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Las escenas en México fueron insólitas. Más de 50.000 personas se congregaron en el Zócalo, ante el Palacio Nacional, para saludar a siete jóvenes coreanos integrantes del grupo BTS. Dos días después, más de 70.000 se arremolinaron en los alrededores de un estadio ya totalmente colmado, mientras desde el interior sonaban las canciones del grupo y las exclamaciones de los fanáticos.
Meses atrás miles de fans, que se hacen llamar a nivel mundial ARMY –Adorable Representative M.C. for Youth o Representantes Adorables de la Juventud–, protestaron en redes sociales tras quedarse sin entradas para los conciertos en México, que se agotaron en menos de 40 minutos. En un acto que algunos miran como de empatía con el “fandom” de BTS y otros como oportunismo político, la presidenta Claudia Sheinbaum pidió al grupo y al Gobierno surcoreano abrir más fechas de conciertos. En agradecimiento, a su llegada a México, BTS visitó a la mandataria en el Palacio Nacional.
Pero ¿qué tenía que ver el Gobierno surcoreano en programar más conciertos? La visita de BTS a Sheinbaum no quedó ahí. Pocos días después de terminar los conciertos, el Senado de ese país informó sobre un encuentro diplomático que sostuvieron la presidenta de la Comisión de Relaciones Exteriores Asia-Pacífico de México, Yeidckol Polevnsky, el ministro de Comercio sudcoreano, Yeo Han-Koo, y el embajador surcoreano en México, Jooll Lee.
El fin de esa reunión fue “potenciar la colaboración en diferentes ámbitos”. Principalmente se habló de un intercambio comercial en sectores clave como la industria automotriz, la electrónica, la manufacturera, la energía y las tecnologías avanzadas. “México es el principal socio comercial de Corea del Sur en América Latina y el décimo a nivel mundial”, señala el documento.
Además, la propia Sheinbaum tuvo una llamada telefónica con su homólogo surcoreano Lee Jae Myung, para “profundizar en la excelente relación bilateral y la cooperación económica entre ambos países”. Así, en otro comunicado oficial se dijo que colocaba a Corea del Sur como uno de los principales socios comerciales de México, donde hay más de 2.000 empresas coreanas establecidas.
En el libro Corea del Sur y América Latina. Más allá del comercio, Richard Salazar escribe que esa nación asiática, que se encuentra entre las 12 economías más poderosas del planeta, “se ha convertido en potencia mundial”. Ello a pesar de que, en 1953, al final de la guerra que dividió la península, era uno de los Estados más pobres del mundo. El investigador señala que su primer plan fue la educación “como inversión a largo plazo y, luego, en investigación para la innovación”.
Salazar apunta que en 1948 tenían un índice de analfabetismo del 78 %, pero “con el apoyo de Estados Unidos estructuraron un sólido sistema de educación superior, el cual se inspiró en la experiencia de las universidades estadounidenses más prestigiosas”. En la década de 1960 se centraron en industrializar al país para la exportación y pusieron en marcha planes quinquenales de desarrollo “que se cumplieron de manera rigurosa”.
Hoy, Corea del Sur tiene el mayor porcentaje mundial del producto interno bruto (PIB) en inversión en investigación y desarrollo (I+D). “Es una nación única”, analiza Benjamin Min Han, investigador de la Universidad de Georgia. Explica que, aunque es un país pequeño que fue colonizado por Japón y pasó por varias dictaduras militares, logró avanzar rápidamente en términos económicos y tecnológicos. “Es una nación representativa de la modernidad”.
Pero desde finales de los años noventa, Seúl comenzó a impulsar un proyecto que iba mucho más allá: potenciar a la industria cultural, no solo como medio para difundir la presencia coreana por el mundo, sino como otro renglón económico. Conocido como Hallyu, u ola coreana, este esfuerzo colaborativo entre Gobierno e iniciativa privada contribuye fuertemente al PIB con un crecimiento de hasta 5 % anual, según un análisis de ONU Comercio y Desarrollo. “Planearon y estructuraron esa industria para generar ingresos”, expone Nayelli López, académica de la UNAM que obtuvo el primer título de doctorado sobre estudios coreanos en América Latina.
En Corea del Sur, “la industria privada genera productos culturales y se articula con los intereses del gobierno para desarrollar la economía. El Gobierno se suma con una redefinición de la marca país, que es la estrategia para promover a Corea en el exterior”, explica López. Para ella, los miles de personas que se congregaron afuera del Palacio Nacional y del estadio donde se llevó a cabo el último concierto de BTS en México es muestra “del impacto de todos esos años de inversión”.
Asimismo, la investigadora cree que el descontento de los fans no fue la única razón del encuentro entre BTS y Sheinbaum. Más allá estaban “los grandes y fuertes intereses que tiene la República de Corea en que México firme un tratado de libre comercio con ellos”. Así, al parecer, BTS sirvió de puerta de entrada para acelerar negociaciones entre ambos países en un momento crucial para México. En efecto, justo ahora se encuentra en revisión el T-MEC, el tratado de libre comercio que tiene con Estados Unidos y Canadá.
Para algunos, la boy band forma parte de un plan del Estado surcoreano para abrir mercados en diferentes partes del mundo. Se trataría de una nueva manifestación del soft power, una estrategia diplomática basada en valores y proyectos culturales. Con BTS “se evidencia la gestión del poder blando desde el Estado”, analiza López.
No se trata de algo nuevo. De hecho, el soft power fue protagonista del enfrentamiento este-oeste en la Guerra Fría. Una manifestación fue la industria cultural que construyó Estados Unidos en Hollywood, a través de un star system que terminó por influir en la ideología y economía de muchas generaciones a nivel global.
La Unión Soviética también lo practicó durante décadas con un fuerte control sobre los discursos artísticos. Y aún más allá, en el libro Who Paid the Piper?: the CIA and the Cultural Cold War, la historiadora Frances Stonor Saunder describe cómo Estados Unidos, por medio de la CIA, diseñó un modelo de financiamiento a intelectuales y artistas, músicos, pintores, bailarines o actores con la finalidad de generar aprecio por la cultura estadounidense y neutralizar el sentimiento antiimperialista que los soviéticos impulsaban en Europa.
El caso surcoreano tiene otros matices. Min Han cree que no es del todo cierto que el Hallyu sea un proyecto impuesto desde las cúpulas del poder. La red es más compleja. “El Gobierno apoya la industria cultural coreana porque entiende cómo puede transformar la imagen de Corea. Pero parte del fenómeno se debe a los fans, los oyentes y las personas que consumen contenido coreano. No es simplemente un proyecto dirigido desde arriba”, argumenta.
La influencia estatal se ejerce de muchas maneras. Por ejemplo, el Servicio Nacional de Pensiones de Corea del Sur es un importante accionista de HYBE Corporation, la casa productora de BTS. Según datos de la revista Expansión, se trata de una estrategia para fortalecer el fondo destinado a las jubilaciones de los trabajadores coreanos.
El acercamiento con Sheinbaum no fue casual. México, Perú, Argentina, Colombia y Brasil se encuentran en el top 10 mundial de los países con más fans de BTS. Y en paralelo, Corea del Sur “ha entrado con fuerza” a los mercados latinoamericanos, destaca Salazar. Chile, Perú y Colombia han firmado tratados comerciales con esa nación asiática, “mientras Ecuador y otros países actualmente están negociando lo propio”, apunta.
Algunos políticos también aprovechan el fenómeno y quieren mostrar su lado ARMY. Uno de ellos es Marcelo Ebrard, secretario de Economía, que ha manifestado en redes sociales su gusto por el k-pop. Otro es el expresidente chileno Gabriel Boric, quien en una gira por Asia casi al término de su gestión lamentó en redes no haber conocido a BTS.
El k-pop llegó a Latinoamérica hace más de 10 años y, de acuerdo con un texto de Florencia Isaura Paparone publicado en Nueva sociedad, se transformó “en una forma de habitar la vida y de experimentar con otros en y desde el sur global”. Sin embargo, López, de la UNAM, señala que la música que ellos promueven en el exterior no representa la verdadera cultura surcoreana, sino que ofrecen productos culturales hibridizados, en donde se mezclan aspectos tradicionales coreanos con elementos del mundo global. Es decir, al final se trata de un típico producto de exportación.
Y es una industria muy alineada con las tendencias. El k-pop, describe la autora, “invita a un corrimiento de los roles de género establecidos en las prácticas artísticas, pero también más allá de ellas”. Y muestra hombres con estéticas cuidadosamente elaboradas que se producen “en el contexto de una sociedad patriarcal y mayormente conservadora”. Asimismo, presenta “modelos de corporalidad” poco convencionales en América Latina. “Estas ‘estéticas andróginas’ resultaron llamativas para muchos jóvenes latinoamericanos, quienes también las incorporaron a sus vidas y sus cuerpos”.
Min Han mira otros valores en el k-pop. Dice que muestran “hombres y mujeres jóvenes y trabajadores que se esfuerzan, entrenan, y logran hacer realidad sus sueños. Es el tipo de mensajes con el que los fans se identifican. Sienten más conexión e intimidad con muchos de estos grupos y eso es diferente a lo que sucede con los ídolos del pop estadounidense”. Para él, el k-pop crea un sentido de comunidad y así puede entenderse cómo miles de personas se acercaron, sin boleto, a los conciertos de BTS en México.
La escritora Macaria España afirma que los k-dramas y el k-pop permiten delinear una especie de sueño coreano. “Un deseo de vivir en Corea que tiene que ver directamente con una representación casi perfecta de la vida, con posibilidades de aspirar a un romance”. Y esta es una ilusión para la mayoría de las mujeres ARMY. “No es que todas quieran casarse con coreanos ni tener novios coreanos, pero sí hay una fantasía donde no hay un machismo tan exacerbado como se ve en las telenovelas mexicanas o en los productos latinos”, ahonda.
En un artículo publicado en la revista Repique, Claudia Pezo y un equipo de investigadoras de la Universidad de Guayaquil apuntan que los l-dramas y el k-pop también transmiten valores vinculados a la superación personal, la disciplina, las relaciones afectivas y la estética juvenil. “Estos productos culturales no solo funcionan como mercancías culturales globalizadas, sino también como vehículos de circulación de discursos culturales, representaciones sociales y modelos identitarios que influyen en las audiencias internacionales”.
Curiosamente, los jóvenes coreanos no son muy conscientes de la influencia cultural que tiene su país en el resto del mundo, como dice la periodista ecuatoriana Daniela Aguilar, que lleva año y medio estudiando en Corea del Sur. “Viven en una especie de burbuja y solo están muy al tanto de las cosas que pasan aquí en Corea. Y solo están muy pendientes de Estados Unidos porque obviamente es un socio estratégico en la región y contribuyó mucho a levantar a Corea después de la guerra”.
La influencia de BTS parece imparable. Ya se anunció que participará en el partido final del Mundial de fútbol, y la presidenta Sheinbaum también ha insistido en que volverán a México en 2027. ¿Lo harán para festejar con ella el nuevo tratado de libre comercio entre México y Corea del Sur? ¿Pretende el gobierno surcoreano usar a México como plataforma para conquistar otros mercados latinoamericanos? Pronto lo sabremos.
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