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Quienes emiten el cántico son, por lo menos hoy, unas 150 personas, entre familiares, amigos, compañeros de trabajo y muchos transeúntes anónimos que se dieron cita en ese lugar para recordar que hace 35 días un grupo disidente de la guerrilla de las Farc secuestró a Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra, periodista, fotógrafo y conductor respectivamente del diario El Comercio, a quienes posteriormente asesinaría.
“¿Hasta cuándo tienen que esperar esas familias? ¿Es acaso justo que ni siquiera puedan darles una cristiana sepultura como se lo merecen? Ahora que tuvieron la valentía de asesinarlos, ¿por qué no son tan valientes y entregan sus cuerpos?”. Las palabras provienen de la gente del común que cruza por los locales comerciales de la calles Chile, Juan José Flórez y Juan Pío Montufar.
Frente a la Catedral Metropolitana de Quito, sentados alrededor de las fotografías ubicadas en el piso y custodiadas por velones de colores, están los familiares de los tres asesinados. En silencio consienten su dolor. El frío no es el usual de la capital ecuatoriana. Un cuchillo de dos filos arremete contra sus corazones.
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Las palabras de aliento de unos y otros que toman el micrófono para orar, apoyar o emitir cantos esperanzadores impactan como luces intermitentes en sus mentes. Así lo relata Yadira Argüello, novia de Paúl Rivas, el reportero gráfico, quien en alguna oportunidad le dijo a su madre que no quería que fuese enterrado en un cementerio. “‘Es mejor que me cremen y las cenizas las esparzan en las montañas o en el mar’”, recuerda Yadira. “Claro que esa afirmación le pareció muy rara y véala hoy, sólo quiere ver a su hijo por última vez y dejarlo ir en paz”.
A Patricio Segarra la noticia del secuestro de su padre, Efraín, lo dejó, literalmente, sentado. “Cuando nos informaron de lo sucedido, algo muy extraño pasó por mi cuerpo. No lo podía creer. ¿Cómo era eso, si ya en otras oportunidades se había ido a esa zona?”, Hoy, junto a su hermano Cristhian y su madre, Teresa, recuerdan más que nunca la dedicación en su trabajo. “Le gustaba tener la camioneta en la que se transportaba en perfectas condiciones”.
“Las vidas de estas tres familias no serán las mismas. Por ejemplo, en nuestro caso se cortaron los sueños de Javier. Por eso se vino de España, para ser periodista, y lo estaba logrando. En la casa nadie trabaja con las mismas ganas, es como si nos hubieran quitado un pedazo de nuestro cuerpo. Javier ayudaba mucho a mis padres”, relata Alejandro Ortega, el hermano mayor.
Ya han pasado tres horas y nadie se ha cansado. Han transcurrido varios segundos en los que el silencio pareciera sobresalir ante el dolor de las familias. “Es sólo un respiro. Esta batalla está dura y hay que darles ánimos a estas mujeres, muchas de las cuales han perdido la esperanza. Necesitamos que el país entero se ponga de pie ante la violencia. Mi nombre no importa. Sólo tengo algo en común con estas familias: soy madre y sé por lo que pasan”, dice una mujer de unos 50 años de edad mientras señala a quienes están sentadas en las escalinatas a las afueras de la catedral.