
¿Se acuerdan de Dante? El perrito que acompaña a Miguel al mundo de los muertos en Coco, el éxito de Disney y Pixar. Bueno, ese perro es un xoloitzcuintle, una raza mexicana que, según la tradición, guía a las almas hasta el Mictlán, el inframundo de la tradición nahua. Cada fin de octubre reaparece en vitrinas, altares y pantallas, pero resulta que buena parte de ese relato es más reciente de lo que creemos. Quien lo aclara es Raúl Valadez Azúa, investigador del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, con una versión menos redonda, pero mucho más interesante.
¿De verdad guiaba a los muertos?
Valadez lleva cuarenta años estudiando huesos de animales en sitios arqueológicos. Ha revisado cientos de perros, no solo xolos, y ¿saben cuántas veces ha confirmado que un perro acompañaba a un difunto? En varios lugares, sí; pero no en todos lados. Donde más arraigada estuvo la costumbre fue en el occidente de México, allí a veces enterraban a un perro sacrificado junto a la persona, y en otras ocasiones ponían una figura de cerámica con su forma. La práctica duró buena parte del periodo prehispánico —desde hace unos 2.500 años y quizá hasta la llegada de los europeos—. También la ha encontrado en el norte de Baja California, en Teotihuacán, en Tula y en aldeas antiguas del Valle de México. En la zona maya, en cambio, jamás vio un entierro humano con perro, y como esos hallazgos se estudian con lupa, él cree que simplemente no existió.
Entonces, ¿de dónde sale la leyenda que todos conocemos? Principalmente de textos del siglo XVI, sobre todo del Códice Florentino, que fray Bernardino de Sahagún armó con relatos de informantes mexicas. Ahí se cuenta que quienes morían de enfermedad eran enterrados con un perro de color bermejo para que los ayudara a cruzar el río Chiconaumictlan. Y aquí viene el detalle que casi nadie nota: el texto habla del color del perro, no de su raza.
Los números le dan la razón a esa cautela: de los poco menos de cincuenta xolos que se han reconocido en contextos arqueológicos, solo cinco están ligados a esta tradición, todos en Tula (dos adultos y tres crías). "El xoloitzcuintle sí participó, pero como una raza más", resume Valadez.
Entonces, ¿cómo terminó siendo el guía oficial? En parte por un error de los primeros historiadores, que decidieron que el xolo era el único perro prehispánico y le colgaron todo lo que encontraron sobre animales en Mesoamérica. Y en parte por política: después de la Revolución, el Gobierno quiso levantar un nacionalismo que celebrara el pasado indígena y dejara a un lado lo europeo. La comida, el campo y las tradiciones antiguas se volvieron símbolos de lo mexicano, y el xolo, al ser una raza nativa, entró en el paquete. Artistas como Diego Rivera y Frida Kahlo hicieron el resto y lo convirtieron en figura obligada de los funerales, aunque en la realidad no fuera tan así.
Eso no significa que la creencia no valga. Los criadores de Xolos Ramírez, en Ciudad de México, la miran con otros ojos. Para ellos no hace falta probarla científicamente, "las creencias ancestrales no necesitan convertirse en afirmaciones científicas para poseer un profundo valor". Eso sí, aclaran que esa relación del perro con el viaje de las almas pertenece estrictamente a creencias nahuas y no a todos los pueblos originarios de América.

De México a Colombia
Cuando Valadez empezó a estudiar la raza, en 1989, no se veían xolos en las calles ni en los jardines; solo los tenían criadores especializados y, para el resto de la gente, eran una especie de "entidad fantasmal". Entre conferencias, libros, notas de prensa y hallazgos arqueológicos, eso cambió. Hoy son perros de familia y mucha gente los elige por su origen nativo. El propio investigador ha escrito cuatro libros, diez capítulos y 26 artículos para que se le vea como un animal del presente y no solo como una leyenda.
Aun así, los malentendidos persisten. No es un perro frágil ni necesita cuidados de otro mundo, aunque eso sí, pedirá su cobija a la hora de dormir. Tampoco todos son pelones: hay una variedad con pelo, y en una misma camada pueden nacer de los dos tipos. Esa genética esconde un pequeño dilema. Como el gen pelón es dominante, si cruzan un xolo con otra raza siempre saldrán camadas mixtas, algo que algunos criadores hicieron en el pasado "para darle vigor". Según Valadez, lo único que lograron fue poner en riesgo su integridad genética, por lo que hoy se insiste en cruzar solo ejemplares de la misma raza, con o sin pelo.
Ese es justo el dilema que describen en Xolos Ramírez: el interés crece, pero criar sin control puede dañar a los animales. Además del pedigrí oficial, ellos llevan un "Archivo del Linaje Vivo", con registros digitales y tecnología blockchain que guarda la historia de cada ejemplar. También desmienten otro mito muy repetido: el xolo no tiene más temperatura corporal que otros perros. Lo que pasa es que, al no tener pelaje de por medio, uno siente el calor de su piel directamente. De ahí nació la vieja idea de que curaba dolores, algo para lo que no hay evidencia médica.
Valadez advierte, además, sobre un riesgo que llega desde afuera. Algunas organizaciones europeas de protección animal han planteado esterilizar y dejar desaparecer a varias razas, entre ellas el xolo, bajo la premisa de que sufren y necesitan atención médica constante. Para él, esto tiene poco sentido: una raza que lleva unos dos mil años existiendo, a veces en condiciones nada fáciles, demuestra de sobra que puede seguir adelante.
Y mientras tanto, el xolo cruzó fronteras. Desde Xolos Ramírez cuentan que han recibido consultas de Estados Unidos y Costa Rica, y ya lo llaman "embajador cultural de México". Pero en Colombia la historia tiene su propia vuelta. Cristian Triana Páramo, docente rural en Topaipí (Cundinamarca) y parte del grupo de dueños de la raza en el país, cuenta que los primeros ejemplares llegaron entre los años noventa y dos mil de la mano del narcotráfico y de personas del mundo esotérico, atraídas por su carácter sagrado, lo raro y lo curioso que resultaba.
Hoy, explica, quienes compran un xolo suelen tener buenos recursos, porque su precio es alto, y son amantes de las razas poco comunes que buscan sentirse únicos. Después de Coco, la curiosidad se disparó y la raza se popularizó, dejando atrás esa exclusividad absoluta. Eso sí, casi nadie lo cría como oficio, no hay un nicho comercial definido y llevarlo a una pista de exposición implica trámites muy complicados, por lo que es muchísimo más común verlo en una casa que en un concurso.
Por eso, si algún día piensan en tener uno, la advertencia es la misma aquí y en México. Triana recuerda que implica una responsabilidad grande para evitar cruces indebidos, y los criadores mexicanos piden no tratarlo ni como un objeto de colección ni como un símbolo cultural que simplemente "se adquiere". Es un ser vivo. Quizá la mejor manera de cerrar la ofrezcan ellos mismos: "El xoloitzcuintle no necesita demostrar que puede guiarnos al Mictlán para recordarnos algo profundamente humano: la importancia de acompañarnos, cuidarnos y mantener viva la memoria".
🐾 ¿Quiere estar al día y conocer las últimas noticias sobre el mundo animal? Lo invitamos a verlas en La Red Zoocial. 🐶🐱