En todo el mundo hay, al menos, 316 millones de personas que consumen drogas. Colombia comparte amplia responsabilidad de ese registro, pues conserva hace décadas el puesto de mayor productor de cocaína del mundo y es uno de los epicentros de un sistema de compraventa que se ha proliferado como nunca antes. Así lo señala el más reciente informe sobre drogas de la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito (Unodc, por sus siglas en inglés). Se trata de un análisis anual que toma en cuenta estadísticas, fenómenos sociales y antecedentes históricos para, en resumen, describir cómo se mueve el negocio ilícito de las drogas en todo el globo y cuáles son las responsabilidades compartidas.
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El informe hace un especial énfasis en la vulnerabilidad presentada por poblaciones que permanecen en conflicto alrededor del mundo y los cambios en los mercados en países con abruptos cambios sociopolíticos, como el caso de Ucrania y Siria. En una mirada más detallada, Colombia, en el marco de Latinoamérica, sigue siendo el origen de una problemática de la que ya no son solo víctimas a gran escala en Europa y Estados Unidos. “Esta edición del Informe Mundial sobre las Drogas muestra que los grupos delictivos dedicados al tráfico de drogas continúan adaptándose, explotando las crisis y teniendo en la mira a las poblaciones en mayor situación de vulnerabilidad,” explicó Ghada Waly, directora ejecutiva de la Unodc, en atención a medios de comunicación.
Colombia
Una de las frases más contundentes del informe es que el consumo de drogas ha sido catapultado a “niveles históricamente altos”. Las cifras más actualizadas con respecto a hectáreas de coca corresponden a finales de 2023, y en ese sentido la Unodc descubrió que los cultivos de esa planta de uso ilícito incrementaron un 6% con respecto a 2022, lo que corresponde a 376.748 hectáreas en todo el mundo. Es como si hubiese 526.000 canchas de fútbol cultivadas con coca o toda el área de un país como Cabo Verde. Colombia no es ajena a ese fenómeno, pues la última medición de la Unodc, también con corte a 2023, marcó 253.000 hectáreas. Es decir, Colombia tiene plantadas el 67% de las hectáreas de coca del planeta.
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Con semejante participación de base en el mercado ilícito de la coca, es dable pensar que Colombia también comparte amplia responsabilidad en cuanto a los índices de producción. De acuerdo con el informe, de 2022 a 2023, la producción de cocaína se incrementó en un 34%, alcanzando las 3.708 toneladas a nivel mundial. “El mercado de la cocaína, el de más rápido crecimiento entre las drogas ilícitas, es un campo de competencia feroz entre traficantes que genera niveles alarmantes de violencia. Aunque esta violencia ha sido durante mucho tiempo un problema en América Latina y el Caribe, ahora se está extendiendo a países de Europa Occidental”, se explica en el informe.
La Unodc explica que la violencia asociada a la cocaína está creciendo por cuenta de la influencia de los grupos delictivos organizados de los Balcanes Occidentales (Albania, Bosnia, Kosovo, Serbia, Montenegro y Macedonia), que tienen gran parte del pastel de tráfico desde América del Sur hacia Europa. En diálogo con El Espectador, Leonardo Correa, director regional de análisis de la Unodc para la región, explica que en los últimos años se ha evidenciado que estos grupos, además de las ya existentes organizaciones mexicanas e italianas, incluso, vienen al país a comprar la cocaína directamente. Una problemática que, como principales productores, Colombia comparte con Perú y Bolivia.
Correa agrega que los últimos años el fenómeno marca una diversificación del mercado que anteriormente terminaba, casi exclusivamente, en Europa y Estados Unidos. “Parte de esa droga que nace de Colombia se va a Ecuador y se mueve hacia el sur, buscando un puerto de salida hacia Europa, Asia, África u Oceanía. Mucha de la droga se está yendo por Brasil para tomar la hidrovía Paraná-Paraguay y bajar a los puertos en San Paulo en Brasil o en ciudades cercanas al Río de la Plata en Uruguay y Argentina. Los grupos colombianos no tienen el monopolio o la capacidad de llevar ellos mismos la drogas hacia esos nuevos destinos, pero sí están contactados con quienes tienen un mercado en los demás continentes”, explicó.
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El informe establece que 25 millones de personas en el planeta consumieron cocaína durante 2023, lo que representa el 0,47% de la población mundial de entre 15 y 64 años. Aunque las incautaciones de cocaína se triplicaron en la última década, lo cual es una estrategia prioritaria del gobierno de Gustavo Petro, lo cierto es que también se debe a que aumentó la cantidad estimada de cocaína disponible para el consumo. El norte, occidente y centro de África se está convirtiendo en un punto importante de tránsito de la cocaína que llega hasta Europa, mientras que el sur de Asia se identificó, en el último informe, como un destino final de consumo y narcotráfico.
La Unodc, de otro lado, realizó estimaciones de los flujos financieros ilícitos relacionados con las drogas. Por ejemplo, la salida de droga desde Colombia representaría entre el 0,4% y el 2,8% del Producto Interno Bruto nacional. En comparación, México reporta aproximadamente el 1%. La Oficina concluye que, además, a Colombia le ingresan en promedio hasta 2,6 billones de dólares anuales por tráfico de cocaína. El único país que lo supera en ese rubro es México, que reporta hasta 4,5 billones.
La certificación antidrogas
El tiempo corre para Colombia de cara a uno de los eventos más importantes en el marco de la lucha antidrogas: la certificación por parte del gobierno de los Estados Unidos. En septiembre, tras llegar a una conclusión en los planos gubernamentales y legislativos, ese país decidirá si mantiene el estatus de Colombia, lo cual desembocará en la entrada de recursos para prevenir y combatir el narcotráfico. En su momento, la exministra de Justicia, Ángela María Buitrago, quien tuvo reuniones en Estados Unidos con altos funcionarios, mencionó en El Espectador que la certificación no solo le conviene a Colombia, pues un debilitamiento de las medidas, en realidad, fortalecería a los grupos transnacionales que negocian la droga ante el mundo.
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El contexto colombiano el cual muestra que, no solo los grupos armados están orientados hacia el control territorial, sino que están integrados en los sistemas sociales, al punto de que suplantan los servicios y el dominio del Estado. Y que ir tras el denominado “cabecilla”, como dicen las autoridades, no tiene en realidad efectos positivos. “De hecho, este tipo de estrategias pueden generar resultados no deseados (...) La muerte o captura del líder de un grupo puede aumentar la violencia y provocar fragmentación y competencia, lo que a su vez puede multiplicar los grupos y abaratar las drogas, incrementando así la oferta”, explica el informe.
Por ello, para la Unodc, la cooperación internacional para combatir el narcotráfico es casi que obligatoria en un panorama regional donde las capacidades gubernamentales individuales se quedan cortas. “La débil gobernanza marítima y la corrupción en los puertos ofrecen oportunidades a los grupos de narcotráfico para mover grandes volúmenes de drogas a través de rutas marítimas. Apoyar a los Estados costeros en el fortalecimiento de la aplicación de la ley marítima, mejorar la cooperación y construir marcos legales sólidos es fundamental. Las interdicciones en el mar y los controles portuarios son herramientas clave para interrumpir las cadenas de suministro antes de que estas se adapten y las rutas se desplacen”, se explica en el informe.
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La certificación de Colombia es clave en la medida que los recursos sean utilizados para igualar el nivel de sofisticación tecnológica utilizado en la cadena de suministro de drogas, como lo confirmó la exministra Buitrago. Esto incluye la adquisición de nuevas habilidades de inteligencia, equipos adecuados y mantener una capacidad científica y forense suficiente para identificar nuevas drogas y amenazas emergentes relacionadas con la oferta y la demanda. El informe es claro en que la inteligencia artificial, los drones no armados, los datos y otras tecnologías pueden aprovecharse para labores de vigilancia e identificación de compuestos químicos, respetando, claro está, el marco de los derechos humanos.
El mundo
La Unodc expone que, de nuevo, la marihuana es la droga más solicitada con un estimado de 244 millones de consumidores en el mundo. Eso corresponde a casi dos tercios de la población de Estados Unidos. Luego siguen los opioides con 61 millones; las anfetaminas con 31 millones; la cocaína con 25 millones; y el éxtasis con 21 millones. La Oficina encontró que al menos 64 millones de consumidores tienen desórdenes de salud asociados al consumo de sustancias psicoactivas, lo que corresponde a un crecimiento del 13% en los últimos 10 años. A pesar de tamaña cifra, solo el 8,1% de la población total consumidora está en tratamiento médico. Uno de cada siete hombres y solo una de cada 18 mujeres.
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“Los traficantes también están aprovechando una ola de producción récord, expandiéndose hacia nuevos mercados en Asia y África. A lo largo de la ruta de los Balcanes —que se origina en Afganistán y atraviesa la República Islámica de Irán, Turquía y el sudeste de Europa hasta llegar a Europa Occidental y Central—, los ingresos brutos anuales estimados por el tráfico de opiáceos fueron de 15.500 millones de dólares entre 2019 y 2022. El valor en el mercado minorista de los opiáceos traficados a lo largo de la ruta que va desde Afganistán, pasando por Asia Central y la Federación de Rusia, se estimó en alrededor de 10.000 millones de dólares anuales entre 2016 y 2019”, explica la Oficina.
Asimismo, se reporta que los conflictos sociopolíticos y la inestabilidad regional siguen ofreciendo un terreno fértil para la producción y el tráfico de drogas sintéticas. “La guerra en Ucrania ha alterado rutas establecidas para el tráfico de heroína y cocaína, pero la producción y el tráfico de drogas sintéticas se han expandido. Ucrania se ha convertido en una fuente importante de metadona fabricada ilícitamente”, concluye el estudio. La Unodc cierra argumentando que el mundo se encuentra en un contexto de giros en la geopolítica que sacude los mercados financieros, las relaciones diplomáticas y que ha intensificado los escenarios de conflicto. Estas dinámicas están creando nuevos grupos de personas vulnerables, que están en mayor riesgo de recurrir al mercado de drogas ilícitas. Como consumidores o traficantes.
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