Hugo Chávez lloró, o al menos eso fue lo que escribió. Se le escurrieron las lágrimas al ver cómo el más alto altar de la patria venezolana era saqueado. Eran lágrimas de alegría y el saqueo poco tenía que ver con las prácticas criminales o de la guerra. Un grupo de casi 50 expertos forenses exhumaba los restos de El Libertador, Simón Bolívar, del Panteón Nacional, ese sacrosanto ataúd que el presidente venera una y otra vez. Era la madrugada del viernes y Chávez escribí en Twitter frases como esta: “Confieso que hemos llorado, hemos jurado. Les digo: ‘Tiene que ser Bolívar ese esqueleto glorioso, pues puede sentirse su llamarada. Dios mío’ ”.
Las palabras que de tanto en tanto aparecían en la pantalla del computador marcaban su convencimiento, la admiración de un fanático por un ídolo perdido en alguna dimensión por fuera de este mundo: “Cuánto quise que llegaras y ordenaras como a Lázaro: ‘Levántate Simón, que no es tiempo de morir’. De inmediato recordé que ¡Bolívar vive!”.
Bolívar está vivo en la mente de Chávez desde que las proezas libertadoras lo enamoraron en la década del 70, a partir de entonces todo ha sido romance histórico, referente continuo. ¿El presidente se cree Bolívar? En alguna oportunidad el periodista estadounidense Jon Lee Anderson entrevistó al psiquiatra Edmundo Chirinos, ex terapeuta de Chávez, quien los relacionó en un perfil psicológico común: “De mal genio y difícil cuando se siente frustrado (...) Tiene tendencia a la vanidad. Denota un irrestricto autoritarismo y predispone a la gente en su contra”. Otro tweet: “Dios mío, Dios mío... Cristo mío, Cristo nuestro, mientras oraba en silencio viendo aquellos huesos pensé en ti”.
La “llamarada” de los huesos tocó al presidente, como si con sólo verlos se le hubiera revelado una verdad en la que no quedaba espacio para la duda. En 2007 Chávez ya remarcaba la necesidad de analizar con las herramientas de hoy los restos de los grandes responsables de la Independencia de estas tierras, sobre todo, dijo en el algún momento, “porque a nuestros niños no podemos seguirlos engañando”. El mandatario no descartaba, antes de sentir “la llamarada”, que en algún instante de la historia la oligarquía criolla suplantara el cuerpo del prócer. “¿Quién sabe si hasta los huesos de Bolívar los desaparecieron? —se preguntaba en un discurso, con una voz que invitaba al misterio— nosotros lo tenemos que determinar ahora, comenzando el siglo XXI”.
Las sospechas que actualmente se ciernen sobre el cadáver de Simón Bolívar ya no se alojan en su autenticidad. El rastro físico que dejó El Libertador en el mundo se encuentra bajo el estricto análisis de los forenses por una razón: para Chávez la historia la escribió la oligarquía, entonces cabría la posibilidad de que haya sido manipulada y, por asociación de suspicacias, resultaría posible que el 17 de diciembre de 1830 no fuera la fecha en la que murió de tuberculosis sino la fecha en la que se consumó su asesinato en Santa Marta.
En el Palacio de Miraflores, la idea de que el prócer haya sido víctima de una conspiración tuvo como consecuencia la creación, en 2008, de un decreto para la formación de una Comisión Presidencial que estaría encargada de una “investigación científica e histórica”, la cual “no tendría ningún impacto en la realidad de hoy”, pero sí en “la justicia”.
Luego de dos años, por fin llegó el momento de exhumar el cuerpo cumpliendo “todos los protocolos internacionales de la ciencia”, según el ministro del Interior y de Justicia de Venezuela, Tareck El Aissami. Fueron 19 horas de trabajo y de efervescente euforia patriótica en plena conmemoración del Bicentenario. Ahora los restos reposan en cajas plásticas marcadas mientras los peritos y sus pruebas intentan desempolvar la historia. “¡Bolívar vive, carajo! ¡Somos su llamarada!”, escribió Hugo Chávez antes de anunciar, casi a las 2:00 a.m., que había llegado la hora de descansar.