Trilingüe, miembro de la Legión Extranjera de Francia, voluntario del proyecto Cascos Blancos de Naciones Unidas, ex cadete, paracaidista, buceador, director de cine, novelista en ciernes, periodista, fotógrafo. A los 27 años, este era el compendio de la vida vertiginosa del argentino Federico José Bruno cuando fue muerto en medio de un presunto combate entre el Ejército colombiano y el Ejército de Liberación Nacional (Eln), grupo guerrillero con el cual convivía para rodar una película sobre el conflicto.
Ocurrió hace diez años, el 4 de septiembre de 1998 en Tona, Santander. Ante las recurrentes evasivas del Gobierno y de los militares colombianos para esclarecer el episodio, apenas ahora fue denunciado a este diario por la familia Bruno a raíz de que El Espectador desempolvó en marzo el caso en la investigación “¿De turismo con la guerrilla?”.
Tras la historia del argentino hay movimientos de derechos humanos tan importantes como las Madres de la Plaza de Mayo –de quienes Bruno hizo un documental– y ahora exigen respuesta a muchos interrogantes.
La obsesión de Federico Bruno eran las guerras. Había hecho un cortometraje sobre los combatientes argentinos en las islas Malvinas y otro sobre los antropólogos que reconstruyeron los últimos días del Che Guevara en Bolivia. Amante de la literatura, veía su vida reflejada en un poema de Jorge Luis Borges que cuenta la historia de un muchacho campesino que fue enviado a aquel frente de batalla contra los ingleses. Bruno había nacido en el pueblo de Zárate y la Milonga del muerto era su “oración personal”.
Un día reunió a su familia y le anunció: “Me voy al peor lugar del mundo”. Llegó a Bogotá el 28 de junio de 1997 con el propósito de “hacer la primera película sobre la última guerrilla de América”. Hizo contacto con Manuel Pérez, ‘El Cura’ español que comandaba este grupo insurgente y recibió autorización para viajar al nororiente del país. Sin embargo, el sacerdote falleció y las semanas de contactos se convirtieron en meses trabajando como recolector de café en Norte de Santander, a la espera de la renovación del permiso. Finalmente fue autorizado por Nicolás Rodríguez y Antonio García, los actuales comandantes del Eln, para instalarse con uno de los anillos de seguridad del Comando Central.
Alcanzó a avisar a su camarógrafo, Ariel del Río, que se alistara para viajar a Colombia, pero sucedió el enfrentamiento del que existen dos pruebas contradictorias. Una es su cámara fotográfica, de la que se dijo contenía un rollo de 24 imágenes de las cuales había tomado 13. La otra es, según el Ejército, su arma de dotación, un fusil con el que posó en compañía de otros guerrilleros. ¿Estaba obturando la cámara o disparando el fusil?
La familia Bruno basa sus dudas en los dictámenes forenses que le realizaron al cadáver en Argentina. La médica legista del Equipo de Abogados de la Asociación Madres de Plaza de Mayo concluyó que Federico recibió ocho impactos de arma de fuego, hechos desde atrás y por el costado derecho, que le alcanzaron la cabeza y las costillas. Otros en las piernas sugieren huida. Dos más una posible indefensión, uno en una mano, entrando por el dorso y saliendo por la palma, y otro en la planta de un pie.
La conclusión de la experta fue que estaba descalzo y que es cuestionable un combate: “Todos los disparos fueron realizados desde una distancia no mayor a 1,5 metros, y desde detrás del cuerpo”. La familia insiste: “La posición de los disparos hace presumir que, o bien se encontraba corriendo, escapando de la agresión, o fue ejecutado mientras se encontraba arrodillado y con los brazos en alto a la altura de la nuca”.
El Juzgado Federal 2 solicitó infructuosamente al Gobierno y al Ejército colombianos que investigaran el caso y que devolvieran las pertenencias de Bruno, pues en sus cartas no sólo hablaba de su archivo fotográfico sino de una novela a partir de un diario escrito desde que llegó a Colombia.
José A. Bruno, el padre, Azucena Semería, la madre, y Daniela, la hermana, acudieron al entonces presidente Andrés Pastrana a través de una carta en la que denunciaron que no se trataba de un guerrillero. “Después de una importante formación en el ámbito militar, nuestro hijo le dijo adiós a las armas. En ese momento, reemplazó el fusil por una máquina fotográfica”. Les respondió Jaime Arrubla, secretario jurídico de Pastrana, diciendo que le dio traslado de la petición a la Secretaría General del Ministerio de Defensa Nacional, donde nunca resolvieron las peticiones.
Ante Pastrana insistió el Comité Cristiano de Solidaridad con América Latina, que le advirtió: “Obran en nuestro poder pruebas contrastadas, de que Federico fue asesinado en la selva colombiana, por miembros del Ejército colombiano. Más concretamente por miembros de la Comandancia Militar de la V Brigada a cuyo mando está el General Fernando Millán”. Tampoco ocurrió nada.
El propio general Millán, siendo director de la Escuela Superior de Guerra –su último cargo dentro del Ejército antes de ser llamado al retiro–, le respondió una carta a la familia Bruno. Su versión fue: “No me corresponde calificar la labor que su hijo cumplía desde varios meses antes del enfrentamiento conviviendo con el grupo de guerrilleros, pero sí estoy en capacidad de afirmar que murió combatiendo a las tropas del Ejército colombiano, como lo atestiguan el uniforme que portaba y el arma que lo acompañó finalmente al destino que él mismo buscó, en abundante registro fotográfico, escenas en las cuales aparece su hijo luciendo uniformes de las Fuerzas Armadas de Colombia y armas de uso privativo de ellas, así como insignias del llamado Eln en varios campamentos guerrilleros”.
Según Millán, la investigación y los materiales de Bruno, incluidas “las fotografías tomadas de su hijo, siempre en actitud guerrerista”, fueron entregados al Juzgado 109 de Instrucción Penal Militar y a él le resultaba “imposible acceder a su petición de colaborar en la recuperación de sus pertenencias”. Acudieron al juzgado y no tuvieron éxito como tampoco lo ha tenido El Espectador al averiguar en el Ejército y ante el Eln por este caso.
José Bruno, el padre y experto en energía nuclear, asegura que “Federico salió con 80 rollos y cuando al mes llamó se le habían acabado. Es decir, que el material por recuperar es grande”.
De parte del Eln tampoco hubo consideración. Primero la “Delegación en Europa” les envió una comunicación en la que se comprometieron a “hacer todo lo posible por poner en sus manos lo que logremos recoger del material periodístico de su hijo”. No cumplieron, a pesar de que el vocero internacional conocido como Milton Hernández estuvo en Argentina y, según la familia, intentó que el documental sobre el Eln se realizara. Daniela, hermana del argentino, también periodista y quien vino a Colombia a reconocer su cadáver, rechazó de plano la sugerencia.
Más luces sobre sus últimos días de vida les arrojaron las familias campesinas que conocieron y le dieron posada a Bruno en Norte de Santander durante siete meses. Sus 1,80 de estatura, cabello rubio y ojos azules impactaron en la región. Él
aprendió a ser agricultor y a cambio les enseñó astronomía. Otra carta reveladora es la que les escribió el padre de una guerrillera, contándoles la historia de amor de su hija con “el periodista argentino”.
Padre y madre hablaron con El Espectador como último recurso de reclamo ante las autoridades colombianas, antes de acudir a instancias internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la Corte Penal Internacional. Aunque admiten que, para algunos, su reclamo pueda resultar absurdo en medio de tanta barbarie que se registra a diario en Colombia.
“Quien mira las fotos puede llegar a pensar que él tenía algún compromiso con el Eln, pero sabemos que los colombianos no son ingenuos, que pueden entender que se trataba de un humanista que sabía que su trabajo justificaba hasta su propia muerte”, dice Azucena Semería, la filósofa que se apresta a escribir un libro sobre su hijo, pero que no quiere terminarlo sin incluir sus últimas fotos y reflexiones. Para reivindicar, como reza el poema de Borges, que para la familia de Federico Bruno Su muerte fue una secreta victoria.
El poema de Borges sobre Las Malvinas
En su último libro, Los Conjurados (1985), Jorge Luis Borges escribió estos versos, en referencia tácita a la Guerra de Las Malvinas de 1982.
Milonga del muerto
Lo he soñado en esta casa/ entre paredes y puertas./ Dios les permite a los hombres/ soñar cosas que son ciertas./ Lo he soñado mar afuera/ en unas islas glaciales./ Que nos digan lo demás/ la tumba y los hospitales./ Una de tantas provincias del interior fue su tierra./ (No conviene que se sepa que muere gente en la guerra)./ Lo sacaron del cuartel,/ le pusieron en las manos las armas y lo mandaron/ a morir con sus hermanos./ Se obró con suma prudencia,/ se habló de un modo prolijo./ Les entregaron a un tiempo/ el rifle y el crucifijo./ Oyó las vanas arengas/ de los vanos generales./ Vio lo que nunca había visto,/ la sangre en los arenales./ Oyó vivas y oyó mueras,/ oyó el clamor de la gente./ Él sólo quería saber/ si era o si no era valiente./ Lo supo en aquel momento/ en que le entraba la herida./ Se dijo “No tuve miedo”/ cuando lo dejó la vida./ Su muerte fue una secreta victoria./ Nadie se asombre/ de que me dé envidia y pena/ el destino de aquel hombre.
Las cartas del aventurero que quería volver
17 de septiembre de 1997: “Luego de varios meses de arduo trabajo me he ganado algo que es muy difícil de conseguir: la confianza y simpatía de los dos grandes grupos guerrilleros de Latinoamérica (las Farc y el Eln). Estoy teniendo diálogo con representantes de los dos movimientos. Ellos ya han aceptado mi propuesta de ingresar a uno de los grupos y realizar una crónica fotográfica sobre las vidas, las experiencias y las vivencias de un grupo guerrillero en los 90”.
Fax del 19 de julio de 1998: “Al camarógrafo le estaré enviando un fax en estas semanas. Lo del documental está aprobado. Por ahora le puedo adelantar que lo estaré llamando en el término de un mes más o menos, y el tiempo que durará el trabajo está estimado en tres meses, terminado esto los dos volvemos a casa”.
Otras frases: “Quiero ser el mejor corresponsal y documentalista de guerra”. “Este país es un infierno, pero me siento como en el cielo…. estoy trabajando mucho en fotografía, computación y cartografía. He logrado una relación increíble con los primos”.