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“Por los que nacen procesados”

Homenaje al ex juez y ex procurador J. Guillermo Escobar Mejía, líder de los derechos humanos penitenciarios y de la defensa de los débiles.

Redacción Judicial

06 de noviembre de 2007 - 12:04 p. m.
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El nombre J. Guillermo Escobar Mejía suena desconocido en la galería de los famosos de Colombia. Pero quienes han trasegado en los estrados judiciales y los que, especialmente en Antioquia, guardan memoria de expedientes, memoriales y códigos, advierten que mencionarlo es reconocer que, lejos de los parágrafos o las órdenes de captura, "la justicia es física como el pan o fresca, diáfana y sencilla como el agua en la tinaja de barro".

A sus 71 años, lejos de la sumisión, las lisonjas o los ensalmos, convencido de que su único norte profesional siempre ha sido "reverenciar el sufrimiento humano con rezos de indignación", J. Guillermo Escobar recibe el homenaje merecido de sus amigos y admiradores, el único viable para preservar su legado de no rendirle culto al poder, la publicación de los conceptos fiscales y alegatos de su propia luz, los mismos por los cuales fue perseguido y alejado de la justicia.

Su defensa a los condenados como "poseedores de mala fe", pero arraigados en su derecho a los frutos de la tierra arada con el sudor campesino. Su súplica por los locos, sentenciados a las cloacas de los manicomios, reducto hipócrita de los asesinos morales. Su diatriba contra los ensañados con los consumidores de droga, antes que reconocerles su fuerza espiritual, "así sea de hongos humanos". El alma de un juez sereno, nunca quebrantada por dioses crueles.

Nacido en Fredonia en 1936, bachiller del colegio Efe Gómez y abogado de la Universidad de Antioquia, J. Guillermo Escobar pensó primero en la política. Sin mucho esfuerzo fue elegido diputado conservador a la Asamblea Departamental entre 1964 y 1966, pero pronto dedujo que su palabra de gladiador retórico se perdía en los vacíos de la Duma, y que aquella corporación no era más que "una brillante e iridiscente pompa de jabón, oscilante en una atmósfera de intereses mezquinos".

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Su único recuerdo memorable y a la vez detonante de su deserción partidista, fue haber logrado que un paupérrimo habitante de los tugurios empotrados en las lomas de Medellín, musitara dos o tres frases ante la Asamblea para defender su derecho a la vivienda. Sus colegas horrorizados por la presencia de "gentuza" en los "egregios salones", trataron de oponerse. Pero J. Guillermo Escobar ofició de edecán de aquel hombre "hecho de tierra" que se retiró vencido.

Entonces declinó el político, renació el abogado y, por más de 20 años, con su palabra hecha soberbia por los humildes, J. Guillermo Escobar fue juez, procurador delegado ante el Tribunal de Medellín y profesor de Procedimiento Penal, Oratoria Forense y Ética en la Universidad de Antioquia. Hasta que el poder judicial fue incapaz de soportar su verbo indeclinable y lo apartó de sus dignidades. Hoy sus alumnos o amigos, muchos de ellos magistrados, le reconocen su carácter.

"Si me preguntaran si he conocido a un ser humano verdaderamente íntegro, sin la menor vacilación diría que sí y diría su nombre: J. Guillermo Escobar Mejía", escribe el connotado penalista Jorge Arenas Salazar. Por él, "toda una generación de abogados hemos aprendido que la solidaridad humana es el supremo valor que nos acompaña en este fugaz paso por la tierra", agrega el magistrado de la Corte Suprema de Justicia Javier Zapata.

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"Es la voz de quien no tiene voz, del demente condenado a muerte lenta en anexos siquiátricos, del torturado, del desposeído, del allanado ilegítimamente, del lumpenproletariado escarnecido", destaca el magistrado de la Corte Iván Velásquez. Y otra "garganta de fuego", como se describe así mismo el procurador judicial Andrés Nanclares, autor de otra obra heterodoxa, brillante y contestataria Los jueces de marmol, así reconoce el aliento de J. Guillermo Escobar:

"Su obra podría servir, si lo imposible pudiera lograrse, para moverle el piso a esa recua de insensibles capaz de sacrificar la vida de un hombre por pulir las aristas de un inciso. O ser útil para poner a recapacitar, si tuvieran seso, a los miembros de la sacrosanta orden de los rezanderos de la ley. O ser una buena pócima para que los poseídos por la peste del peldaño, que ascienden validos de la forma como lamben y no apoyados en la manera como escupen, se curaran de sus ruindades cometidas contra los hombres auténticos".

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Y J. Guillermo Escobar, jubilado pero intacto en su credo, acepta que sus dolores vuelvan, pero con tres gritos: que se dediquen a los torturados de Guantánamo e Irak, pidiéndoles perdón por el apoyo de Colombia a la injusta guerra que los agravia; que sirvan para que las víctimas de detenciones masivas enaltezcan el apotegma de Unamuno "podeis vencer, pero no convencer"; y que sean conceptos "por los que nacen procesados", como exclamó el último condenado a muerte en Colombia Manuel Saturio Valencia en 1907, minutos antes de ser fusilado.

Las condiciones están cumplidas. El próximo 8 de noviembre, J. Guillermo Escobar recibirá de sus amigos y colegas sus propios alegatos, y él volverá a insistir en que "la gloria no está en alabanzas ni triunfos sino en el sufrimiento que asciende a la protesta y lucha por la dignidad mancillada por la resignación y el miedo". Entre los asistentes, muchos de sus alumnos regresarán a cumplir una promesa. A todos los calificó con 5 en clase de ética, pero les aclaró que "debían ratificarlo en sus vidas o convertirse en hijos de puta". Volverán a decirle que viven a conciencia, bajo sus propias reglas.

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Por Redacción Judicial

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