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El secuestro más largo

José Libio Martínez ha pasado 13 de sus 35 años en poder de las FARC en Colombia. No conoce a su hijo ni vio morir a su padre. Su tragedia, tan inédita como absurda, es una arista más del conflicto.

Juan David Laverde Palma

26 de noviembre de 2011 - 02:21 p. m.
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Hoy cumple 4.817 días pudriéndose a destiempos en las profundidades de las selvas de Colombia. Es el secuestrado más viejo del mundo. Se llama José Libio Martínez, tiene un hijo que no conoce y un padre que falleció en agosto pasado esperando su regreso. Un cáncer de estómago terminó por derrumbar el sueño de volver a verlo libre. De nada valieron las misas que a punta de azadón y machete el viejo Fidencio Martínez religiosamente pagó cada semana durante casi 13 años pidiendo por la suerte de José Libio. La guerrilla de las FARC, la más antigua del mundo (47 años) desoyó sus súplicas y las de su nieto, Johan Steven, un niño que es una suerte de cronómetro del secuestro de su padre.

El 21 de diciembre de 1997, en una brutal arremetida terrorista a sangre y fuego, las FARC tomaron una base de comunicaciones en Nariño, en el sur de Colombia. Veintidós militares resultaron asesinados, otros 18 secuestrados. Entre ellos, José Libio Martínez. Su pareja entonces, Claudia Tulcán, estaba embarazada de seis meses. Los tiempos comenzaron a correr y los años a sucederse. Más pronto que tarde Johan Steven tuvo conciencia del calvario que le jugó la violencia. Muy pequeño aprendió las letras del abecedario, exaltado, porque le dijeron que así podía enviarle cartas a su padre en la selva. De números aprendió sólo para llevar las cuentas del tiempo que lo distanciaba de conocer a José Libio. Su tragedia es desconocida en el mundo. Nadie salvo este suboficial del Ejército colombiano ha padecido el destino fatal de estar privado de la libertad por una organización terrorista casi un tercio de su vida. Trece de sus 35 años ya se le fueron en la manigua.

“Te conozco a través de mi imaginación. Sé que me abrazas cuando la brisa toca mis manos, cuando miro las estrellas sé que me estás mirando. Cuando mires llover son las lágrimas de tu hijo con la esperanza, nuevamente desvanecida (…) Algún día espero que este gran muro que nos aleja se parta a la mitad y se ilumine con tu libertad. Papi, nunca pienses que te he olvidado. Siempre te llevo en el corazón”, le escribió alguna vez Johan Steven. La carta llegó a su destino tiempo después. Raída y gastada la leyó su padre. Desde los laberintos selváticos llegó su respuesta atronadora: “Cuánto daría por verlo crecer, enseñarle a jugar fútbol, a los caballitos, a las escondidas, enseñarle cosas nuevas que están en mi mente; pero sé que lo voy a hacer porque aún estoy vivo y tiempo y energías para él me sobran”. El cruce epistolar ha sido el único vaso comunicante que han tenido. Trece pruebas de supervivencia ha conocido la familia Martínez en 13 largos años de secuestro. La más reciente, en 2010, fue un vídeo en el que José Libio se dolía porque ni siquiera ha visto una foto de su hijo. Antes le había escrito: “[Johan] siempre estaré a su lado en sus aciertos y desaciertos, brindándole mi apoyo como un verdadero amigo. Espero que entre los dos haya confianza y complicidad en nuestros sentimientos y cosas íntimas de las cuales sólo usted y yo seamos testigos, como padre e hijo”. Johan Steven encarna hoy en Colombia el símbolo de la lucha contra el secuestro. Tamaña responsabilidad para un niño al que la violencia convirtió en protagonista.

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El chantaje del secuestro.

Hace apenas unas semanas la guerrilla de las FARC liberó a cuentagotas a seis secuestrados. Desde diciembre de 2010 el grupo armado había anunciado la entrega de cuatro uniformados de la Fuerza Pública y dos dirigentes políticos. Entre los nombres no figuraba el de José Libio Martínez. Johan Steven, tan curtido ya en esos asuntos del conflicto, le escribió una carta a Alfonso Cano, jefe máximo de la guerrilla de las FARC, en la que le pidió que le diera la oportunidad de conocer a su padre para “hacerlo sentir orgulloso” y exigió una pronta respuesta que no llega ni llegará.

La decisión de Johan Steven de intentar liberar a su padre de las cadenas del secuestro convirtió de golpe al niño en adulto. Habla tranquilo, de asuntos difíciles, de política o derecho internacional humanitario. Ya en el año 2009 caminó 100 kilómetros en una marcha que abanderó para pedir por la suerte del suboficial del Ejército. Y exigir que se lo devolvieran, que él necesitaba conocerlo, que ya está harto de la guerra. En agosto pasado, cuando falleció su abuelo, el campesino Fidencio Martínez, el niño cargó el féretro en su entierro. La imagen conmovió a Colombia. Y, sin embargo, el tiempo sigue su discurrir implacable en contra de un padre y un hijo desconocidos entre sí por cuenta de un conflicto colombiano que dura ya casi medio siglo.

En 1964 se fundó la guerrilla de las FARC. Su presencia empezó a copar estratégicas zonas del sur del país de forma paulatina y para finales de los años 90, con el narcotráfico desbordado, el terrorismo extendido de las FARC tiñó de sangre a Colombia. Empezaron a usar minas antipersonales que mutilaron a cientos de civiles y militares, se adueñaron de poblaciones y asesinaron con sevicia.

En aquella época el grupo ilegal anunció que el secuestro no sólo les servía para financiar su barbarie, sino como botín político. La ola de secuestros se extendió en Colombia como un virus. Concejales, diputados, congresistas, candidatos presidenciales, soldados y policías. El grupo ilegal, que entró en el listado de organizaciones terroristas en 2002, utiliza el término de canjeables, es decir, los secuestrados que tienen como fin presionar al Estado.

En campos de concentración, al estilo nazi, es donde mantienen a los prisioneros en la selva. Así ha vivido José Libio desde 1997. Como resultado de varios acuerdos humanitarios entre las FARC y el Gobierno de Colombia, unos 1.000 integrantes de la Fuerza Pública que habían sido secuestrados recuperaron su libertad. En ninguna de esas entregas figuró el nombre del suboficial. Algunos debían quedarse, notificaron en su momento secamente las FARC. De lo contrario el chantaje político habría caducado. Hoy unos 15 uniformados ya pasaron la raya de lo humanamente imaginable del secuestro. Varios llevan una década en las selvas. Pero es José Libio quien sobrepasó las fronteras de lo posible.

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El suboficial nació en 1976 en la región de Nariño, al sur del país, siendo el mayor de tres hermanos. Su padre murió en agosto del año pasado a los 62 años. La noticia fue registrada por los medios de comunicación de Colombia y lamentada por el propio presidente, Juan Manuel Santos. Los familiares del suboficial elevaron otra súplica a las FARC: liberar a José Libio para que al menos asistiera a las honras fúnebres de su padre. Su sobrina Fanny Martínez recordó que hasta sus últimos respiros Fidencio no imploró nada distinto que la libertad de José Libio. Lo había advertido premonitoriamente el propio uniformado en una carta que hizo llegar a su familia: “El militar no ve nacer a sus hijos ni ve morir a sus padres”, escribió.

Una violencia reciclada.

Para mediados de la década de los 90 Colombia era un polvorín. Las mafias del narcotráfico habían corrompido la política, sus fortunas lograron llegar al fútbol, a la sociedad, a todo. Y paralelamente la guerrilla de las FARC, financiada en buena parte por el rentable negocio del tráfico de estupefacientes, terminó por desbordar la violencia regular. En ese contexto hostil ocurrió el secuestro de José Libio. El 21 de diciembre de 1997 un comando de 250 guerrilleros incursionó violentamente en la base y la atacó con bombas y armas de largo alcance. Colombia resolló resignada por el crimen.

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Con seis meses de embarazo, Claudia Nidia Tulcán recibió la noticia por teléfono. Enseguida se desmayó. Luego casi se le sale el corazón por la boca cuando uno de los sobrevivientes del ataque le dijo que había sido testigo de que una de las explosiones había despedazado a José Libio. Pasadas las semanas llegó la primera prueba de supervivencia de su condición de secuestrado. Una carta y una foto. Johan Steven nacería 15 días más tarde, el 24 de marzo de 1998. Su parto fue un bálsamo para los Martínez. Un milagro. Desde entonces ha aprendido a querer a José Libio como se quiere a quien no se conoce: fotográficamente. Con la fortuna trágica de que su parecido físico sea cada vez más notable. Quizá de tanto contemplarlo en tantos portarretratos terminó por imitar los gestos de José Libio.

Guerrilla, secuestro, política, conflicto, son palabras que incorporó desde muy niño en su lenguaje Johan Steven. Innumerables diálogos con su madre tratando de entender cómo era posible que una guerrilla con 47 años de antigüedad se negara a liberar a su padre desde hace más de 13 diciembres modificaron su estructura mental. Muy a pesar de transitar ese cenagoso camino Johan Steven ha dicho que no alberga rencor en su corazón, que su único propósito es rescatar de las selvas a su padre. En una carta le escribió: “Papito, quiero que sepas que estoy orgulloso de ti porque a pesar de que estamos separados tú sigues luchando para salir del cautiverio para no volvernos a separar”.

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Las burlas de las FARC.

Entre 1997 y 2011 Colombia ha tenido cuatro presidentes, incluyendo los dos gobiernos de Álvaro Uribe. A ellos y a sus distintos gobiernos la familia Martínez les ha implorado sólo una cosa: negociar con la guerrilla un acuerdo humanitario que ponga fin a la tortura del secuestro. El Gobierno de Andrés Pastrana (de 1998 a 2002) conformó una mesa de diálogo para firmar la paz con la guerrilla, pero resultó burlado. Para facilitar las conversaciones accedió despejar 42.000 kilómetros cuadrados al sur de Colombia. No había allí ni Dios ni ley distinta a las FARC. Entre 1999 y 2002 se adelantaron los diálogos. Pero la guerrilla siguió secuestrando, extendió sus actos de terrorismo, puso bombazos en ciudades, trabó alianzas con otros terroristas, aprovechó la tregua para negociar droga y asesinar a sus anchas.

No obstante, en los tres últimos años las FARC han sufrido toda suerte de reveses. En 2008 murieron tres de sus históricos comandantes. Primero Raúl Reyes, segundo al mando, encargado de la estrategia internacional del grupo ilegal para extender y promocionar sus postulados marxista-leninistas en algunos escenarios de Europa y Sudamérica; En su ordenador se hallaron miles de archivos que evidenciaron sus enlaces políticos y a sus colaboradores a la sombra. Un verdadero abecé de cómo funciona una organización que llegó a tener unos 30.000 hombres en armas, de los que sólo quedan 8.000 a lo sumo, según cifras del Gobierno colombiano. Los otros dos jefes guerrilleros que murieron en 2008 fueron Iván Ríos y Manuel Marulanda, su fundador. Este último se murió de viejo, a los 80 años. Nunca pudo ser capturado.

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En septiembre de 2010 llegó el golpe de gracia. El símbolo histórico del terror de las FARC resultó muerto tras un bombardeo de las autoridades. Conocido por el alias del Mono Jojoy, el máximo jefe militar en toda la historia guerrillera, quien trasladó el terrorismo de los campos a las ciudades, por fin había salido de la escena del conflicto. Varios de sus ordenadores, incautados por las autoridades, siguen aportando valiosa información a las fuerzas de seguridad, como por ejemplo, y entre otras cosas, de sus vínculos con la ETA.

Lejos en todo caso de las victorias militares del Estado colombiano o de los cálculos políticos sobre la rentabilidad del secuestro, la familia Martínez continúa la procesión de su calvario. De José Libio nada ha vuelto a saberse. Al compás del inexorable péndulo del tiempo han venido menguando las esperanzas de una pronta libertad. Johan Steven reza por él a diario religiosamente. Por el secuestrado más viejo del mundo.

*Este texto, elaborado por el editor judicial de El Espectador, apareció este año en la revista española Tiempo.

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Por Juan David Laverde Palma

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