A las cinco de la mañana del 26 de junio, con fuegos artificiales, panderetas y el carro de bomberos, levantaron al pueblo de Granada. Eran las víctimas de la violencia en el departamento del Meta, quienes, en conjunto con la Defensoría del Pueblo, invitaban a la comunidad a la cuarta reunión de ‘Narrativas visibles’, el proyecto que se está llevando a cabo para rescatar los recuerdos o las memorias perdidas que el silencio de la guerra no ha permitido contar.
La iniciativa del defensor regional del departamento, Eduardo González, empezó por medio de unos talleres literarios que buscaban que las víctimas escribieran su historia, “para que no se sometieran al olvido colombiano”, cuenta el Defensor, quien explica que el propósito es “descubrir la verdad no oficial, la que no se encuentra retenida en la Unidad de Justicia y Paz”. Así, se fueron tejiendo varias reuniones en los municipios de San Martín, Puerto López, Puerto Gaitán y Granada, en donde 96 testigos de la guerra decidieron recorrer de nuevo su tragedia. Ésa, que en algún punto, destruyó la vida como la conocían.
Entre esas historias se encuentra la de Marina González, una mujer casi en sus cuarenta años, de carácter fuerte, sin preludios al hablar ni contar el drama que tuvo que vivir cuando los paramilitares se llevaron a su marido, Guillermo León Samora. “Ellos demandaban una vacuna de parte de nosotros cada seis meses. Luego mi esposo se cansó de darles plata y el día que vinieron a reclamarla y no se las dio, lo secuestraron”. Una vacuna, casi un impuesto a la vida, es la realidad de muchos de los pobladores de Granada.
Sin embargo, la hija de Marina, afanada por no saber a ciencia cierta qué había sido del destino de su padre, se marchó de su casa a la población de San Martín para buscar al culpable. “Allí habló con Jorge Pirata, el jefe del Bloque Calima”, cuenta la mujer, “´él le dijo: qué pena madre, ya no hay nada que hacer, a su papá lo matamos”. El dolor se mitigó un poco cuando, en un acto mínimo de decencia, los paramilitares devolvieron el cuerpo de León Samora. No obstante, nada recompondría completamente a la familia: la muerte había sido perpetrada y el temor crecía para la viuda, por el destino de sus hijos, de ella misma, de sus conocidos en general.
El proyecto de la Defensoría, además de plasmar en un diario las historias de la guerra en el país, intenta reforzar el apoyo entre los pueblos por medio de una galería fotográfica en la que cada familia expone al ser que perdió. Ésta exposición visual, la entrada de una marcha que termina en la Plaza Central, es donde las personas recuerdan el número de muertos y desaparecidos que lleva el municipio: un conteo interminable de sufrimiento.
El recorrido de la marcha es trazado por las mismas víctimas. Es el momento en que caminan entre los escombros de los crímenes perpetrados o pasan por la calle donde vieron, por última vez, a sus seres amados. Su terminación marca la comunión para que los testimonios de los personajes involucrados en la interminable guerra colombiana salgan a flote. Ahí las historias se comparten y el dolor se vuelve un sentimiento universal.
Lo dicho no queda en el viento. El psicólogo de la Defensoría en Villavicencio, Wilson Chavarro, preocupado por no dejar de lado lo relatado en las vigilias, se ha encargado de recopilar las historias de cada una de las víctimas en tomos de una obra que ha titulado Memoria histórica. Hasta ahora, su primera edición, sacada en septiembre del año pasado, ya fue reconocida por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania.
Hoy, el proyecto ‘Narrativas visibles’, además de ser una realidad para las personas que viven la guerra en el Meta, empieza a ser una oportunidad para las personas que residen en el Guaviare. “La idea es que los colombianos que han sido testigos de la guerra tengan la oportunidad de contar lo que por años se ha guardado”, comenta González, “que tengan el chance de ir relatando, sin miedo ni presión, los amargos episodios a los que se han tenido que someter por la violencia en nuestro país”.