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Las familias que resisten el cautiverio de policías y agentes del CTI en Arauca

El ELN volvió a desenfundar una de las prácticas más oscuras del conflicto armado: los llamados “juicios revolucionarios”. La decisión de “condenar” a cuatro secuestrados no solo revive una grave violación al Derecho Internacional Humanitario, sino que expone el deterioro de la paz total y el abandono que denuncian las familias de las víctimas.

Redacción Judicial

09 de mayo de 2026 - 09:00 p. m.
El ELN volvió a desenfundar una de las prácticas más oscuras del conflicto armado: los llamados “juicios revolucionarios”. La decisión de “condenar” a cuatro secuestrados no solo revive una grave violación al Derecho Internacional Humanitario, sino que expone el deterioro de la paz total y el abandono que denuncian las familias de las víctimas.
Foto: Archivo Particular
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El anuncio del ELN de someter a un “juicio revolucionario” a dos investigadores del CTI y a dos policías secuestrados en Arauca no solo profundizó la angustia de sus familias. También dejó al desnudo una señal de las tensiones y contradicciones que enfrenta la política de paz tota: el de una guerrilla que, mientras el Gobierno insistía en mantener abierta la puerta de los diálogos, decidió arrogarse funciones de juez sobre civiles y funcionarios del Estado.

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La escena es demoledora. Un grupo armado ilegal no solo secuestra, sino que además condena, impone penas y habla de “prisión revolucionaria” como si tuviera alguna legitimidad jurídica. Detrás de esa puesta en escena hay algo más grave: la consolidación de prácticas de control social y político incompatibles con cualquier negociación de paz seria.

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La práctica de los llamados “juicios revolucionarios” no es nueva en Colombia, pero sí resulta alarmante que resurja en medio de la apuesta de un Estado por insistir en el diálogo. Históricamente, distintas guerrillas usaron estos mecanismos para justificar secuestros, castigos internos y asesinatos políticos.

El M-19 sometió al líder sindical José Raquel Mercado a un “juicio revolucionario” antes de asesinarlo en 1976, bajo acusaciones de supuesta traición a la clase obrera. Esa lógica de suplantación de la justicia, reaparece ahora con el ELN y revive una de las páginas más oscuras del conflicto armado. No se trata únicamente de una estrategia ilegal o clandestina, sino de una grave violación del Derecho Internacional Humanitario.

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El trasfondo político de estas decisiones también inquieta. El endurecimiento del discurso del ELN ocurre en momentos en que esa guerrilla intenta recuperar margen de maniobra territorial y posicionarse frente al próximo ciclo electoral.

En otras palabras, el secuestro y los “juicios revolucionarios” vuelven a convertirse en instrumentos de presión y visibilidad política, como una fórmula criminal de imponer su autoridad sobre territorios y comunidades a través del miedo. En medio de esa confrontación, las familias quedaron atrapadas entre el silencio institucional y la incertidumbre. Los testimonios de las esposas, hermanas y familiares de los secuestrados revelan una sensación persistente de abandono estatal.

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“Basta del silencio. El silencio los vuelve cómplices”, reclamó Alejandra Sanabria, esposa del policía Franki Hoyos. Yariel Macualo, pareja del investigador Rodrigo López, aseguró que la preocupación diaria es saber si su esposo recibe los medicamentos que necesita. Y Yurley Pacheco, hermana del funcionario Antonio Pacheco, resumió el drama con una frase: “Lo más duro es despertar cada mañana con la misma pregunta: cuándo volverá”.

Detrás de cada uniforme hay familias fracturadas, niños creciendo sin sus padres y una guerra que vuelve a repetirse sobre civiles convertidos en fichas de presión política en un país que fue testigo durante décadas de una práctica criminal utilizada por guerrillas, narcotraficantes y paramilitares como herramienta de financiación, chantaje y acumulación de poder.

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Hoy, como hace unas décadas, son las familias las que resisten el cautiverio, insisten en el diálogos y se niegan a aceptar el secuestro como una consecuencia inevitable de la guerra. En momentos en que el ELN revive lenguajes y fórmulas del pasado, sus voces adquieren una dimensión urgente.

Detrás de cada “juicio revolucionario”, no hay ni causa política legítima: hay seres humanos privados de su libertad y familias luchando, otra vez, por recuperar a los suyos. Hoy son Alejandra Sanabria, Yariel Mancualo, Alejandra Pérez y Yurley Pacheco, hermanas y esposas, que no hablan como protagonistas de una negociación política, sino como familias rotas por el cautiverio que reclaman lo más elemental: que los devuelvan vivos y que la guerra deje de decidir sobre sus vidas.

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Alejandra Sanabria, esposa de Franque Hoyos

A mi esposo Franque quiero enviarle un mensaje de mucha fuerza. Estoy muy orgullosa de él. Esto solo es una piedrita en el camino, que ahorita es un dolor y una incertidumbre constante, pero en algún momento lo vamos a ver solo como algo que nos pasó, nos volvió fuertes y nos unió aún más para llegar hasta viejitos. Mi esposo ante mis ojos es el hombre perfecto. Él es un ser humano excepcional. Es un excelente papá. Él trata de estar en la medida que puede lo más presente posible para sus hijos. Quiero que no lo condenen simplemente por ser un policía. Él simplemente desde que ingresó a estas labores lo único que buscaba era una estabilidad para poder brindarle a su familia un futuro mejor.

Quiero pedirle al gobierno que por favor nos ayude y haga gestiones reales. Entendemos que el presidente tiene muchas cosas más importantes qué hacer, sin embargo, que haga las gestiones que mi esposo necesita y sus compañeros para que vuelvan a la libertad. No más abandono. Que hagan las gestiones. Basta del silencio. El silencio los vuelve cómplices. Cuando pienso en mi esposo, siento que lo extraño un montón. Estoy sin mi columna vertebral. Nosotros llevábamos muchos años intentando estar juntos y por fin lo logramos. Dios no lo puede quitar de mi camino ahora. Me acuerdo cada día de la primera vez que hablamos.

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Éramos vecinos. Teníamos apenas 16 años. En un fin de año, iba a descansar a la casa con mi hermana, cuando la que es ahora mi suegra nos abordó y nos invitó a entrar a la fiesta. Cuando entré fue como una película. Lo primero que vi en medio de la sala fue a Franque. Me invitó a bailar y ahí fue la primera vez que hablamos. Luego me dio un beso en la mejilla. Desde ahí, aunque nos hemos alejado algunas veces, no nos hemos podido deshacer el uno del otro, y así seguirá.

Yariel Macualo, esposa de Rodrigo López

Este es un mensaje de fe y esperanza para mi esposo. Rodrigo, amor, espero confiando en Dios que estés lleno de fortaleza, fe y esperanza en volver a ser libre. Por ti, por tus hijos, familia, hermanos, y tus padres, quienes tanto anhelan tu regreso. Quiero que el país sepa que, aparte de ser funcionario de la Fiscalía, Rodrigo es un gran hombre, esposo, padre, hijo, amigo, hermano. Nadie merece estar privado de su libertad y menos estar condenado al tiempo que el Eln ha manifestado que debe pagar, solo por ser un ciudadano de bien y servidor público. Al gobierno el mensaje es más que claro. Necesitamos que se sienten en la mesa de diálogo y lleguen a un acuerdo para la pronta y urgente liberación de nuestro ser amado y de todos los colombianos que están hoy en esta situación. Lo primero que pienso es en que le estén suministrando su medicamento. Es lo primero que se me viene a la mente.

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Alejandra Pérez, hermana de Yordyn Pérez

Mi hermano es mi mejor amigo. Quiero mandarle un gran saludo. Donde sea que esté, si está viendo, escuchando, tal vez leyendo esto, quiero que sepa que estamos haciendo todo para su pronta liberación. Estamos luchando y hablando con las personas necesarias para que se agilice su regreso. Quiero decirle que no pierda la esperanza, ni su ánimo, porque lo hemos visto muy decaído en los últimos videos. Que sepa que seguimos acá en frente. Estamos peleando para que pronto esté con nosotros. Quiero que el país sepa que mi hermano es una persona muy íntegra y digna. Además no tendría por qué estar en cautiverio. Él siempre ha estado trabajando. Es una muy buena persona.

Mi hermano se preocupa por su hija. En todos los videos él siempre ha estado pendiente de su hija y su familia. Quiero pedirle al gobierno que se manifieste. Solo nos han dicho que esperemos y esperemos. Necesitamos que estén haciendo algo porque esa pena es totalmente injusta cuando el gobierno tiene la solución en las manos. Necesitamos que hablen con nosotros, nos digan qué está pasando. Mi hermano para mí es el ideal de construcción y trabajo. Él me inspira a trabajar. Es mi polo a tierra. Él siempre estuvo conmigo. Lo amo.

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Yurley Pacheco, hermana de Jesús Antonio Pacheco

Durante este último año he aprendido a vivir con una ausencia que pesa todos los días. Mi hermano, Jesús Antonio Pacheco, lleva 365 días retenido y yo quisiera que Colombia supiera quién es realmente él. Antes que cualquier titular, es un padre presente, un esposo dedicado y un hermano que siempre estuvo ahí cuando lo necesité. De los cuatro hermanos que éramos, él es el único que me queda con vida. Por eso sueño todos los días con volverlo a abrazar.

Para mí, Jesús Antonio es un hombre noble, trabajador y valiente. Siento que su único “pecado” fue servirle durante 24 años a este país. Lo hizo con disciplina y compromiso, pero hoy sentimos que el Estado lo dejó solo. Lo más duro es el silencio y despertar cada mañana con la misma pregunta: cuándo volverá. Pienso mucho en los recuerdos que tenemos juntos. El que más guardo ocurrió hace diez años, el día en que me gradué como profesional. Nuestra mamá ya había fallecido y mi papá no estaba en Arauca. La persona que estuvo conmigo fue él. Así era siempre: presente. También recuerdo los fines de semana en un lote familiar donde nos reuníamos a cocinar, jugar y compartir. A él nunca le gustó el licor ni las fiestas; disfrutaba simplemente estar con su familia.

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Sus hijos también lo extrañan. Tiene dos jóvenes en la universidad y un niño pequeño que está a punto de cumplir siete años. Será su segundo cumpleaños lejos de su papá. Lo más duro es escucharlo preguntar: “¿Cuándo vuelve mi papá?”. Es un niño inocente, ajeno a la guerra. Yo solo espero el día del reencuentro. Ese abrazo que quedó suspendido hace un año. Y si pudiera enviarle hoy un mensaje a mi hermano, le diría esto: “Toño, si me estás escuchando, resiste. Usted es un hombre fuerte y valiente. Somos hijos de una mujer guerrera y por nuestras venas corre su sangre. No se despegue de Dios, porque pronto llegará el día de su liberación. Aquí seguimos esperándolo”.

Para conocer más sobre justicia, seguridad y derechos humanos, visite la sección Judicial de El Espectador.

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