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El presidente de Ecuador, Rafael Correa, celebra este martes su primer año de gobierno con una balanza inclinada a la izquierda en el campo político, en el que ha dejado a sus opositores con poca capacidad de reacción, mientras en lo económico reconoce insatisfacciones en su gestión.
En lo político, el primero de los cuatro años para los que Correa fue elegido en las urnas en 2006, ha estado marcado por duras confrontaciones con los grupos tradicionales de poder y medios de comunicación, y en lo económico, con la banca y organizaciones empresariales.
A sus 44 años, Correa dejó en el camino a varios líderes políticos tradicionales y mantiene un pulso con Jaime Nebot, del opositor Partido Socialcristiano y alcalde de Guayaquil, la urbe más poblada del país. Defensor del “socialismo del Siglo XXI” e impulsor de una “revolución ciudadana", el mayor triunfo político de Correa en su primer año fue la instalación de la Asamblea Constituyente, para lo que se enfrentó a un Parlamento opuesto a su gobierno, donde no tenía diputados pues no presentó candidaturas para las legislativas.
La Asamblea, de plenos poderes para redactar una nueva Carta Magna, en la que el movimiento oficialista Alianza País tiene mayoría, eliminó del panorama político al Parlamento, al declarar en noviembre pasado en receso indefinido y sin sueldo a los diputados.
Correa se apuntó otro triunfo al haber aprobado la Asamblea su proyecto de Ley Tributaria que, entre otros, obliga a pagar más impuestos a quienes más tienen, y cuya legalidad cuestiona la oposición que asegura que la Asamblea no fue elegida para legislar.
Los partidos opositores, así como algunos empresarios y comerciantes, opinan que la Ley perjudicará al pueblo y ahuyentará la inversión, pero Correa cree lo contrario. Aunque su primer año de gobierno estuvo plagado de confrontaciones, Correa cree que el segundo será aún más complicado, al considerar que los grupos de poder económico tratarán de evitar cambios en la regulación de sus actividades que, según él, beneficien al pueblo.
En lo económico, Correa opina que en su primer año se comenzaron a sentar las bases para un cambio en busca de la equidad, pero la oposición le reclama más hechos concretos y seguridad jurídica. “No nos sentimos satisfechos, el cambio recién empieza", dijo Correa la semana pasada en unas declaraciones sobre su primer año de gestión, y al recordar que 2007 terminó con una inflación de 3,32 por ciento en una economía dolarizada desde 2000 y que, según su anuncio, se mantendrá durante su administración.
El bajo crecimiento de la economía (2,6%) se atribuyó en 2007 a problemas petroleros heredados del gobierno anterior, pero el actual ofrece una recuperación que bordee el 5% para 2008, que la oposición teme que no se concretará. Además de inversión en el área petrolera y otros sectores, el gobierno espera que el retorno en 2007 de Ecuador a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) le signifique una mayor coordinación internacional en sus ventas de crudo, que constituyen el mayor recurso del Estado.
En otros ámbitos, Correa se ufana en sus declaraciones de haber cruzado la barrera del primer año sin escándalos de corrupción, y recuerda, como “lo peor", la muerte en enero de 2007 de su entonces ministra de Defensa, Guadalupe Larriva, en un accidente de helicópteros.
En comercio internacional, Ecuador insistió en ampliar mercados hacia Brasil y Asia, y buscar un acuerdo comercial con Estados Unidos, pero no un Tratado de Libre Comercio. A sus críticas a los organismos financieros multilaterales, a los que responsabiliza de la “larga noche neoliberal", Correa sumó su participación en la formación del Banco del Sur y en el proceso de constitución de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur).
Con Colombia mantiene el pulso por las fumigaciones aéreas de sembrados ilegales de coca en la frontera -ahora suspendidas-, que Quito afirma que causan daños en su territorio, y con Venezuela, afianzó la cooperación en el campo energético.
Correa admite coincidencias integracionistas con su amigo y colega venezolano, Hugo Chávez, pero niega influencias en su administración, a la que defiende como “soberana".