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El presidente Donald Trump ha sido, hasta ahora, el mandatario estadounidense con más atentados en la historia del país, con tres intentos de asesinato en tan solo dos años. El más reciente fue este fin de semana, cuando un hombre armado se infiltró en una gala de medios en la Casa Blanca con la intención de matar al presidente, según descubrieron las autoridades.
Este suceso, como los otros, no solo ha encendido las alarmas de la Casa Blanca, sino que también ha aumentado el discurso de mártir político que Trump ha construido desde sus primeros atentados.
El sábado por la noche, mientras Trump y otros funcionarios del gobierno, como el vicepresidente JD Vance y la secretaria de prensa Karoline Leavitt, junto con varios periodistas, asistían a una gala en Washington, un hombre identificado como Cole Allen ingresó armado (con una escopeta, una pistola y un cuchillo) al recinto del hotel Washington Hilton. Fue interceptado y detenido por el Servicio Secreto antes de poder acercarse al presidente. Trump resultó ileso, aunque el episodio generó pánico y momentos de caos en el salón.
Ante esto, se reveló un manifiesto escrito por el atacante que, según el presidente, revelaría un odio hacia los cristianos y hacia su persona específicamente; lo calificó como “una persona problemática” y afirmó que la profesión de presidente era “altamente peligrosa”.
Sin embargo, para Trump estos sucesos ya no representan una enorme sorpresa como antes. Desde su segunda campaña presidencial, el político ha enfrentado varios sucesos que han puesto en peligro su vida.
Durante su campaña presidencial el 13 de julio de 2024, mientras daba una charla en Butler, Pensilvania, un tirador llamado Thomas Matthew Crooks disparó desde un techo cercano con un fusil AR-15, hiriendo a Trump en la oreja derecha; un asistente murió y varias personas resultaron heridas. El agresor fue abatido por los servicios de seguridad.
La reacción de Trump a este suceso estuvo fuertemente marcada por ser un aspirante a la presidencia, a diferencia de la última donde ya ocupa el cargo: Trump compareció poco después del ataque, con la oreja vendada y asegurando que “se suponía que debía estar muerto”, describiendo el hecho como un “milagro” y afirmando que Dios lo había salvado para poder “salvar al país”.
En la Casa Blanca, Trump promovió la colocación de una pintura que retrata el momento posterior al atentado: una imagen de él con la oreja herida, la cara manchada de sangre y el puño levantado, mientras grita “¡Lucha, lucha, lucha!” durante el mitin.
Además, el atentado en Butler se convirtió en un eje de la narrativa de varios libros de periodistas y analistas, como el volumen “Butler: la historia desconocida del casi asesinato de Donald Trump y la batalla por el corazón de Estados Unidos”, que describe en detalle el momento del ataque, la herida sangrante y el clima de crisis en el hospital.
Dos meses después, el 15 de septiembre de 2024, Trump sobrevivió a un nuevo atentado mientras jugaba al golf en su club de West Palm Beach, en Florida. El Servicio Secreto descubrió a un hombre armado con un rifle escondido entre la maleza cerca del campo; el sospechoso, Ryan Routh, de 58 años, huyó antes de disparar y fue detenido poco después.
Leavitt, ante el último atentado, afirmó que todos estos han sido gracias al “odio de la izquierda” y afirmó que no eran eventos aislados. “Aquellos que constantemente etiquetan y difaman falsamente al presidente como fascista, como una amenaza para la democracia, y lo comparan con Hitler para ganar puntos políticos, están alimentando este tipo de violencia”, dijo.
“Nadie en los últimos años ha sido blanco de más balas y más violencia que el presidente Trump”, declaró Leavitt.
Leavitt tiene razón en decir que esta cantidad de atentados no es normal y que la figura polémica de Trump ha despertado toda clase de extremismos, incluidos los de la ultraderecha, con grupos racistas y xenófobos en auge, así como grupos de extrema izquierda que han protagonizado estos actos en contra suya, su gabinete y sus allegados.
A lo largo de la historia de Estados Unidos, cuatro presidentes en ejercicio han sido asesinados: Abraham Lincoln en 1865, James A. Garfield en 1881, William McKinley en 1901 y John F. Kennedy en 1963. Según los Archivos Nacionales de EE. UU., esta cifra equivale a que uno de cada nueve presidentes ha muerto a manos de un atacante.
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