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11 Dec 2020 - 11:00 a. m.

La pandemia hizo más evidente el patriarcado en Colombia

Un análisis de cómo el confinamiento, a raíz de la Covid-19 se convirtió en caldo de cultivo para que se incrementaran los casos de violencia de género, al mismo tiempo logró que las brechas desiguales de poder entre hombres y mujeres crecieran exponencialmente.

Edna Castro*

Latinas marchan contra la violencia de género
Latinas marchan contra la violencia de género
Foto: Natalia Pedraza

*Directora del área de Derecho Penal, Universidad de San Buenaventura, sede Bogotá.

Los datos no mienten: desde el inicio del confinamiento los casos de violencia de género se han disparado. Según la Fiscalía General de la Nación, el feminicidio durante 2020, tuvo un aumento del 8.6 por ciento en comparación a 2019. De otra parte, la Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer reportó que, en el marco de la emergencia sanitaria, entre marzo y junio se recibieron 9.123 llamadas reportando violencia de género, el doble del promedio antes de la llegada al país del nuevo coronavirus. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos del Gobierno nacional para promover la denuncia y apoyar a las víctimas, las mujeres colombianas en medio de la cuarentena se han visto indefensas ya que no pueden escapar de este tipo de agresiones.

Pero ¿cómo es que esta alarmante situación no se vio venir, si se supone que todas las leyes que se han implementado para prevenir la violencia de género que, de acuerdo a Medicina Legal hoy deja más de 63.887 mujeres víctimas, 36.898 solo en el entorno familiar, parten de la base de que se tienen claras las dinámicas desiguales de poder entre hombres y mujeres, que se desarrollan especialmente en entornos como el hogar desde tiempos inmemoriales?

Y es que este tipo de conductas tan comunes en la mentalidad colectiva de las personas en general, parecen haber pasado por desapercibidas en el momento que el gobierno Nacional, en el marco de la cuarentena obligatoria, decidió encerrar a las familias en sus casas sin ningún lugar a donde “escapar” o mejor huir de esas actitudes de la sociedad patriarcal que han generado históricamente unas relaciones hostiles y abusivas que, incluso, se retratan de manera risible hoy en las redes sociales. Como, por ejemplo, cuando se hace circular un video típico “comedia” en el que aparece un hombre en delantal asumiendo tareas como la cocina, la limpieza o la crianza de los niños, que tradicionalmente han sido asignadas a la mujer; mientras que la esposa se encuentra sentada trabajando, dándole órdenes a su marido, haciendo lucir al “pobre hombre” notoriamente miserable. Muchos me gusta “like” y comentarios graciosos genera, pero deja ver la degradación de esta sociedad.

Este chiste de roles invertidos no tiene nada de nuevo; de hecho, recuerda los posters de principios del siglo XX que, en pleno auge del movimiento sufragista, retrataban imágenes similares, como la del hombre sintiéndose desgraciado limpiando la casa y cuidando a los hijos, mientras la mujer trabajaba o se sentaba tranquilamente a leer el periódico y a fumar una pipa. Imágenes que, aunque tienen más de 100 años de diferencia, transmiten mensajes similares, es decir “ellas están exigiendo y consiguiendo demasiada libertad, y si esto se sigue permitiendo, ellos (los hombres) terminarán siendo los oprimidos, entonces se hace necesario la mano dura”.

En las condiciones actuales, la mujer, al tener que hacer su trabajo desde casa para aportar económicamente al hogar, debe, adicionalmente, hacerse cargo de las tareas de la casa asignadas a ella por su rol de género, simplemente por ser mujer, como limpiar, hacer la comida, cuidar y atender a los hijos, y para el colmo también al marido, en una dinámica desigual del trabajo que muchas veces es combinada con el abuso sexual al que muchas de ellas están sometidas, día a día, al ser “obligación” complacer a su marido. Pero, sí, en este contexto, la mujer se cansa y dice ¡basta!, pero no hay a dónde escapar porque, para muchas de ellas, la historia eterna de sentirse en una cárcel en el propio hogar se convierte en una prisión literal, donde la agresión física, emocional y la muerte resultan inevitables.

Ninguna situación ha sido más evidente que el propio confinamiento, generado por la pandemia de la Covid-19, para comprobar que las tareas de repartición inequitativa del trabajo y los roles de género son el caldo de cultivo en la sociedad moderna que facilita que se genere una violencia desmedida contra la mujer por su condición de mujer, porque es precisamente cuando se desatienden estas tareas que aparecen los miedos, que no precisamente responden a la “pérdida” de los valores tradicionales de la familia, sino que se instalan en las masculinidades frágiles, en el temor a poner en tela de juicio la hombría, a dejar de ser el “macho” y comenzar a experimentar la misma opresión que las mujeres han sentido durante milenios.

Las ciencias jurídicas y especialmente el Derecho Penal, han trabajado permanentemente en la consagración normativa del principio de igualdad y no discriminación en el tema de género, tanto en el plano internacional como en el ordenamiento jurídico interno. No obstante, ni el aumento de leyes, ni el endurecimiento de las penas para prevenir y reprimir el delito de violencia contra la mujer; ni el fortalecimiento institucional, aumentando las comisarías de Familia y las unidades de fiscalía que persigan de manera efectiva el delito de este tipo de violencias; ni todas las campañas para visibilizar esta problemática, serán suficientes para detener este preocupante flagelo si no se entiende como un problema estructural y se ataca desde la etiología del delito, es decir, entendiendo su origen: los roles de género.

En otras palabras, este tipo de construcciones sociales se siguen implantando desde las propias familias, generación tras generación a los niños en edades tempranas, enseñándoles que “hay tareas de hombres y hay oficios de mujeres” y que al intercambiar esos roles los “varones” dejan de ser machos, pierden la masculinidad y su hombría.

En conclusión, si no se cambian ese tipo de conductas será imposible evitar la violencia contra la mujer, al no tomar conciencia del papel que ha jugado y siguen jugando los roles de género en la sociedad y la necesidad de transformar estas conductas estereotipadas por la cultura, que son aprehendidas y por lo tanto pueden modificarse.

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