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Es la economía más grande de Latinoamérica. El país con proyecciones de crecimiento más estables. Durante los últimos ocho años se crearon 14,5 millones de nuevos empleos y 22 millones de personas salieron de la pobreza extrema. Sus objetivos internacionales están puestos en ganar un espacio en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Tiene al presidente con el mayor índice de popularidad de la región. Así, suma y sigue. Con estos pocos datos no es difícil inferir que si se da todo como se espera, Dilma Rousseff, la candidata de Lula, asumirá la Presidencia de Brasil en enero de 2011. La vara está muy alta.
No obstante, los críticos nunca faltan, a pesar de que Lula se retira con una popularidad del 85%. El obispo austro-brasileño Erwin Kräutler, galardonado con el premio “Nobel alternativo”, piensa que no todo es bueno: “Lula siempre ha considerado a los indígenas como un obstáculo al progreso”, con uno de los proyectos más ambiciosos del gobierno, la represa de Belo Monte en la Amazonia, “30.000 personas serán desplazadas, pero no sabemos todavía a dónde”.
Con todo, pocos ven cambios en el horizonte y dentro de esta sensación de estabilidad y continuidad es donde el tema de la corrupción ha aflorado como la amenaza más cierta. Cuando se habla de Lula y su gobierno siempre se menciona este “pero” y aunque en la ciudad de São Paulo la relación con él es distante, muy recelosa, todos piensan que volverá en 2014.
Por ahora, Rousseff, ex ministra de Energía durante la primera administración de Lula y jefa de Gabinete durante la segunda, es amplia favorita. Pero en las últimas dos semanas fue fuertemente golpeada cuando estalló un escándalo en el poderoso Banco del Desarrollo de Brasil (Bandes, que el año pasado entregó créditos por US$100 mil millones, más que el Banco Mundial), protagonizado por el hijo de una cercana asesora, quien la había sucedido en la jefatura de Gabinete —Casa Civil— y quien tuvo que dejar su cargo a raíz de la polémica.
Esto le hizo perder varios puntos en las encuestas, echando sombras sobre si la disputa por ocupar el Palacio de Planalto en Brasilia se resolverá hoy o en cuatro semanas.
Por la calle
¿Y usted qué piensa del gobierno?, preguntó El Espectador a José Barbosa, taxista de 38 años, midiendo uno de los clásicos barómetros de las grandes ciudades. “No me gusta, encuentro que hay demasiada corrupción”, fue la respuesta que no llamó la atención al reportero, acostumbrado al discurso cargado a la derecha de quienes conducen estos autos.
Por eso fue sorpresa cuando José comenzó a argumentar: “Estoy mucho mejor que hace ocho años”, cuando empezó la era Lula. “En ese tiempo era empleado y pude juntar un poco de dinero para independizarme y ahora estoy muy bien. Lula ha hecho muchas cosas buenas, pero parece que no les ha importado la corrupción, y eso es como dejar de pensar en el pueblo. Por eso voy a votar por Marina” (Silva, quien marcha tercera en las encuestas y abandonó al gobierno, del que era ministra, criticando sus políticas).
Aunque el actual Presidente se formara políticamente organizando el movimiento sindical en las metalúrgicas durante los años 70 en el cordón industrial que rodea a la ciudad de São Paulo, este estado brasileño nunca ha sido proclive al Partido de los Trabajadores y no es tan fácil encontrar personas que vayan a votar por la heredera de Lula. “Aunque la clase media ha sido muy favorecida con este gobierno, ya que han aumentado mucho su nivel de vida, quienes apoyan al Presidente están, curiosamente, entre los más pobres que reciben los planes sociales y los más ricos, que han hecho muy buenos negocios en estos años”, dice Juliana Saad, periodista especializada en el mercado del lujo paulista.
Diferente piensa el director de Central do Concursos, un instituto especializado en preparar a las personas para dar exámenes de ingreso al creciente aparato estatal, actividad que se ha transformado en un gran negocio. José Luis Romero, quien además es el fundador de la empresa, dice que apoya al gobierno, porque se trata de una administración preocupada por el bienestar de la población. Aunque luego agrega, un poco sin querer, que a raíz del aumento en el número de empleados públicos, su negocio dio un salto exponencial durante la actual administración.
Corrupción, tema pendiente
En el último debate se esperaba una batalla épica donde Serra y Marina atacaran con todo a Dilma para arañarle votos con la esperanza de forzar una segunda vuelta, pero eso no sucedió. Para perplejidad de los analistas políticos, los candidatos que figuran en segundo y tercer lugar en las encuestas prácticamente no tocaron a la candidata oficialista y se enfrascaron en disputas entre ellos.
Luego del debate, la senadora socialdemócrata Marisa Serrano, coordinadora de la campaña de Serra, se mostró decepcionada por el soslayo a la corrupción. “Se habló mucho sobre el área económica y social, pero del área moral no”, dijo.
Para los opositores era el momento de cuestionar a Dilma y esperar un milagro, pero no quisieron forzar la situación. Ahora el asunto es preguntarse si más allá de ser una estrategia preparada para enfrentar el debate cuidando la imagen propia, cuál es el real nivel de importancia que los principales políticos de un país que apunta a convertirse en potencia mundial dan a este tema.