres. Es alguien además tan importante para la historia de este país en las comisiones de la verdad, el esclarecimiento histórico, los derechos de las víctimas, con su trabajo arduo, dedicado día a día y sin ningún afán de protagonismo o de sobresalir, sino simplemente movido por el amor y la solidaridad con las víctimas. Muchas veces lo vi en Río Frío, en Trujillo, en Medellín, en la comuna 13 y en la comunidad de San José de Apartadó, codo a codo con las mujeres, los hombres y los niños, haciendo posible la verdad, la justicia y la reparación. Su memoria está ahí y la única forma de rendirle homenaje es poder hacer lo que él hizo: seguir luchando en medio de este país tan convulsionado, con tanta regresión de derechos, y seguir pensando en que esa utopía de la vida, de la dignidad y de la solidaridad es posible.

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Rafael Barrios - Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo

Tuve el honor y el placer de conocer al padre Javier Giraldo en 1978 cuando ingresé al Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo. El padre Javier es uno de los precursores, junto con Eduardo Umaña Mendoza, de los derechos humanos en Colombia y a nivel internacional, incluyendo los sistemas de la ONU y el Sistema Interamericano de Derechos Humanos. Nos acompañó en casos que litigamos con Eduardo Umaña, como el caso del Palacio de Justicia, donde desempeñó un papel fundamental para que se conozca la verdad y se haga justicia. Con él también se consolidó el movimiento de derechos humanos que tenemos hoy; no solo se abrieron otras organizaciones de defensores y defensoras de derechos humanos, sino también de víctimas de graves violaciones de derechos humanos, como Asfaddes. El padre tenía la particularidad de no aceptar reconocimientos ni premios. Recientemente, el presidente Gustavo Petro propuso condecorarlo con la Cruz de Boyacá y él no quiso aceptar; el mismo Petro lo dijo en su intervención cuando hizo esa propuesta, que el padre era ajeno a esos reconocimientos. Se nos fue una gran persona, un gran luchador de los derechos humanos. Que descanse en paz.

Sebastián Escobar - Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo

Recordamos a Javier Giraldo, un religioso jesuita y defensor de derechos humanos que tuvo una destacada lucha a favor de la justicia de las víctimas y en contra de la impunidad. Particularmente lo recuerdo como una persona con una postura fuerte para controvertir la posición del Estado colombiano en materia de garantía de impunidad de graves violaciones a los derechos humanos, y su posición de ruptura frente a lo que él consideraba una justicia que avanzaba muy rápido para judicializar y para criminalizar a las personas críticas y defensoras de derechos humanos, pero con un tratamiento paquidérmico frente a las masacres y las injusticias cometidas por parte del Estado. Javier deja un legado y una enseñanza profunda para quienes continuamos por estos rumbos de defensa de la vida, defensa de los derechos de las víctimas de graves violaciones a los derechos humanos, y para quienes luchamos por un mundo y un país mucho mejor.

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Pablo Cala - Fundación Hasta Encontrarlos

A Javier Giraldo lo conocí en 1994 en una peregrinación a Trujillo, Valle, en una conmemoración por la masacre en Trujillo. Allí, al escucharlo, sentí un fuerte contagio de energía, de esperanza y de proyecto de vida. Desde ese momento empecé a acercarme a la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz (en ese momento era la intercongregacional) y al llegar a Bogotá en el 96 empecé de lleno a estar con el trabajo de la comisión, donde estuve durante 17 años. Todo este tiempo Javier fue el inspirador y el modelo no solo mío, sino de varias generaciones de defensores y defensoras de derechos humanos.

Cuando salí de la comisión, estaba haciendo un trabajo en el Bajo Aguán en Honduras, sistematizando información para el relator de ejecuciones extrajudiciales de Naciones Unidas. Hasta allá me llegó el llamado de Javier haciéndome una petición: necesitaba que me fuera a trabajar a Guaviare en unos procesos de memoria que él tenía la idea de empezar, pero requería que alguien estuviera viviendo allá en el terreno. Le dije: ‘Javier, yo ya no estoy de pronto para esos andares de irme a vivir tiempo completo al terreno, pero podemos pensarnos unas propuestas’. Desde ese momento, en 2013, iniciamos un proceso en Guaviare que comenzó como un proceso de memoria y terminó con la creación de la Comisión Humanitaria de Exhumaciones, la cual fue un antecedente de lo que hoy es la Unidad de Búsqueda dadas por Desaparecidas (UBPD).

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Javier personalmente llevó a La Habana la propuesta de cómo se había logrado recuperar seis cuerpos sin la Fiscalía desde una comisión humanitaria de exhumaciones, en qué consistía y cómo se necesitaba judicializar la búsqueda, junto a otras propuestas de las organizaciones que llegaron. Ese fue uno de los antecedentes. Volvimos a Guaviare en un par de ocasiones después de 2016, cuando ya se había firmado el acuerdo. Javier es miembro honorario de la Fundación Hasta Encontrarlos, un rol de apoyo en lo que hacemos. Su último apoyo fue a finales de febrero, cuando, después de una cirugía de corazón abierto y un proceso de dos o tres meses de recuperación, hizo su primer viaje fuera de Bogotá en labores de acompañamiento en derechos humanos.

Padre Henry Ramírez - Misionero Claretiano

Javier es un caminante de los mil caminos, de las mil trochas en Colombia. Caminó Carmen de Chucurí, Bucaramanga, San José de Apartadó, Trujillo, El Castillo, Villavicencio, el páramo de Sumapaz y el páramo de la Cerna, buscando. Es un caminante que decidió parar para seguir caminando; los buenos caminantes saben cuándo parar. En Javier tenemos un legado teológico, espiritual e intelectual. Colombia hoy puede decir que tiene un intelectual integral que le ha aportado a la construcción del país, humilde porque mucha gente tal vez no lo conoce. Las víctimas y los que sufrieron los destrozos de la guerra sí lo conocen, en un Estado que, como él nos enseñó, sigue siendo terrorista y depredador. Javier Giraldo nos enseñó a tener alegría y paciencia en los momentos de persecución, cuando generales de la República lo persiguieron y lo calumniaron. Él nunca perdió su alegría ni su serenidad. Acompañó de cerca a los familiares de las personas desaparecidas en el Palacio de Justicia. Son miles de caminos y de Camilos también, porque fue un buscador hasta que logró encontrar el cuerpo de Camilo Torres. Hoy no podemos negar nuestra tristeza, pero yo no siento el vacío porque Javier nos dejó un legado y una presencia que rompe con el tiempo y el espacio. Como hombre de fe, nos inspira. Son muchos los que sienten esta partida como continuidad del camino.

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Desenmascaró todo el fenómeno paramilitar en Colombia desde las voces de las comunidades y de las víctimas, un legado que todavía nos falta evidenciar más. Le dio rigor científico al escuchar a las comunidades, haciendo que sus voces tuvieran un rigor científico, jurídico y metodológico para elaborar las denuncias, comunicados y constancias históricas. Su aporte a la verdad de Colombia es fundamental y sus escritos serán un referente para seguir la búsqueda de los desaparecidos y desaparecidas. Lo que hizo con el Banco de Datos de violencia política en el país, desarrollado inicialmente con la Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz y con el Cinep, es un legado enorme. Se atrevió a decir cosas que en su momento no decían otros sobre la responsabilidad del Estado y de sus funcionarios en los crímenes. Es un hombre valiente. Esa valentía es lo que hoy nos mantiene firmes para seguir, unidos en la esperanza y en el amor. Javier nos hace sentir que no estamos solos, sino que tenemos que tejer. Hoy quedan muchos ‘Javieres’ para continuar la historia, escribiendo, exhumando y buscando a los desaparecidos. Es un legado que seguiremos enriqueciendo porque Javier sigue presente.

Comunidad de Paz San José de Apartadó

Físicamente el padre Javier se nos fue. Pero su memoria, su legado, su trayectoria, su humildad, su sencillez, su espíritu ferviente, su esperanza, su fe por la vida queda con nosotros. Nos acompañó en los momentos más duros y tristes.

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Recorrió con nosotros estos caminos, de mucho dolor y sufrimientos, renuncio a sí mismo, para asumir y sufrir a lado nuestro, los verdugos del asedio y la persecución más atroz de quienes odian la vida. Muchas veces lo quisieron silenciar asesinándolo, apagando su voz, debido a esa persecución salió exiliado. Pero las ganas de estar con las víctimas, los oprimidos y los que no teníamos voz, lo trajo de regreso a casa. En cada masacre, asesinato, desplazamiento, ahí estuvo el padre, dándonos aliento, dándonos fuerza, dándonos esperanza de soñar en otro mundo posible.

Un hombre honesto, transparente, coherente en su vida, en sus palabras, en sus ideales, con tanta claridad. Esa claridad en búsqueda de justicia ante diversas instancias, tribunales y cortes. En búsqueda de una verdad, una verdad esclarecida en tribunales, que no alcanzó a encontrar, pues estaba frente a un mundo de injusticia como el que vivimos en nuestro país. Quienes lo conocimos y tuvimos la oportunidad de caminar con él, su partida nos genera mucha angustia, mucho dolor, un vacío enorme.

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Su vida, es una semilla de esperanza, una oportunidad de seguir siendo Comunidad de Paz, pese a las adversidades. Sus enseñanzas y su vida, estarán con nosotros en nuestras vidas para siempre.

Clemencia Correa

Javier, no sé cómo será la vida sin usted. Lo extrañaré, de eso estoy segura. Es difícil creer que ya se ha ido, aunque mi alma siempre estará con usted. Mi opción de vida ha estado marcada por su experiencia, su sabiduría, su visión y su amor por la vida, por los pobres, por los que han sufrido y por quienes han sido víctimas de la violencia. Junto a usted y con otros fui conociendo lo que la violencia y el terror en Colombia implicaban desde el año 1990 con el proyecto de Derechos Humanos, al lado de Danilo, el resto del equipo, Mauricio Yantén y muchos otros que fueron llegando. Con usted fuimos caminando comunidades y regiones. En el Meta, junto a la hermana Noemí, estuvimos acompañando a Josué Giraldo, de cuyo asesinato se cumplen ya 30 años en este mes de octubre. En Trujillo, Valle, con Marí Trigos y también con Santiago, ayudamos a construir el monumento para las víctimas del horror de Trujillo. En el Cacarica, cuánto que decir y cuántos tránsitos en canoas vivimos con todo ese equipo de Cacarica con el que estuvimos. No pararía de nombrarlos a todos. También estuvimos en San José de Apartadó con Edward —quien ya marchó—, con Elga y con la hermana Clarita. No podría olvidar el acompañamiento a los familiares del Palacio de Justicia junto a Eduardo Umaña en aquellos tiempos (él también ya marchó). Y recuerdo ahora, yendo y viniendo entre el pasado y el presente, los tiempos con Hernando Gómez, ‘el sardino’, en la Universidad Javeriana cuando yo estaba terminando la carrera. Me acuerdo también de Magdalena, quien ahora está muy cerca de nosotros con su mamá, y de tantos otros. Usted, Javier, ha sido un ser imprescindible en esta lucha sin parar, a pesar de haber estado muy amenazado, algo que no podemos olvidar. Su corazón tomó fuerza el año pasado con un nuevo corazón para seguir luchando por nuestro país, en medio de la preocupación por lo que nos estábamos enfrentando y dejando huella en cada ciudad que recorría. Este nuevo corazón le permitió encontrar los restos de Camilo Torres para resignificar su vida, dar sentido a su lucha, renombrarlo y desestigmatizarlo más allá de la etiqueta de guerrillero, rescatándolo como ese sacerdote de amor incondicional. Javier, una y otra vez, mil gracias. Tuve la fortuna de estar cerca de usted, incluso durante mi exilio. Lo tendremos en el alma y caminaremos con usted. Gracias por la huella y el camino que nos ha dejado para seguir recorriéndolo por una Colombia y un país mejor.

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Para conocer más sobre justicia, seguridad y derechos humanos, visite la sección Judicial de El Espectador.

Por Paulina Mesa Loaiza

Periodista de la Universidad de Antioquia e ilustradora. Ha escrito en prensa y portales digitales con especial interés en justicia, conflicto, memoria y paz. Actualmente es periodista de Colombia+20.@paulina_mesalpmesa@elespectador.com
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