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Roberto Camacho: legado del primer periodista de El Espectador que la mafia quiso silenciar

Cuarenta años después de su asesinato, su familia reconstruye su vida y su legado en Leticia. Un homenaje a quien denunció el avance del narcotráfico en el Amazonas y cuya historia fue atravesada por la violencia, el olvido y la impunidad.

Paulina Mesa Loaiza

16 de julio de 2026 - 06:00 a. m.
Luis Roberto Camacho Prada también fue un líder político y comunal en Amazonas.
Foto: Archivo Familiar
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Ángela Luz Cortés de Camacho cree que le faltaron horas al día y días a la vida para amar por más tiempo a Roberto. Le hubiera gustado pasar estos últimos 40 años junto a su esposo y papá de sus cuatro hijos, pero la violencia le arrebató las tardes en familia. Ella le llama “el día de la tragedia” al 16 de julio de 1986, el día que dos sicarios le dispararon al periodista Luis Roberto Camacho Prada.

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Iba en el asiento del copiloto del Jeep azul que conducían por toda Leticia y todavía le parece escuchar el zumbido de las balas impactando la ventana del conductor. Tampoco se le olvidan las noches que lloró cuando salió del estado de shock y supo que era verdad. Que el amor de su vida había sido asesinado.

Luis Roberto Camacho Prada fue la primera víctima de la saña de la mafia contra El Espectador. En las páginas que escribió como corresponsal en Leticia quedaron plasmadas las denuncias por la creciente presencia del narcotráfico en la región. Su tinta se volvió incómoda para una realidad que buscaba arraigarse en el país a mediados de los años 80, en pleno auge del Cartel de Medellín.

Escribió sobre capos que se tomaban el territorio, sobornos y cargamentos de droga. Su homicidio marcó el punto de arranque de una ola de asesinatos y violencia sobre el diario, que alcanzó el punto máximo de dolor con el asesinato de su director, Guillermo Cano Isaza, cinco meses después, el 17 de diciembre de 1986.

En ese lapso de tiempo, el país se sumió en una espiral de violencia que se llevó por delante al magistrado de la Corte Suprema de Justicia, Hernando Baquero Borda; al subdirector del periódico Occidente de Cali, Raúl Echavarría; al magistrado del Tribunal Superior de Medellín, Gustavo Zuluaga Serna. También asesinaron al comandante de la Policía Antinarcóticos, coronel Jaime Ramírez Gómez.

En todos los casos, El Espectador alzó la voz y las páginas del periódico para denunciar. Pero tras el asesinato de Guillermo Cano, continuaron los exilios, los atentados, las amenazas y los asesinatos. El objetivo de la mafia era silenciar la verdad. El 2 de septiembre de 1989, un camión bomba fue detonado frente a las instalaciones del diario, como una muestra más de la guerra y la violencia declarada.

Cuando Ángela Cortés piensa en “la tragedia” de hace 40 años, en su cuerpo se revuelven sentimientos entre la ira, la tristeza y la preocupación. Todos se reflejan en su rostro y entonces frunce el ceño, tuerce los labios hacia abajo, mira hacia arriba y suspira. Después de repasar en su mente el día de asesinato, Ángela narra su dolor. “Se nos desbarató todo. Nos sacaron corriendo porque me iban a matar a mí también. Tenía cuatro hijos niños y quedé sola; dejamos todo botado. Mi cuñado Enrique me dijo que nos fuéramos para Villavicencio. Le mencioné la finca, la papelería del aeropuerto, la oficina... eran 20 años de trabajo representados ahí. Él me respondió que estaba muy bien el inventario, pero que Roberto ya estaba bajo tierra y eso mismo me pasaría a mí”, recordó.

Diego Camacho, hijo de Ángela y Roberto, tiene los recuerdos intactos, milimétricamente grabados en su memoria. Tenía 16 años y la noche de ese 16 de julio ensayaba una obra en su salón de clases para un evento escolar y le avisaron que debía ir a casa porque su papá había sufrido un accidente. Un trayecto de casi siete minutos, se redujo a dos y Diego llegó como pudo rogándole a Dios que su papá estuviera bien.

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Pero la escena que encontró le entregó otro presentimiento. “Al llegar, vi un hueco en la pared. El Jeep se había incrustado en la pared de mi habitación. Pude ver con la luz que proyectaba la farola de mi moto el charco de sangre en el suelo y en el asiento del conductor”, narró en uno de sus textos para El Espectador.

Roberto ya no estaba, su hija Ángela, próxima a cumplir los 15 años, se lo había llevado para un hospital con la esperanza de que se lo devolvieran vivo. Cuando esa escena pasa por su cabeza, y su corazón, Ángela, 40 años después, todavía llora. Los tantos años de terapia no han podido cerrar esa herida, pero ahora convive con ella. Recuerda que ese día, casualmente, se vistió toda de blanco.

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Cuando el carro se estrelló con la pared, su primera reacción fue salir de la casa. Al asomarse al Jeep, por instinto sacó a su papá, un hombre de más de 100 kilos, y lo arrastró tratando de encontrar ayuda, pero la gente solo la miraba. Un vecino la ayudó a subir a Roberto a la camioneta de la Defensa Civil y lo pudieron trasladar.

A Diego otro vecino le gritó desesperado que don Roberto estaba en el hospital. Allá llegó, otra vez, en menos de dos minutos. En las tragedias el tiempo pareciera correr más rápido. Lo primero que vio cuando entró por el portón de urgencias fue a su madre llorando.

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Después vio a su hermana Ángela con la blusa blanca empapada de sangre. “Avancé unos cuantos pasos más y logré avizorar a mi padre yerto sobre una fría bandeja de acero inoxidable, con su ropa ensangrentada. Caminé lentamente hacia él y lo noté pálido y algo hinchado en su rostro. Fue la última vez que toqué su mano, aún tibia... Me pregunté: ¿Qué sentido tiene la vida para terminar así?”, escribió Diego, para concluir el peor día de su vida.

Roberto Javier, el hijo mayor de Roberto y Ángela, tenía 19 años y no estaba en Leticia cuando asesinaron a su papá. La tragedia lo encontró en Bogotá. Recibió una llamada del jefe de corresponsales de El Espectador, quien de manera escueta y directa le dijo: “Te llamo porque mataron a tu papá”.

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Lo primero que sintió fue impotencia y como pudo llamó a su mamá. Se logró comunicar con ella una hora después de la noticia y solo le bastó escuchar su llanto al otro lado del teléfono para entender lo que había sucedido. Después buscó la forma de llegar a Leticia, desde Bogotá, a más de 1.000 kilómetros de distancia. Su único y más grande deseo era acompañar a su mamá, a sus hermanas y a su hermano Diego.

Al otro día los periódicos titularon con la muerte de su padre. En la edición del diario, en la sección editorial, se escribió: “El asesinato de un periodista. Luis Roberto Camacho Prada, corresponsal de El Espectador en Leticia vilmente asesinado en esa lejana localidad colombiana, se había distinguido como un gran ejecutivo en la Cámara de Comercio, un gran promotor cívico y un periodista a carta cabal”.

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Su funeral fue masivo. Seis hombres con trajes blancos impolutos y bien planchados cargaron el ataúd de Roberto Camacho. Detrás de ellos, mujeres en tacones y vestidos llevaron las coronas con flores, margaritas y helechos para despedirlo del mundo, porque su legado se quedó en Leticia.

Los hijos de Roberto Camacho: Ángela y Roberto Javier. Diego vive en Leticia y Camila murió a causa del Covid-19.
Foto: Santiago Ramírez Marín

Para la familia Camacho Cortés, reducir su historia a la forma en que murió sería desconocer la verdadera dimensión de su vida. En realidad, Roberto Camacho fue más que una tragedia. Fue esposo de Ángela y padre de Roberto Javier, Diego, Ángela y Camila. En Amazonas se convirtió en un líder político y comunal. También fue un emprendedor. Propietario del almacén agropecuario y veterinario más importante del departamento, gestor de la Segunda Feria Agropecuaria y Artesanal del Amazonas, hoy Festival de la Confraternidad. Fue además director de la Cámara de Comercio del Amazonas, presidente de la Asociación de Usuarios Campesinos del Amazonas y gestor fundador de la Caja de Compensación del Amazonas.

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Pero más allá de sus tantos quehaceres, lo que destacan sus hijos y su esposa es su entereza como ser humano. “Don Roberto es de esas personas que nacen una sola vez en la vida. Era único e irrepetible como ser humano. Su mente no albergaba pensamientos negativos; a todo el mundo le encontraba su calidad. Su generosidad era grande. Fue un hombre ejemplar”, recuerda su esposa.

Su hijo, Roberto Javier, tiene tatuado en la mente el epitafio sobre la tumba de su padre: “Siempre serás para nosotros el máximo ejemplo de padre, esposo y hombre”. Dice que esa frase resume en totalidad lo que siente. Ángela, la hija, reúne a su papá en tres palabras concretas: disciplina, consagración y persistencia.

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Eso sí, cuando quiere abrazar su recuerdo, entonces piensa en el padre que veía a sus 15 años y dice que es un héroe. Diego, por su parte, lo ve como un ejemplo a seguir. Si le quita el título de padre, dice que fue un pionero y visionario en el Amazonas. Llegaron a esa parte del mundo porque Roberto, después de quedarse viendo el mapa de Colombia, le causó curiosidad una esquina olvidada.

Acto seguido, liquidó sus negocios, empacó maletas, familia y se fueron a vivir a Leticia. Sabía que hacía falta infraestructura y desarrollo económico. Por eso su objetivo fue inundar de oportunidades a las comunidades. “Se suele pensar que su gestión periodística y de liderazgo fueron destinos de sus luchas, en realidad fueron medios. Su propósito siempre fue la defensa de la integridad”, dice su familia.

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Ángela Cortés, esposa de Roberto Camacho.
Foto: Richard León

En Leticia, Roberto Camacho construyó una finca avícola a cinco kilómetros del puerto. Después creó un negocio agropecuario en la ciudad, pero nunca dejó de lado su vocación como periodista. Fundó el periódico Ecos del Amazonas y en pocos días, su oficina empezó a funcionar como consignataria del periódico El Espectador de Bogotá, y él mismo como corresponsal del diario.

Fue entonces cuando, mientras criaba pollos con su familia, se dedicó a advertirle al país la creciente amenaza del narcotráfico hasta en el Amazonas. “Mi padre trabajó de la mano de don Guillermo Cano, quien fue su guía y tutor, permitiéndole ejercer un periodismo veraz y objetivo. Al denunciar movimientos políticos y sociales contrarios a las buenas costumbres, empezó a ganarse enemigos”, relató su hijo Diego.

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A don Roberto ni siquiera las secuelas físicas que le dejó el síndrome del Guillain-Barré lo detuvieron para denunciar el narcotráfico. Escribía cuartillas en máquina mecánica con solo dos dedos, pero su trabajo lo volvió un personaje incómodo. “Su labor fue contracorriente en una sociedad sumida en la oscuridad. El asesinato de un líder fragmenta a la sociedad e impide que las siguientes generaciones sean transformadas. La cizaña y el trigo crecen juntos, pero la idea es que el trigo se fortalezca. La procesión de su entierro fue multitudinaria, pero cuando se acalla una voz así, la cizaña termina ahogando al trigo”, explicó su hija Ángela.

Luis Roberto Camacho tenía 47 años cuando lo asesinaron. Después del sepelio muchos prometieron no dejar el crimen en la impunidad, pero el expediente sigue en el olvido. Cuarenta años después del homicidio, todavía hay interrogantes alrededor de la herida. Las investigaciones judiciales no arrojaron resultados contundentes y tampoco culpables.

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Con esa deuda, Diego decidió volver a Leticia para no dejar en el rezago el legado de su padre. “La justicia ya hizo lo que tenía que hacer. Es difícil esperar más movimientos tras 40 años. Desafortunadamente no nos favoreció y nunca hubo una reparación simbólica, pero ya no la esperamos. No vinimos a juzgar, sino a que se reconozca lo importante que fue el paso de mi padre por esta tierra. No puedo resignarme a que el olvido sepulte su memoria”, dijo.

Ángela, su esposa, quisiera decirle a Roberto que todos los días se arrepiente de no haber salido corriendo a tiempo para que no lo mataran. Pero cuando se siente triste por pensar en lo que pudo ser, entonces canta una canción para que se le pase la congoja, como ella le llama.

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Su favorita es “La venia bendita” de Marco Antonio Solís y entona: “Le faltan horas al día para seguirnos queriendo. Apenas fue mediodía y hoy nos está amaneciendo. Solo nuestras almas saben qué es lo que está sucediendo”. Piensa en los abrazos de don Roberto, toma aire y vuelve a entonar: “Bésame así despacito y alarguemos el destino. Pues este amor tan bonito que se nos dio en el camino, tiene la venia bendita del poderoso divino”.

Para conocer más sobre justicia, seguridad y derechos humanos, visite la sección Judicial de El Espectador.

Por Paulina Mesa Loaiza

Periodista de la Universidad de Antioquia e ilustradora. Ha escrito en prensa y portales digitales con especial interés en justicia, conflicto, memoria y paz. Actualmente es periodista de Colombia+20.@paulina_mesalpmesa@elespectador.com
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