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La historia de un campesino ciego que acusan de ser guerrillero de las Farc

Gustavo Chavarriaga es un colono de La Uribe (Meta) que en dos ocasiones ha sido acusado de ser un colaborador de las Farc. Él asegura que es inocente.

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María Paula Rubiano
03 de julio de 2016 - 02:30 a. m.
Gustavo Chavarriaga, de 69 años, vive en una parcela junto a su esposa, dos de sus hijos y su madre. / Cortesía
Gustavo Chavarriaga, de 69 años, vive en una parcela junto a su esposa, dos de sus hijos y su madre. / Cortesía
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Gustavo Chavarriaga es un campesino ciego que vive en La Uribe (Meta). Una tarde de septiembre de 2015, sentado en el patio de la casa en la que está bajo arresto desde 2014, recordó la sensación de calor que sintió salir de sus ojos cuando, dice, un militar le pegó con un arma en la nuca para que declarara que era guerrillero de las Farc. El hombre de 69 años está convencido de que los culpables de su ceguera son los militares que, asegura, lo torturaron una noche de mayo de 1992. Cree además que se han ensañado con él por ser uno de los primeros líderes comunitarios de La Uribe, un municipio en el extremo oriental del Meta atravesado por décadas de conflicto.

Llegó a La Uribe con su tío, Héctor Chavarriaga, en 1978. Juntos abrieron monte y con otras siete familias fundaron la vereda El Paraíso. Eran 16 personas que se organizaron en una junta de Acción Comunal que presidía Gustavo Chavarriaga. “Por mi vocación de servicio yo representaba a la vereda en otras instancias. Los delegados salíamos a la alcaldía de Mesetas (Meta) a conversar con el alcalde y los concejales a ver si nos daban tejas o estuco para ir organizando en la vereda la escuela, la casa comunal y la iglesia. Debido a esa situación comenzaron a tenerme entre ojos, sobre todo los militares”.

En 1992, catorce años después de su llegada, Gustavo Chavarriaga ya era un reconocido líder de la vereda El Paraíso. Era él quien resguardaba el botiquín del pueblo, después de haber participado en un curso en el que el cura italiano Gianni Campagnolo y la misionera Sonia Ulloa lo capacitaron para convertirse en el líder de salud veredal. En la mañana del sábado 16 de mayo de 1992 partió hacia el casco urbano de La Uribe para comprar $9 mil en medicamentos y surtir el botiquín. Al día siguiente emprendió el camino de regreso junto a Aldemar Bermúdez (también colono de El Paraíso), y al profesor de la vereda y su esposa.

A la altura de la vereda Sabaneta se encontraron con un retén de la Brigada Móvil 1 del Ejército. Los soldados les preguntaron sobre los víveres que llevaban. Después de cinco horas los militares dieron la orden al docente y su esposa de seguir la marcha. Retuvieron a Gustavo Chavariaga y a Aldemar Bermúdez. “En la tardecita nos echaron en helicóptero para Granada (Meta), nos decían que teníamos que ir porque había que ir a hacer unas declaraciones ante el juez pero que al otro día nos devolvían para la vereda. Pero resulta que en el Batallón 21 Vargas nos torturaron toda la noche. Querían que dijéramos que éramos guerrilleros, pero eso no era verdad. Al otro día nos metieron a la cárcel de Granada”, relata Chavarriaga.

Dos días después, el 19 de mayo, un mayor del Ejército denunció a los dos campesinos ante el Juzgado 119 de Instrucción Penal Militar, por los delitos de homicidio con fines terroristas, rebelión y sedición. A Gustavo Chavarriaga lo acusaron de ser el enfermero de la insurgencia, a Bermúdez de llevar “una gran cantidad de víveres para la guerrilla”. Fueron acusados por la Fiscalía regional de Bogotá y juzgados por un “juez sin rostro”. Gustavo Chavarriaga vendió las tres bestias que tenía en su finca para pagar un abogado. Cuando se acabó el dinero, el defensor se fue. Estuvieron seis meses sin representante legal. Luego, por mediación del personero de La Uribe, el abogado Ramiro Orjuela asumió su defensa. Uno a uno se cayeron los cargos. Veinte meses después, el 23 de diciembre de 1993, quedaron libres.

Cuando Gustavo Chavarriaga iba hacia la vereda El Paraíso se encontró con su esposa, María Inés Zamudio, quien iba de la mano de sus tres hijos mayores: John Jairo, de 7 años; Róbinson, de 5, y Ángela, de 7. La mujer había entregado fiada la parcela en la que vivía con tres de los siete hijos que tendría con Gustavo Chavarriaga. El hombre recuerda que cuando se encontraron, en la mitad del camino, se abrazaron y lloraron. Y recuerda que le dijo: “Mija, si no le han dado plata, vámonos a la casa que yo vengo a seguir trabajando”.

En 1995 comenzó su carrera como funcionario de la Alcaldía de La Uribe. Llegó como promotor de Juntas de Acción Comunal. Luego, cuando en abril de 2004 fue desplazado por la guerrilla, llegó a la casa amarilla en la calle primera con carrera once, al norte del pueblo de La Uribe (Meta), donde hoy está detenido de manera preventiva.

Fue al frente de esa misma casa, rodeada de árboles frutales y gallinas, donde en la mañana del 30 de agosto de 2014 lo detuvieron por supuestamente ser parte de la guerrilla. “Ese día nos cogieron a cinco campesinos, dos en las veredas y tres en el pueblo. Nos condujeron al batallón y nos sacaron en helicóptero a Granada, y allá amanecimos en un calabozo. El lunes en la mañana nos llevaron a la Fiscalía y por mi situación de discapacidad me dieron retención domiciliaria. Ya llevo casi dos años y hasta el momento no se me resuelve nada”, cuenta.

La Fiscalía le confirmó a este medio que en el proceso por el delito de rebelión contra Gustavo Chavarriaga se le acusa de integrar “el frente 40 de las Farc en La Uribe, haciendo parte de la Red de Finanzas”. Según un documento que el hombre le envió al juez que lleva su caso, la Fiscalía lo acusa de enviar medicamentos a ese frente, facilitarles cédulas de ciudadanía a sus integrantes, manejar maquinaria para construir vías bajo sus órdenes, llevar y recibir encomiendas y hacer seguimientos al Ejército para después rendir informes en los campamentos guerrilleros, todo entre 2008 y 2011.

Pero, argumentó Chavarriaga en ese documento, fue precisamente en 2009 cuando comenzó a sentir los primeros síntomas de la ceguera que se avecinaba. Además, dice, existen pruebas físicas y más de 40 testigos que aseguran que durante esos años el hombre seguía trabajando en la Secretaría de Desarrollo Social de la Alcaldía de La Uribe (Meta).

Gustavo Chavarriaga es un campesino ciego que vive en La Uribe (Meta) y que, asegura, es un falso positivo en una guerra que se ha extendido más allá de los campos y montañas. Una guerra que, incluso, se libra en los juzgados.

Por María Paula Rubiano

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