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De las páginas de un libro al Concejo de la ciudad: un año del regreso de la Tingua Bogotana

La próxima vez que visite un humedal, guarde silencio. Quizás escuche el chillido de la “reina del agua”, quien el 8 de mayo de 2025 fue declarada ave emblemática de la capital.

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Mariana Álvarez Barrero
08 de mayo de 2026 - 01:47 p. m.
La presencia de la tingua bogotana es un indicador de la salud ecológica de los humedales.
La presencia de la tingua bogotana es un indicador de la salud ecológica de los humedales.
Foto: Cortesía
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“Una tingua era un pájaro muy bonito que vivía en los humedales, tenía las alas rojizas y el plumón de arriba de un color marrón, tirando a verde oliva, las patas y el pico los tenía bien largos. Se movía elegantemente, como si fuera la reina del agua”.

Con estas palabras, el abuelo de Rodrigo Neuque, protagonista de la obra Todo por una tingua de Mario Lamo Jiménez, describe a una criatura que para muchos habitantes de la Bogotá actual parece más un mito que un vecino de plumas.

Sin embargo, lo que en la ficción de la editorial Panamericana inicia como una tarea escolar de biología sobre especies endémicas, en la realidad institucional de la capital colombiana alcanzó un hito histórico.

El 25 de febrero de 2025, el Concejo de Bogotá aprobó en primer debate el proyecto para declarar a la tingua bogotana (Rallus semiplumbeus) como ave emblemática de la ciudad, un proceso que culminó con éxito su trámite legislativo al ser aprobado definitivamente el 8 de mayo de 2025.

Este reconocimiento no es un asunto menor, se trata de un acto de justicia ecológica para una especie endémica del altiplano cundiboyacense, es decir, un ser vivo que no existe en ningún otro rincón del planeta.

Mientras que la tingua azul migra estacionalmente desde los Llanos Orientales y suele captar la atención ciudadana al chocar contra ventanales en sus rutas migratorias, la tingua bogotana es la residente permanente. Es la guardiana ambiental que, debido a su comportamiento críptico y su plumaje diseñado para el camuflaje, suele pasar inadvertida ante el ojo humano.

Espejo de agua

En el relato de Lamo, la madre de Rodrigo recuerda con nostalgia que, de niña, cuando tomaban un baño en la laguna, veían cómo las tinguas se escondían en los juncales, pero advierte que, desde que contaminaron la laguna, las aves no volvieron.

Esta sentencia literaria encuentra un eco directo en la visión técnica de Jonnathan Lugo Carvajal, médico veterinario y experto en fauna silvestre.

Lugo enfatiza que la supervivencia de esta especie es inseparable de la salud de su entorno, ya que depende de la vegetación acuática no solo para refugiarse, sino para cumplir con todo su proceso reproductivo.

Sus patas y dedos largos, diseñados para caminar sobre plantas flotantes mientras busca invertebrados e insectos, son el resultado de milenios de evolución en simbiosis con el humedal.

Sin embargo, la realidad científica que expone Lugo es preocupante y otorga una urgencia vital a la declaración del Concejo.

La pérdida de hábitat por el crecimiento urbano desmedido y la presencia de especies domésticas asilvestradas han puesto a la población en un estado de vulnerabilidad crítica según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

El experto advierte que no se puede dar el lujo de la espera, la protección debe ser inmediata. También señala que la calidad del agua es un factor determinante, pues niveles altos de contaminantes afectan a los pequeños organismos que sirven de sustento a la especie, truncando su desarrollo biológico y reproductivo.

Por ello, la importancia de elevarla a emblema radica en que Colombia es el único país en el mundo responsable de que esta ave no desaparezca.

La problemática que enfrenta Rodrigo Neuque, en el libro, se sitúa en la laguna de La Conejera, donde lucha contra constructoras que vierten desechos y la desidia de las administraciones locales, es el reflejo de las tensiones que el concejal Julián Sastoque buscó mitigar con su proyecto de acuerdo.

La iniciativa contemplaba campañas de apropiación cultural y la creación de un plan integral de conservación que abarcara no solo a la tingua bogotana, sino también a otras especies amenazadas como la alondra cornuda y la tingua moteada.

De esta manera, se buscaba blindar ecosistemas estratégicos en municipios como Cota, Chía, Tabio y Subachoque, donde la expansión de la frontera urbana amenaza con asfixiar los últimos ejemplares de biodiversidad del altiplano.

Identidad colectiva y restauración técnica

Para que este esfuerzo legislativo no se convierta en una “ley de papel”, el investigador Juan Camilo Ríos-Orjuela plantea una hoja de ruta necesaria que vincula la ciencia con la política pública.

Según Ríos-Orjuela, la declaración debe materializarse en indicadores reales y monitoreos biológicos robustos que permitan conocer con exactitud cuántos individuos hay y cómo se distribuyen.

No basta con la buena voluntad, es imperativo entender su éxito reproductivo, su respuesta al ruido urbano y los umbrales de disturbio ecológico que puede tolerar antes de abandonar un territorio.

Para el investigador, la tingua es una especie bioindicadora, es decir, su presencia o ausencia es el termómetro definitivo que dice si la restauración de un humedal ha sido exitosa o si es solo un maquillaje paisajístico.

Ríos-Orjuela también hace una distinción crucial para la pedagogía ciudadana. Aclara que, aunque el auge del aviturismo y el uso de cámaras trampa den la impresión de que hay más tinguas, esto suele ser un efecto del aumento en la probabilidad de detección y no necesariamente un crecimiento poblacional real.

Por ello, insiste en que el Estado debe comprometerse con una restauración ecológica basada en evidencia, que incluya manejo hídrico, control de vertimientos y regulación de perturbaciones durante las épocas críticas de sequía. La clave está en convertir el símbolo en un compromiso público con metas medibles y rendición de cuentas anual.

La propuesta de Rodrigo en el libro de Mario Lamo es muy sencilla: todos serían “verdolagas”, es decir, verdes como la naturaleza y todo lo que no sea verde lo van a limpiar. Esto resuena con la tesis de Ríos-Orjuela sobre la identidad colectiva. La identidad con el territorio surge cuando el ciudadano se siente partícipe del proceso.

Declarar una especie emblemática debe traducirse en educación ambiental y conciencia sobre el cuidado del agua. Al tratarse de una especie acuática, la tingua obliga a mirar los hábitos de consumo y vertimiento, recordando que el humedal no es un sistema aislado, sino parte de una red de paisaje que sostiene la vida urbana.

Un legado para las futuras generaciones

El camino trazado desde aquel 25 de febrero de 2025 busca que la visión de Rodrigo Neuque se haga realidad, que al recuperar el espejo de agua y limpiar lo que “no es verde”, regresen las tinguas y la ciudad entera gane un parque ecológico donde aprender sobre la vida.

El texto de Lamo cierra con una promesa de esperanza que el proyecto del Concejo intenta blindar legalmente, la posibilidad de que los niños de las escuelas vecinas no solo lean sobre la “reina del agua” en un libro, sino que puedan escuchar su chillido similar al de una ardilla mientras caminan por los senderos de un humedal sano.

Es por esto que la transición de la tingua de habitante anónimo a emblema oficial es un paso fundamental, pero insuficiente si no se acompaña de una voluntad política que priorice la conectividad ecosistémica sobre el hormigón.

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Mariana Álvarez Barrero

Por Mariana Álvarez Barrero

Periodista de la Universidad del Rosario. Apasionada por la agenda global, la literatura y la economía. Además, presentadora de Moneygamia, formato audiovisual de finanzas fáciles de El Espectador.malvarez@elespectador.com

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