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6 Nov 2015 - 3:28 a. m.

Las torturas del holocausto, en primera persona

“Noticias Caracol” entrevistó a Yolanda Santodomingo. Su escalofriante testimonio revela el martirio que sufrió tras la retoma del Palacio de Justicia.

Juan David Laverde Palma

El relato de Yolanda Santodomingo es tan crudo y descarnado que ningún artículo sobre ella le haría justicia, a no ser que estuviera escrito en primera persona. Y así se hizo. Esta es su constancia de lo que pasó tres décadas después del holocausto del Palacio de Justicia.

“Seis de noviembre de 1985. Era una mañana muy bonita. Tenía clase de criminología en el Externado. Estaba en cuarto año de derecho. Como iba para la Corte Suprema, me vestí de falda de paño, chaqueta de paño color azul turquí, camisa de seda. Hago especial atención a la ropa porque en la Casa del Florero me decían “¿dónde te cambiaste?”. Y yo me cambié en mi casa a las 5 de la mañana.

En el Palacio entramos primero a averiguar el trabajo de Eduardo Matson, mi compañero en la universidad. Yo sufría de cistitis y estaba buscando un baño. La entrada de la cafetería del Palacio de Justicia no tenía puertas y yo alcancé a entrar a buscar el baño cuando sentí el estruendo más grande. Al voltear Eduardo estaba mirando al fondo de la cafetería. Luego vi una mujer con un vestido de sastre azul apuntando con un arma. Vociferaba. Desde ese momento, Eduardo fue mi ángel de la guardia. Si no fuera por él no estaría contando esta historia.

Subimos las escaleras y nos tiramos ahí al pie de la baranda de madera. Ahí llegó una voz de hombre. De ahí en adelante solo había voces porque yo estaba contra el piso. Eduardo me pedía que me echara el pelo en la cara. Un minuto allí podía ser un siglo, pero era un siglo de tiros, de humo. Estando allí se acercó alguien herido y me dijo: “Joven, présteme primeros auxilios”. El señor estaba botando sangre. Nos corrimos porque había francotiradores. En ese momento empecé a orinarme. Entonces era sangre con orín. Se sentían voces por todos lados, de hombres, de mujeres... Gritaban “¡por Colombia!”, pero nadie podía creer aquello. Después vinieron muchos tiros, mucho humo.

La persona herida no la vi más. Ahí se pierde el control de esfínteres. Estando allí, tirados al pie de unas escaleras, sentimos que entró el tanque del Ejército, casi debajo de nosotros. Soy católica, apostólica e italosamaria, mi fe no tiene fronteras ni punto final. Con Eduardo rezábamos todo el tiempo. El Palacio nos dividió la vida en dos. Cualquier tristeza posterior era normal. Escuchamos a lo lejos la radio, las voces de Yamid Amat y Juan Gossaín.

Eduardo me dijo: “Tranquila, no te preocupes, ya entró el Ejército, ya nos van a rescatar”. Aparecieron dos hombres. Nos dijeron: “Arrástrense hacia nosotros” y eso hicimos. Llegamos a una oficina del segundo piso. Era el Ejército. Había uno de camuflado y otro de civil. Había mucha gente allí. Luego nos condujeron al primer piso. Había gente del Ejército ayudándonos a bajar a todos. Yo tenía la falda muy mojada, pesaba mucho, mis zapatos se habían quedado. Cuando me arrastré por los vidrios, unos vidriecitos se me incrustaron en las pantorrillas, había un poquito de sangre en mis piernas. Ya en el primer piso, antes de salir, entró alguien y dijo: “Esos tres son especiales”. Éramos Eduardo Matson, un señor de Legis y yo.

Un minuto dentro del Palacio podía ser un año. Estaba petrificada del susto. Desde entonces cada vez que veo un arma me da miedo. Cuando iba saliendo, un señor me tomó por el cabello y me decía: “Perra guerrillera, te voy a matar, corre pa dispararte. Hay unos francotiradores que te van a disparar”. Nos llevaron a la Casa del Florero, nos pusieron en cuclillas, nos señalaban, nos pegaban con las botas, nos pegaban los hombres de civil, nos pegaban los uniformados, nos pegaban unos de negro… ¡Todo el que se acercaba nos podía pegar! No entendía nada, para mí lo que había dicho el señor cruzando la Séptima había sido una equivocación de él. Mi cartera la había dejado en el Palacio y cuando estaba en la Casa del Florero me la entregaron. Pensé: “Ya me van a liberar”. Bah. Me sentaron de una patada. A Eduardo le estaban dando duro. Ahí empezaron los interrogatorios. Al señor de Legis llegó una señora que lo reconoció y se fue. A Eduardo se lo llevaron a otra parte. Pensé que lo habían soltado.

Me llenaron de preguntas: que dónde vivía, que dónde me cambié, que por qué me metí a la guerrilla, que por qué iba de paño, que por qué había participado en la toma de la embajada. “Qué te pasa –les dije–, yo soy una estudiante, en la toma de la embajada yo hacía quinto de bachillerato en el colegio”. Después me sacaron de allí. Entonces llegó un hombre de civil con mi cédula y me dijo: “Yolanda, transemos”. Ya había oscurecido. Se sintió un cañonazo. Hacía mucho frío, yo estaba muy mojada. Luego me montaron en una camioneta y mi sorpresa fue enorme cuando montaron también a Eduardo. Ahí no entendí nada.

Nos llevaron a la Sijín. Allí, en medio de un pocotón de policías, nos sentaron en una mesa. Nos hicieron extender las manos y nos echaron parafina, la vela derretida, gota a gota. Fue una tortura intimidante, degradante, no se podía mirar a nadie a la cara. Nos tomaron fotos y luego nos llevaron a un salón. Prendieron un televisor y estaban transmitiendo el partido de fútbol entre Millonarios y el Unión Magdalena. Entonces pensé: “¡Mi vida se está definiendo aquí!”.

Alguien entró y le dijo a ese capitán que la prueba había salido negativa, que nosotros no habíamos disparado arma alguna. Y el señor dijo: “No importa”. Nos montaron otra vez a la camioneta y salimos hacia el sur. Después me enteré de que era el Batallón Charry Solano. Si lo que habíamos vivido hasta entonces había sido la degradación, la indignidad, la miserableza más grande, lo que pasó de ahí en adelante eso sí que no tiene sentido. Por eso no hay quien pueda resarcir eso, mi inocencia, mi alegría, no hay reparación posible.

Montados en la camioneta me vendaron los ojos, prendieron algo, olía como eucalipto, estaba casi asfixiada con ese humo. Pidieron unas tijeras para cortarme el cabello. Ya en ese momento había perdido cualquier contacto con la realidad. Les dije: “Tranquilos, yo no quiero ver quiénes son ustedes”. Luego me sacaron, me llevaron por un camino, había una quebrada, era agua corriendo, y me dijeron: “Después de que te matemos te vamos a tirar ahí, desnuda”.

Más adelante había unas escaleras y me tropezaba en ellas. Me dio rabia. Les dije: “Avísenme cuando vengan los escalones, si ya me van a matar”. Me dolía mucho todo ya. Enseguida me metieron a un cuarto, me esposaron a una cama los dos brazos. En ese momento dije: “Yo nunca pensé que el preámbulo de mi muerte iba a ser así”. Y uno de ellos me dijo: “¡Y pa remate preñada!”. Fue horrible.

Al rato entraron y me dijeron: “Yolanda, mil disculpas, aquí no ha pasado nada. Recuerda siempre, estuviste retenida, no detenida. Mañana por favor ve al Cantón Norte y pregunta por el señor Sánchez Rubiano y reclama tus papeles”. Salí de allá vendada. Nunca me quise quitar la venda. Nos sacaron a Eduardo y a mí en un carro. Nos llevaron a la décima. Nos recogió un taxi, un yuquero. Cuando llegué a casa no teníamos plata para pagar el taxi. Me prestaron una plata que todavía debo. Esa pesadilla acabó a las 2 de la madrugada.

De inmediato llamé a todos mis familiares. Esa madrugada dormí un rato en el cuarto de otras compañeras. Pero no pude conciliar el sueño en la cama. Tenía que dormir en el piso, al pie de una cama, para que me protegiera de las balas. El estado nervioso en el que quedé fue terrible. De ahí en adelante alguien me tenía que acompañar para salir a la calle. Mis hermanos y mis amigos se turnaban, porque cada uno seguía en su vida. Yo no entendía cómo seguía la vida. Para mí todo había quedado paralizado, con la dignidad hecha pedazos. Tuve tratamiento con hipnosis y eso logró menguar el dolor. Años después, otra vez en el Palacio de Justicia, estaba averiguando un proceso y de pronto veo un soldado con cámara antigás y con un rifle. Me tiré al suelo y empecé a gritar: “Se están tomando esto”. Una secretaria me corrigió: “Cálmese, señora, esto es un simulacro”. Qué vergüenza.

¿Qué cuál fue el momento más crítico de esas 14 horas? ¡Todos! Y cada 6 de noviembre es duro. Es duro saber lo que uno pudo ser y no fue. ¿Dónde podría estar yo ahora?

Al día siguiente, el 7 de noviembre de 1985, cuando fuimos por los papeles al Cantón Norte, no nos recibieron. Le hicimos firmar a un soldado un documento de que habíamos ido. Con el papá de Eduardo fuimos al Ministerio de Defensa y nos atendieron el general Vega Uribe y otros militares. Yo no sé quién estaba, porque yo solo lloraba, no tenía tiempo para nada más. Lloraba, lloraba, lloraba. Nunca paré de llorar. Del Palacio salimos vivos porque Dios así lo quiso y porque puso ángeles para que eso sucediera.

Recuerdo que por esos días iba en una buseta y escuché una noticia en donde hablaban de mí y de Eduardo. Me sorprendió, porque como habían puesto un partido de fútbol la noche anterior, yo pensé: “A la gente no le interesó lo que vivimos”. En diciembre de ese año declaré en la Procuraduría. Solo el perdón limpia el dolor. Pero yo no puedo perdonar a mi agresor si él no deja de agredirme.

¿Que qué les diría a esos fantasmas que no quise ver, a esos hombres que me torturaron? Que me dañaron la vida. Que tenía un proyecto de vida tan hermoso, ese día había conseguido trabajo en el Tribunal Contencioso Administrativo, mi vida hoy sería otra, tenía tanto ímpetu. Les diría que era tan alegre, tan amiguera, tan fresca y que me volví triste, temerosa, prevenida, me daba vergüenza que supieran que era la del Palacio. Es un estigma.

Cuando fuimos con mi papá, en enero de 1986, a retirar los papeles para venirme a seguir mis estudios en la Costa, doña Ruby, la secretaria de la facultad, le dijo a mi papá que por qué me llevaba, si yo estaba a un año de terminar la carrera, que tenía muy buenas notas y que estaba segura de que podía presentar los exámenes supletorios para graduarme. Ahí pensé: es lo único que no me quitaron. Por eso terminé derecho en el Externado.

Celebro que la Fiscalía esté investigando el tema de las torturas. Por el bienestar y la paz de todas las personas que fuimos afectadas, espero que algún día sepamos la verdad del holocausto. Para que los afectados podamos darle un final a ello, y para que Colombia entienda que este tipo de situaciones no se pueden repetir. Hace falta mucha investigación. Si bien es cierto que yo todo el tiempo estuve vendada en el Charry Solano, recuerdo cada minuto allí porque fue eterno. ¿Qué me duele? Todas las víctimas. Eso me cambió la vida. Le cogí miedo a la noche. Cada vez que veo un arma, me da pánico. Recuerdo que el 31 de diciembre de 1985 lo pasé debajo de la cama de mis papás, porque escuchaba tiros al aire, algo que ocurre con mucha frecuencia en la Costa.

El holocausto del Palacio de Justicia fue, es y será lo que marcó la historia en este país. ¿Por qué? Vi derrumbarse uno de los tres poderes de nuestro país, vi cómo cayeron muchos de mis profesores, vi cómo ese templo fue devastado por la inconsciencia.

Juan, confío en Dios en que esta entrevista contribuya para el conocimiento de estos hechos, para las generaciones futuras y para que estos hechos no vuelvan a suceder, para la dignificación de todas las víctimas que estuvimos allí. Eduardo Matson y Yolanda Santodomingo somos la muestra palpable de que en Colombia existen desaparecidos y desaparecedores, tal como dijo Mario Madrid-Malo”.

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