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Un héroe desgraciado

Se cumple una década del asesinato de uno de los máximos defensores de los derechos humanos en el país. Así como en tantos otros magnicidios, la impunidad es la reina.

Diana Carolina Durán Núñez

11 de abril de 2008 - 03:23 p. m.
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El abogado José Eduardo Umaña Mendoza tal vez no supo que su hijo Camilo Eduardo es un  aficionado del Independiente Santa Fe. José Eduardo fue hincha de Millonarios, quizá desde el vientre. Lo oficializó en su nacimiento, el 22 de noviembre de 1946, y no cambió de parecer durante 52 años de vida. Pero fue él (sin poder suponerlo, por supuesto) quien llevó a su hijo al clásico que despertó su simpatía por los rojos.

Cuando Camilo vio a ese triste conjunto de hombres que daban lo mejor de sí porque su valla no fuera abatida, se enamoró de ellos. El fútbol se convirtió para él en un reflejo de lo que sería su vida: la marca de una herencia paternal de inclinarse siempre por los menos favorecidos. “Por eso no me gusta ahora el equipo, está ganando mucho”. Habla como una persona mayor, pero sólo tiene 21 años. “Tengo el corazón envejecido”, dice.

Camilo Eduardo Umaña se enfrenta al reto de dar la talla en una línea generacional en la que portar ese nombre es un compromiso. Su padre fue un digno hijo de Eduardo Umaña Luna, un abogado brillante, distinguido como el ‘maestro de maestros’ por la Universidad Nacional; y de su madre, Celina Mendoza, “una mujer hermosa y revolucionaria”, como la describe un amigo cercano.  

El próximo 18 de abril se cumplen 10 años del día en que Camilo Eduardo y Diana Marcela perdieron a su padre. En que Patricia perdió al hombre con el que estuvo casada por 20 años. En que Germán perdió a su hermano. En que Eduardo y Celina perdieron a su hijo. Tres balas en la cabeza, de unos sicarios que nunca fueron condenados, apagaron la llama de uno de los más grandes defensores de los trabajadores en Colombia. “Él era luz”, exclama Rafael Galvis.

Galvis conoció a José Eduardo en 1983. “Era volcánico”, dice. Un año más tarde, José Eduardo emprendió la defensa de Galvis y de otras 25 personas de la Empresa de Teléfonos de Bogotá, a quienes el entonces Ministerio de Trabajo acusó de  boicoteo. En 1989 terminó el proceso penal. Al pasar cuatro años, José Eduardo asumió la defensa de sindicalistas de Telecom, una vez terminado el paro que puso en jaque al gobierno de César Gaviria en 1992.

“Era un hombre fogoso”, recuerda el jesuita Javier Giraldo, gran amigo y compañero de batallas de José Eduardo. Con él fundó en Colombia, en 1984, el capítulo de la Liga Internacional por los Derechos Humanos y la Liberación de los Pueblos, que duró hasta mitad de los años 90. “Él no les sacaba el cuerpo a los casos  difíciles. Pero muchas personas le quitaron su respaldo por miedo a seguirlo en los riesgos que asumía”, cuenta el religioso.

José Eduardo nunca tuvo años fáciles. Las amenazas comenzaron a llegar en los 70. Y nunca cesaron. Les tenía tanta desconfianza a los cuerpos de seguridad, que cuando le pusieron guardaespaldas, unos tres años antes de que lo mataran, se les perdía o les indicaba rutas distintas para que no lo siguieran. José Eduardo sabía que lo iban a asesinar, y denunció que agentes estatales llevaban la batuta de apagar su vida. Fueron palabras que se llevó el viento.

En 1985, José Eduardo comenzó a investigar sobre la toma del Palacio de Justicia. En 1987, en la ampliación de declaración de Belisario Betancur, escuchó por primera vez al ex mandatario aceptar que había ‘desaparecidos’. En 1992, presentó el caso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y hasta el último día que tuvo aliento, luchó por tipificar el delito de desaparición forzada.

Vino el caso de la USO. El 5 de diciembre de 1996, 12 integrantes de la Unión Sindical Obrera de Ecopetrol fueron acusados de colaborar con el Eln para colocar bombas en los oleoductos. Eran los tiempos de la justicia sin rostro. José Eduardo descubrió que los múltiples testimonios no eran más que uno solo, la misma huella dactilar en todos los expedientes así lo confirmaba. La ‘clonación de testigos’ se hizo obvia y su frontal denuncia de la manipulación del proceso le trajo pocos amigos.

César Carrillo, uno de los sindicados, renunció a su derecho a la defensa cuando supo que a su abogado lo habían asesinado. Los sindicalistas fueron liberados finalmente, pero diversos organismos internacionales ya advertían sobre los riesgos de la justicia sin rostro. Así lo manifestó Param Cumaraswamy en una misión de la ONU a Colombia sobre la independencia de los jueces y abogados, en marzo de 1998.

Hoy, la familia de José Eduardo estudia la posibilidad de llevar a tribunales internacionales el caso de su asesinato. Aún no están seguros. Quieren que la justicia colombiana agote todas las instancias, pues desde 2001, a los folios del expediente de José Eduardo les salen telarañas en alguna oficina de la Unidad de Derechos Humanos de la Fiscalía. La impunidad sigue imponiéndose en la historia de vida de un hombre que nunca quiso condenarse al exilio.

Para que su ideología permanezca en el tiempo, Camilo Eduardo, quien también será abogado, hizo un libro: Las altisonancias del silencio, que presentará este viernes en la Universidad Nacional, en un evento por la memoria de su padre. “Es absurdo —dice—. Mi papá siempre trabajó por sus ideales, pero sólo cuando murió lo volvieron héroe. Como dice Bertolt Brecht, ‘desgraciado el país que necesita de héroes’ ”. Pero fue el país con su indiferencia el que volvió a José Eduardo un héroe desgraciado.

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Por Diana Carolina Durán Núñez

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