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Árboles urbanos: por qué son clave en la ciudad y qué se pierde al talarlos

En Bogotá, cada árbol talado abre una pregunta que va más allá del desarrollo urbano: ¿qué pierde realmente la ciudad cuando desaparece un árbol que tardó décadas en crecer?

La Huerta y Leidy Barbosa

08 de abril de 2026 - 08:00 a. m.
Árbol ubicado en la calle 77 con carrera 9, considerado uno de los más antiguos de la ciudad, tiene más de 210 años.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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Cuando una ciudad crece, no solo se expanden sus vías y edificaciones: también se tensan los límites entre el desarrollo y la vida que ya habita esos espacios. En Bogotá, la transformación de la carrera Séptima, iniciada el 30 de marzo de 2026, reavivó una pregunta incómoda pero inevitable: ¿qué se gana —y qué se pierde— cuando el concreto avanza sobre lo verde?

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Porque más allá de las cifras de movilidad, los planos y la urgencia de expandir la ciudad, el debate termina revelando algo más profundo: el lugar que ocupan los árboles en la vida urbana. Lejos de ser un elemento decorativo, son infraestructuras vivas que regulan la temperatura, filtran contaminantes, capturan carbono y sostienen la biodiversidad en medio del cemento.

Es por ello por lo que vale la pena detenerse y entender qué funciones cumple un árbol urbano, qué ocurre cuando se tala y, sobre todo, si sembrar nuevos ejemplares —incluso nativos— puede compensar la pérdida de un arbolado maduro.

¿Cuáles son las funciones de un árbol?

Un árbol urbano, especialmente cuando ha alcanzado su madurez, cumple un papel mucho más complejo que el de adornar el paisaje. Como explica Melizza Ordóñez, directora de Ingeniería Ambiental de Uniagraria, su presencia es clave para el equilibrio de la ciudad debido a que:

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  • Regula la temperatura, reduciéndola entre 2 y 8 °C, gracias a la sombra y la evapotranspiración.
  • Captura contaminantes como dióxidos de nitrógeno, azufre y material particulado.
  • Actúa como un sumidero de carbono, almacenando CO₂ y liberando oxígeno, lo que contribuye a mitigar el cambio climático.

A esto se suma su capacidad para gestionar el agua: interceptar la lluvia, reducir la escorrentía y ayudar a prevenir inundaciones. Además, son soporte de biodiversidad al servir de hábitat para aves, insectos y otras especies que dependen de estos espacios para sobrevivir.

“Y hay un punto clave en todo esto: entre más viejo es el árbol, más eficientes y robustas son todas estas funciones”, aseguró Ordoñez.

Por ejemplo, un árbol maduro puede absorber hasta 150 kg de contaminantes al año y filtrar partículas finas como polvo o humo en sus hojas y corteza. Su ubicación estratégica incluso puede reducir la necesidad de aire acondicionado en un 30 % y, además, vivir cerca de zonas verdes se asocia con beneficios para la salud física y mental, como la reducción del estrés y la presión arterial.

Crecimiento urbano vs. conservación del arbolado

La tala no siempre es evitable; según explica Ordóñez, en muchos casos responde a proyectos de infraestructura o a riesgos asociados al estado del árbol. En una ciudad que sigue creciendo y demanda mejores vías y sistemas de transporte, estas intervenciones resultan, en ocasiones, necesarias.

“Sembrar en otro lugar no reemplaza los servicios ecosistémicos que se pierden en el sitio original. También puede romper la conectividad ecológica y reducir la biodiversidad local. Aun así, cuando el espacio se transforma —por ejemplo, con la construcción de una vía—, esta compensación resulta necesaria para mitigar el impacto en otras zonas”, señala Ordóñez.

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Entonces, ¿es posible compensar la pérdida de un árbol maduro sembrando nuevos ejemplares?

No en términos equivalentes. En proyectos urbanos como el corredor de la Séptima, se contemplan medidas de compensación para mitigar el impacto ambiental. Y es que, según Fabián Caicedo, subsecretario de Control Ambiental, el IDU solicitó la tala de cerca de 1.100 árboles. Frente a esto, la Secretaría de Ambiente evaluó el proyecto y estableció la siembra de más de 4.200 árboles nativos a lo largo del corredor.

A primera vista, las cifras sugieren una reposición suficiente. Sin embargo, la realidad es que un árbol joven —incluso si es nativo— no reemplaza de inmediato lo que se pierde con la tala de uno maduro.

Esto no significa que sembrarlos no tenga valor. Por el contrario, según Sebastián Niño, ingeniero agroecológico, los árboles nativos ofrecen ventajas importantes: al estar adaptados a las condiciones del territorio —clima, suelo y dinámicas ecológicas locales—, tienen mayores probabilidades de sobrevivir y requieren menos intervención. Además, se integran mejor con la fauna local, sosteniendo relaciones ecológicas más complejas y favoreciendo la presencia de aves, insectos y otros organismos propios del ecosistema.

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Sin embargo, estos beneficios tienen límites en el corto plazo. Como explica Ordóñez, el tiempo es un factor determinante: un árbol joven puede tardar entre 10 y 30 años en acercarse a los beneficios de uno adulto, y en muchos casos nunca logra igualarlos completamente. Esto se debe a que funciones como la sombra, la captura de carbono o el soporte de biodiversidad dependen del tamaño, la edad y la complejidad del entorno en el que crece.

A esta brecha temporal se suma el mantenimiento. Según Niño, los árboles jóvenes requieren riego, poda y seguimiento constante para garantizar su establecimiento, mientras que un árbol maduro ya está consolidado y presta sus servicios ecosistémicos de manera más estable.

Aun así, no compensar agrava el problema. “Si se tala un árbol y no se realiza una compensación, se deterioran las condiciones de infiltración del agua, lo que puede generar encharcamientos y procesos de erosión. También se pierde hábitat para insectos, aves y otros animales, e incluso para algunos mamíferos, y disminuyen servicios ecosistémicos como la regulación de la temperatura”, explica Niño.

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En el fondo, lo que está en juego es la forma en que la ciudad entiende su propio desarrollo. Crecer implica transformar, sí, pero también reconocer que un organismo vivo como un árbol no es reemplazable en los mismos tiempos ni con los mismos resultados.

Por eso, ahora la discusión exige preguntas más precisas: ¿dónde se siembra?, ¿qué especies se priorizan? Y ¿con qué propósito? La ciudad no solo necesita más árboles, sino una mejor distribución de estos. Por ejemplo, según una investigación liderada por Rodrigo Mutis Rangel, biólogo y magíster en Geografía de la Universidad Nacional de Colombia, la distribución de árboles es profundamente desigual: mientras localidades como Suba concentran más de 320.000 individuos, otras como Bosa apenas alcanzan los 46.000, lo que evidencia una brecha en el acceso a la naturaleza y a sus beneficios.

Cerrar esa brecha implica enfocar la siembra en las zonas con menor cobertura, diversificar las especies —evitando modelos de monocultivo que empobrecen los ecosistemas— y fortalecer estructuras ecológicas clave como humedales, cerros y corredores ambientales. Estas decisiones, además, deben integrarse de manera estructural en instrumentos como el Plan de Ordenamiento Territorial, para que no dependan de acciones aisladas, sino de una visión de ciudad a largo plazo.

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Por Leidy Barbosa

Periodista de la Universidad Externado de Colombia, con énfasis en la producción audiovisual y en animación digital. Apasionada por temas medioambientales y sociales.@leidyramirezbLbarbosa@elespectador.com

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