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Édgar Santander Paz Morales, el hombre que el miércoles pasado amenazó con hacer explotar una granada en la sede de un fondo de pensiones y cesantías en el centro de Bogotá, es el menor de los tres hijos que tuvo el sargento Paz, un agente de la Policía que trabajó en la institución por más de 40 años: “Se murió con el uniforme puesto”, dijo Alejandro Paz, quien dice que todavía siente escalofríos cuando prendió el televisor para ver el noticiero y se encontró con que la noticia ese día era su hermano: “Yo había hablado con él dos meses atrás y lo noté triste y desesperado por la situación que atravesaba. No tenía plata ni para comer, entonces yo le mandaba lo que podía, porque tampoco gano mucho. Pero nunca me imaginé que Édgar Santander iba a hacer lo que hizo”.
Nadie, ni sus amigos en el barrio Corea Martinete de Santa Marta, podían creer lo que veían: “La verdad es que la vida militar y haber estado tanto tiempo en zonas rojas, de tanto combate, pues seguramente eso le terminó afectando”, explicó Alejandro.
Dijo, también, que su hermano, luego de ingresar al Ejército, se convirtió en un hombre muy retraído y poco comunicativo. “Le decíamos que de vez en cuando nos escribiera o nos llamara para saber cómo estaba y él simplemente nos decía que no podía, que no nos preocupáramos y que si no escribía era porque estaba bien”.
La familia se acostumbró a saber poco del menor de los Paz. De vez en cuando, cuando tenía licencia o permiso especial, visitaba a la familia, pero no se quedaba mucho tiempo. Su hermano dice que tiene la explicación: “Los militares no se quedan mucho tiempo en un solo sitio. Él cogía su tula (morral) y arrancaba casi sin despedirse. En uno de esos arranques de rabia que tuvo quemó las fotos de la familia en el patio de la casa y nunca supimos por qué”.
A pesar de la mala hora por la que atraviesa la familia, después de que Édgar Santander apareciera en todos los medios con una granada en la mano, para su hermano el Estado tiene que hacerse responsable: “Él hizo cursos de inteligencia, de paracaidismo y fue lancero también. Además estuvo en muchos combates y recibió muchos tiros. Tiene el cuerpo lleno de cicatrices. Entonces, ¿cómo entiende uno que alguien que luchó por el país, tenga que mendigar comida?”.
Es de su hermano Alejandro, quien maneja un taxi en Santa Marta y es padre de cuatro hijos, uno de los cuales optó también por la vida militar, pero ya se retiró: “Mi hermano no es un delincuente. Es una persona desesperada. Eso es distinto. Ojalá ahora sí le salga la pensión”.
Édgar Santander Paz Morales se enroló en las filas del Ejército en 1979. Empezó en el Batallón Colombia y recibió instrucción en Tolemaida. Patrulló, dice la familia, en varios departamentos del país, especialmente en el sur. No se casó, aunque según relató su hermano a El Espectador, tenía varios amores. “La vida de los militares es como la de los marineros, en cada pueblo un amor, pero nunca nos dijo que quería casarse. Tuvo una hija, que ya está grande y nosotros no sabemos mucho de ella. Lo último que supimos era que se había casado con un muchacho, parece que es un buen hombre, y que ya tiene un niño. Yo no sé qué tipo de relación tiene Édgar con su hija y con su nieto”.
La infancia de los hermanos Paz Morales no fue muy holgada económicamente. Los tres nacieron en Pescaíto, un barrio humilde de Santa Marta. Después se fueron a vivir a otro sector de la ciudad igual de deprimido y luego a Barranquilla, a donde fue trasladado el agente Paz, un hombre estricto y quien educó a sus hijos con la misma rigidez que impone la milicia: “Era muy templado y al mismo tiempo nos inculcó el amor por la carrera militar y de la policía. Cuando éramos chiquitos todos queríamos estar en las armas”.
Los hijos del agente Paz estudiaron la primaria y el bachillerato en colegios públicos de Barranquilla y Santa Marta. “Primero estuvimos en el colegio San José y otro que no me acuerdo bien del nombre, pero algo así como Montesquieu. Después pasamos al Rodrigo de Bastidas. Pero la plata no alcanzó para entrar a la universidad y ahí fue cuando Édgar dijo que él se iba para el Ejército. Yo me quedé acá. Yo me gano la vida con el taxi y Jaime, mi otro hermano, vende empanadas acá en Santa Marta. Pero su situación es muy dramática, porque él también es retirado del Ejército y sufre de epilepsia. Además tuvo un combate con la guerrilla y cuando se iba a defender del ataque el fusil se le trabó y eso lo traumatizó.
A él tampoco le quieren reconocer la pensión. Ahora toca meter un abogado y no hay plata. Yo a veces llego con cinco mil pesos a la casa. Cuando hay temporada turística me va un poco mejor, pero como eso no es todos los días, entonces me toca sobrevivir con el diario. Es que la competencia con los mototaxistas y los colectivos es muy dura. Para rematar, no hay plata tampoco para la droga de Jaime y él se desespera y se pone a tomar trago”.
Alejandro vive con su mamá, quien está en un silla de ruedas desde hace varios meses debido a una trombosis que sufrió. “Toca estar pendiente de ella a toda hora. Cada vez que puedo, entre carrera y carrera, paso por la casa para ver cómo está. Yo no sé qué hubiera pasado si mamá estuviera consciente y supiera de la situación de Édgar”.
Quiere ir a Bogotá, a la cárcel, a visitar a su hermano. Pero no sabe cuándo pueda hacerlo. “Él siempre venía a visitarnos, se venía en bus desde Bogotá y me acuerdo que una de las últimas veces que vino sirvió de testigo electoral en las elecciones de octubre. No hablaba mucho, casi nada. Andaba triste, muy triste. Yo cuando podía le mandaba algo de plata, a veces $5 mil, a veces $10 mil, y él me contaba que tenía amigos que le prestaban para el almuerzo o para que cogiera un bus”.
“Tampoco podía decirle que se viniera para Santa Marta porque ya él está grande para saber dónde quería vivir. Pero es mi sangre y me dolía mucho verlo en esa situación. Por todo lo que le pasó a mi hermano, yo soy un resentido con el Estado. Cómo no serlo, si es que a veces él me llamaba y me decía que sólo le alcanzaba para comer arroz y a nosotros aquí en Santa Marta tampoco nos alcanza. Es increíble que esto pase después de que mi familia le sirvió a este país y, ¿a cambio qué?”.
Édgar Santander Paz Morales no pudo acceder a la pensión porque le faltaron cuatro años más de los 11 que estuvo al servicio del Ejército. Por lo pronto, está recluido en La Picota, a la espera de un dictamen de Medicina Legal sobre su salud mental, y de que un juez evalúe los cargos de terrorismo y secuestro que le imputan.
El discapacitado que secuestró un avión
El 12 de septiembre de 2005 el discapacitado Porfirio Ramírez Aldana, con una granada de fragmentación escondida en la silla de ruedas, secuestró un avión de Aires con 25 personas a bordo. El avión, que cubría la ruta Florencia-Neiva, fue desviado a Bogotá durante cinco horas, donde el “aeropirata”, como fue apodado, negoció con las autoridades sus exigencias.
En su defensa, Ramírez Aldana aseguró que el delito lo cometió en un momento de “intensa ira y dolor” que le produjo el hecho de permanecer en una silla de ruedas desde 1991 por un disparo que recibió en un operativo antinarcóticos que adelantaban miembros de la Policía en Playa Rica, Caquetá.
El juez, que aceptó los argumentos de la defensa, condenó al secuestrador a ocho años de prisión domiciliaria en Florencia, su lugar de residencia, aduciendo que Porfirio Ramírez no representaba un peligro para la sociedad.