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Adriana Aranda Cely mantenía entre sus cosas un recorte de periódico. Era el recordatorio en letras de imprenta de que su hermana, Rosa Elvira Cely, había perdido la vida de la manera más canalla, a manos de un hombre que decía ser su amigo pero que en la madrugada del 24 de mayo pasado la había ultrajado hasta aniquilar cualquier posibilidad de que sobreviviera. Era un recorte no apto para Juliana, la huérfana de Rosa Elvira, una pequeña de 12 años a quien su familia sí planeaba contarle lo que había pasado, pero con pausa. Ese fue el recorte con el que la niña resultó enterándose de cómo fue asesinada su madre.
“Toda esa semana la vimos con rabia, de muy mal genio, peleaba por lo que fuera, tenía como ira con la vida. Y cómo no. Nos dimos cuenta porque encontramos el pedazo de periódico en su maleta. Yo me senté a hablar con ella, le pedí que entendiera que no quería mentirle pero sí protegerla”, cuenta Adriana. “Menos mal ella está en tratamiento psicológico”, agrega. “Lo estamos todos, gracias al doctor Abelardo (de la Espriella). Ellos son los únicos que nos han brindado ese tipo de ayudas”.
Adriana fue la única de la familia Cely que se sintió capaz de ir hace dos días a los juzgados de Paloquemao a la audiencia que se había programado en el proceso que se sigue en contra de Javier Velasco Valenzuela. En primera fila, presenció la primera vez que éste aceptaba los cargos en su contra. “No me lo esperaba. El defensor nuevamente pedía que aplazaran la audiencia, decía que no había llegado la documentación de un nuevo examen psiquiátrico que habían pedido, pero la jueza le dijo que ya se le había dado el tiempo prudencial. Entonces solicitó un receso para hablar con su defendido y de un momento a otro aceptó cargos”, recuerda Adriana. Velasco sólo habló una vez en la audiencia, para manifestar que se declaraba culpable de los delitos de homicidio agravado, tortura y abuso sexual.
Ayer, justamente, se cumplían seis meses desde que Rosa Elvira falleció en la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital Santa Clara de Bogotá. Adriana, su madre María Aurora, el esposo de ésta y Juliana fueron a visitarla al cementerio. “Mi mamá estaba muy triste —señala Adriana—. Es que estos han sido los meses más duros de nuestras vidas, y conocer que a ese hombre le van a reducir el 30% de la pena sólo porque aceptó el crimen, nos pone más tristes aún. Nosotros somos las víctimas, ¿dónde están nuestros beneficios? Lo que más nos interesa es, ¿dónde están los beneficios para Juliana?
La niña y su abuela viven en la misma pensión donde vivían con Rosa Elvira, pero eso es lo único que se parece al pasado. La salud de doña María Aurora Cely se deteriora minuto a minuto y ya no tiene ingresos porque, dice su hija, no está en capacidad física ni emocional de esforzarse. Cuidaba niños, ese era su trabajo. Juliana sigue estudiando en el mismo colegio en el que la matriculó su madre, pero con una abuela que no puede trabajar y una tía enferma y a quien ninguna empresa ha querido emplear, su futuro está empañado. El colegio le había dado media beca para que continuara allí luego del asesinato de Rosa Elvira, “pero nos dejaron muy claro que la ayuda era sólo durante 2012”.
Adriana Aranda se reunió con la primera dama, María Clemencia Rodríguez, hace unos cuatro meses. Fue una cosa casual. Adriana se reunió con Cristina Plazas, alta consejera presidencial para la mujer, y al encuentro llegó la esposa del presidente Santos. “Ella me dijo que si Pirry ya había recogido fondos para Juliana y mi mamá para qué más, que de pronto eso se prestaba para que fueran terceros y no nosotros los beneficiados. Le hablé del colegio de Juliana y ella me respondió que la educación es gratuita. Que me perdone la primera dama, pero mi hermana iba a un colegio distrital y mire lo que pasó. Mi sobrina se merece una vida diferente”.
Desde que Velasco Valenzuela fue capturado, Adriana y su madre han señalado que esperan una máxima condena para él. Ahora que saben que su sentencia se verá reducida por haber aceptado cargos antes de irse a juicio, esperan que por lo menos algún representante del Estado se pronuncie a su favor. “Que alguien, alguien, un político, no sé quién, pero que alguien se manifieste a nombre nuestro. Nosotros no queremos plata, pero yo sí quiero que mi mamá y Juliana tengan una casa. Hay un movimiento de artistas que quieren hacer un concierto para ayudarnos, ojalá el Gobierno nos ayude con logística. No pedimos plata, lo que pedimos es apoyo. No más”, concluye Adriana.