2 Sep 2019 - 3:00 a. m.

Ser periodista de El Espectador

Trabajar en el periódico con más historia de Colombia significa reivindicar el legado de maestros como don Guillermo Cano, que sacrificaron su vida en defensa de la verdad y los valores mayores de la profesión.

Nelson Fredy Padilla / npadilla@elespectador.com

Ser periodista de El Espectador
Una máquina de escribir en medio de la destruida sala de redacción. Allí se editó el periódico del día siguiente. / Archivo
Una máquina de escribir en medio de la destruida sala de redacción. Allí se editó el periódico del día siguiente. / Archivo

Aquella mañana del 2 de septiembre de 1989, parado frente al edificio semidestruido, me sentí desolado. Mi punto de referencia para estudiar periodismo fue El Espectador, el periódico a través del cual descubrí el país en que nací, en el que escribió Gabriel García Márquez, el que dirigió don Guillermo Cano, asesinado tres años antes por el mismo cartel de Medellín que ahora intentaba arrasarlo por haber denunciado quién era Pablo Escobar y hasta dónde llegaban sus ambiciones de poder.

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Desde hacía seis meses trabajaba como practicante en la Agencia Colombiana de Noticias (Colprensa), reportaba los hechos de “orden público” y el pan de cada día eran los atentados del narcoterrorismo. El asesinato de Luis Carlos Galán, dos semanas antes, fue impactante, pero esta bomba me conmocionó. Entendí por qué el pasante al que reemplacé había renunciado por estrés y recargué fuerzas para los días terribles que siguieron, por ejemplo el 12 de mayo de 1990, cuando estallaron carros bomba simultáneos a las 4:30 de la tarde en los barrios bogotanos de Niza y Quirigua, mientras yo estaba en turno (en la noche explotó otro en Cali). Hubo al menos 30 muertos y centenares de heridos.

Quienes nos formamos a la fuerza como reporteros de guerra en esa época íbamos de tragedia en tragedia en la guerra de Escobar contra el Estado para evitar su extradición y, en los mismos días, de un ataque a otro de la guerrilla en su avance hacia Bogotá, de un bombardeo a otro de las Fuerzas Militares y de selva en selva en operativos antinarcóticos de la Policía. Cubríamos en vivo combates entre el Ejército y los alzados en armas. No medíamos todos los riesgos. A los atentados terroristas llegábamos mientras los carros ardían, las víctimas eran evacuadas y policías y bomberos pedían alejarnos por la posibilidad de que estallara una bomba más. En Colprensa nos llegaron a pedir que no fuéramos a todos los casos porque estábamos ayudando a propagar el terror en un país donde la gente no iba a cine ni a los centros comerciales por miedo.

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Pero la violencia no cedía. Lloramos el 24 de abril de 1991 el asesinato del periodista Julio Daniel Chaparro y del fotógrafo Jorge Torres Navas en Segovia, Antioquia. Habían sido enviados desde Bogotá, por El Espectador, a uno de los pueblos más violentos de Colombia, para entender la violencia desatada entre grupos ilegales por el control de una región rica en oro. Guerrilleros les dispararon una ráfaga de fusil cuando empezaban a recorrer esas quebradas calles. Creyeron que se trataba de paramilitares recolectando información para ejecutar una masacre como la de noviembre de 1988, en la que murieron 46 personas.

Por esa experiencia me contrataron en El Espectador en septiembre de 1991. Recuerdo la emoción de entrar al edificio, reconstruido gracias a la ayuda de medios de comunicación de todo el mundo. No me había graduado y trabajaba como redactor judicial junto a los hijos de don Guillermo Cano, Fernando y Juan Guillermo, los directores de entonces; a don José Salgar, uno de los maestros de periodismo de García Márquez en los años 40; a don Luis de Castro, la leyenda del periodismo judicial, y al equipo de investigación, en cabeza de Fabio Castillo, autor de Los jinetes de la cocaína, e Ignacio Gómez, hoy subdirector de Noticias Uno. Estaba en la sala de redacción que dos años antes vi en ruinas y desde donde se confrontaba de nuevo a criminales y corruptos, como lo habían hecho en los años 80 contra el Grupo Grancolombiano, que también intentó acabar con el periódico dejándolo sin publicidad porque denunció cómo manipulaba los ahorros de los colombianos.

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No solo eso me impresionó de entrada, sino el amor por el oficio, el compañerismo y la valentía. Una mañana entró una llamada telefónica en la que terroristas de Pablo Escobar anunciaban que la próxima bomba contra El Espectador iba a caer del cielo, desde una avioneta, para asegurarse de que no quedara nada de “ese nido de ratas”. Los directores calmaron a los periodistas y pidieron que quien se sintiera en peligro renunciara o trabajara vía teléfono (fijo) desde su casa. Nadie renunció, ni los redactores se fueron. Cuando se oían los motores de alguna aeronave, pues el diario quedaba en la avenida 68 con calle 17, cerca del aeropuerto El Dorado, algunos se metían debajo de los escritorios mientras pasaba el susto.

Allí aprendí que un periodista se gana la independencia y el respeto confrontando a los poderosos en beneficio de los ciudadanos. Me enseñaron a verificar la versión de cada actor de la guerra, a informar sobre la violación de derechos humanos de los civiles en medio del conflicto, a investigar por qué el presupuesto del sector Defensa crecía cada día y se multiplicaban los millonarios negocios de compra de armas. Denunciar significaba incomodar a narcotraficantes, guerrilleros, paramilitares, agentes del Estado que intimidaban con demandas e investigaciones por revelar supuestos “secretos de Estado”, como cuando descubrimos manuales militares que la opinión pública tenía derecho a conocer, contratos amañados con mercaderes israelíes para cambiar fusiles. La corrupción que don Guillermo había advertido se tomaba el país.

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El momento más contradictorio que he vivido en El Espectador fue el 2 de diciembre de 1993, el último día del narcoterrorista Pablo Escobar en Medellín. Cuando confirmamos la noticia hubo júbilo, celebramos la muerte de un ser humano, el más perverso. “… y cayó Escobar”, titulamos, como cobrando una victoria de la que no debíamos ufanarnos. La edición nacional impresa —no había internet— se fue en primera página con la más reciente foto del capo, sonriente, cínico, pero para la edición de Bogotá nos llegó la de él abatido en el tejado de una casa. Era la imagen que queríamos para abrir.

Aprendí que cuando se maneja este tipo de información hay márgenes de error, que cuando un periodista falta a la verdad debe corregir con la misma urgencia, como cuando puse en riesgo la vida de una persona acusándola de pertenecer a una guerrilla cuando ya se había reinsertado a la vida civil. Una tutela que llegó a la Corte Constitucional la protegió y decidió que El Espectador se había equivocado de buena fe y que el culpable era el general del Ejército que me respondió de mala gana un derecho de petición. Lo obligaron a rectificar en primera página de nuestro diario. También hubo premios nacionales e internacionales. El orgullo del deber cumplido. En 1994, una encuesta global hecha por el diario francés Le Monde eligió a El Espectador como uno de los ocho mejores periódicos del mundo.

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Cada día en El Espectador, hoy un medio de comunicación multimedia, es una lección única. Lo comprobé después de irme en 1995 y volver en 2008 como editor. El espíritu está vigente y renovado por el aliento de nuestros suscriptores. Por más transformación de las herramientas de comunicación en la era digital, la esencia y el criterio para estar a la altura de los nuevos retos informativos es ser digno heredero del diario que se levantó hace 30 años de los escombros para decir: “¡Seguimos adelante!”.

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