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Con el lanzamiento del Primer Informe de la Comisión de Memoria Histórica, “Trujillo: una tragedia que no cesa”, los medios han otorgado voz a las víctimas de esa masacre. En las noticias se ha insistido en el hecho de que más del 90% de los desaparecidos y asesinados fueron hombres y por contraste la mayoría de quienes impulsan en la actualidad la Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo (Afavit) son mujeres. La simple dicotomía que alberga esta constatación de hombres-en-la-guerra y mujeres-en-la-paz, ¿es realmente todo lo que podemos aprender de Trujillo para evitar la repetición del horror allí vivido?
Lo que la guerra oculta
‘Mi infancia, yo la recuerdo muy violenta. Desde que yo me conozco he sido campesina. En la casa, mi papá era un dictador…Yo era el trabajador de mi papá hasta los 13 años de edad. Yo cultivaba con él la tierra, sembraba el plátano, el maíz, el frijol…Tenía 15 años, iba a cumplir 16 años cuando él me casó…Antes de casarme, ningún amigo podía acercarse a mí.
Mi papá me casó con el hombre que él quiso. Lo que mal comenzó, mal terminó’. Así relata Paula1 su vida y como ella, muchas viudas, huérfanas, novias, hermanas que perdieron a un pariente, recuerdan sus infancias y adolescencias. Una afirma que ‘aprendió el miedo’, pero no en la plaza o a la vera del rio Cauca, cuando alguien pescaba un pedazo de cuerpo –un tronco, una cabeza, unas piernas—sino en su propio hogar: ‘Le teníamos pánico a mi papá; hasta la empleada se escondía cuando él llegaba. En Trujillo, desde hace mucho tiempo, los hombres se agredían por territorio y por el famoso caudillismo. Lo que ellos querían era dominar. Dominaban a las señoras, a los hijos. Luego, dominaban allá afuera’.
Además de esta violencia cotidiana, las tareas que cumplían hombres y mujeres estaban estrictamente divididas por sexo: ‘Los hombres, ¡a trabajar! y las mujeres, ¡a la cocina!’.
Esto se reflejaba por ejemplo en el acceso al estudio: ‘Cuando yo comencé a crecer, mi papá, a mi no me dio estudio. Él decía que el estudio era para los hombres, no para las mujeres. Él decía que para que llegara cualquier baboso de la calle y ¡vámonos!’. Así, las mujeres no se educaban ni adquirían las competencias para desenvolverse en el mercado y construir independencia económica.
La irrupción de los actores armados: mujer-objeto y violencia
En ese contexto tradicional machista, los narcotraficantes irrumpen con una visión de la mujer ya conocida por la opinión: la que se retrata crudamente en la novela Sin tetas no hay paraíso. Uno de los victimarios, Henry Loaiza, El Alacrán, afirma que “toda la vida me he dedicado es al ganado y a las mujeres. Ellas, desde su mirada y su codicia, ocupan el mismo rango que otros objetos que encarnan su opulencia y poder. Así, los ‘narcos’ no conciben a las mujeres como actor político. Esto unido al hecho de que la mayoría de ellas se encuentra efectivamente excluida de cargos de liderazgo, explica en parte por qué las trujillenses no se convierten con la misma intensidad que los hombres en objetivos de su persecución y de sus desmanes crueles.
Aquellas mujeres que infringen los cuatro muros del hogar y se destacan en la esfera pública, sí son claramente objeto de persecución. Una, la partera, Esther Cayapú, se enfrenta a los desmanes de un policía que durante la marcha campesina que antecedió a la masacre ataca a su hijo. Otra, María Elida Gómez Díaz, expresa públicamente su repudio frente al asesinato de un amigo. Ambas se encuentran entre las desaparecidas y asesinadas durante la masacre.
Los victimarios no sólo asesinan a mujeres con liderazgo, sino que además se ensañan con particular sevicia contra Alba Isabel Fernández, sobrina del padre Tiberio Fernández, líder muy apreciado por la comunidad, gestor de las cooperativas campesinas en la región.
Ella sufre todo tipo de torturas, incluidas unas de naturaleza sexual, frente a su tío, quien, impotente, es obligado a observar los suplicios sobre la joven y luego debe escarmentar en carne propia la misma sevicia. En los casos de las masacres de la familia Ladino y Molina, las mujeres, antes de ser asesinadas, fueron obligadas a desnudarse y aunque existen pistas de que fueron violadas, las autoridades competentes, como suele suceder, no les siguieron la pista a las posibles torturas sexuales que acompañaron este crimen.
Impactos de la masacre
Muchas madres, con la mirada triste, afirman que “el dolor es como una marca que nunca se olvida”’ y justamente el sufrimiento se prolonga y las víctimas no encuentran sosiego porque lo acontecido no ha sido objeto de rituales y procesos de reparación integral.
Además, en palabras de Yolanda, “cuando ocurre la masacre no solamente sufren las víctimas, sino que hay una desestructuración total del tejido social. La mayoría de las madres repartieron los hijos, los dejaron con la abuela, la tía o la familia del papá. Las que se quedaron con sus hijos les tocaba trabajar. ¿Cómo crecieron esos niños? Sin papá, sin mamá. Estamos viendo hoy las secuelas de esa soledad”.
Por otra parte, las mujeres, poco preparadas para ser sustento de sus familias, se ven forzadas a asumir oficios antes considerados netamente masculinos en un entorno de crisis económica donde el hambre adquiere centralidad. Este es el caso de doña Nibia, quien relata cómo su esposo, luego de perder a tres hijos en la masacre, “se comenzó a enfermar. No comía, no hablaba. Entonces yo me puse a trabajar de caminera, limpiando caminos, haciendo chambas, tapando los huecos con piedritas. Si desayunábamos no comíamos. Si comíamos, no desayunábamos. Un vecino nos mandaba por ahí un poquito”.
Trujillo hoy: crisis económica y nueva cultura
Además del hambre, el desempleo es hoy uno de los peores flagelos que enfrenta el municipio. La cultura del dinero fácil que acompaña el advenimiento de los ‘narcos’ trastoca valores y convierte a figuras con alta capacidad de consumo en modelos de vida a imitar: “Trujillo no es ni la mitad de lo que era porque esos muchachos quieren una vida diferente. Creen que irse para esos grupos paramilitares es tener una vida muy fácil.
Nos vamos a ganar $500.000 por hacer nada, piensan, pero no saben que están exponiendo la vida y están aprendiendo costumbres que no son las mejores. Ellos ya no quieren trabajar; quieren es plata; quieren tener tenis de marca, se dejan llevar por lo que el mundo ofrece y no les importa el precio que tengan que pagar. Las niñas están prácticamente prostituidas. Niñas de 10 y 12 años van y se les ofrecen a los comandantes a veces a cambio de nada”.
(1) Los nombres de las entrevistadas se modificaron.
*Directora del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes. Miembro Comisión Memoria Histórica.