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9 Sep 2008 - 7:36 p. m.

Chile, 35 años después del golpe militar

El autor del derrocamiento, el general Augusto Pinochet, murió millonario, de muerte natural y en total impunidad en 2006.

Juan Jorge Faundes / Santiago de Chile

Treinta y cinco años después del golpe militar que demolió a sangre y fuego la única experiencia, hasta entonces exitosa, de intentar construir el socialismo por la vía democrática representativa, reina en Chile el capitalismo global, la izquierda en el gobierno administra el sistema económico neoliberal, y el país sigue fracturado. La izquierda radical todavía está hecha “pebre”, como se diría aquí, o puré, en un español más internacional, no superando el 3 ó 4 por ciento en las elecciones.

El autor del golpe, el general Augusto Pinochet, murió millonario, de muerte natural y en impunidad en 2006. La plana mayor de su policía secreta, la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) y de su sucesora, la Central Nacional de Informaciones (CNI), disfruta de prisiones VIP construidas ex profeso para ellos.

Los violadores de derechos humanos de menor rango, pero no menos feroces, siguen libres. El cobre, que había sido nacionalizado, volvió parcialmente a las transnacionales, unos cuantos grupos económicos acumulan millones de utilidades tras la privatización de la banca, la industria y la contrarreforma agraria.

Poco se sabe aún del destino de los 1.183 detenidos desaparecidos y 3.195 ejecutados políticos que logró calificar el “Informe Rettig”, a principio de los 90, durante el primer Gobierno de transición democrática. Un total de 28.459 personas sobrevivientes, que constan en un posterior informe de la Comisión Nacional de Prisión Política y Tortura, “Informe Valech”, reciben una pensión mensual (como reparación) equivalente a unos 250 dólares mensuales. Otro tanto no recibe nada,  porque el pudor, los traumas, o la desinformación les impidió acercarse a la Comisión Valech a narrar su caso y revivir su historia.

Viudas, hijos y nietos de las miles de víctimas, y que también sufrieron los efectos sicológicos y económicos de la prisión, la tortura, la muerte o el exilio, no tienen derecho a reparación (salvo excepciones, como alguna posibilidad de concursar a becas).

El violento final de los mil días de Allende (fue electo el 4 de septiembre de 1970, asumió en octubre del mismo año, y fue derrocado el 11 de septiembre de 1973) fue también el término de la reforma agraria, de la estatización de la banca y de las industrias, del control obrero de las fábricas y de los campos, de la recuperación indígena de sus tierras ancestrales, de la reforma universitaria, de la popularización de la literatura (la estatal editorial Quimantú produjo millones de libros en formatos y precios de bolsillo), del acceso gratuito a la educación, a la salud, de la vivienda al alcance de los pobres, de la libertad de expresión…

Pero el peor impacto de las bombas sobre La Moneda (el palacio de gobierno), de la muerte del presidente Salvador Allende (que se dispara en la boca con un fusil regalado por Fidel Castro, después de combatir durante horas como un soldado más), de los detenidos desaparecidos, ejecutados, torturados, y del millón de exiliados, fue la verificación empírica de una verdad que hasta entonces era sólo una teoría o panfleto subversivo: las burguesías nacionales y el imperialismo usarán todo el poder del Estado para defender sus privilegios, sus ganancias y el sistema capitalista de explotación del hombre.

Allende lo tuvo clarísimo el mismo día 11, horas antes de descerrajarse aquel simbólico tiro en una de las más bellas acciones de arte poéticas de la historia. Lo dijo en su último discurso, por Radio Magallanes, entre el fragor y el humo de la metralla, mientras la Fuerza Aérea acababa de bombardear las radioemisoras Portales y Corporación silenciándolas:

(…) Mis palabras no tienen amargura, sino decepción, y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron (…). Ante estos hechos, sólo me cabe decirle a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo (…). Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen... ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.


Trabajadores de mi patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley y así lo hizo. En este momento definitivo (…) quiero que aprovechen la lección. El capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara Schneider y que reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas, esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.

(…) Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos... porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando la línea férrea, destruyendo los oleoductos y los gasoductos, frente al silencio de los que tenían la obligación de proceder: estaban comprometidos. La historia los juzgará.

(…) El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes, sabiendo, que mucho más temprano que tarde, de nuevo, abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!

Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

Lo impresionante de este último discurso es su contexto. Son las palabras de un médico socialista que soñaba con la utopía de una sociedad más justa, que creyó en la democracia representativa como herramienta política al punto de ser desde 1952 cuatro veces candidato a la Presidencia de la República; que usó la Constitución y la negociación para llevar adelante las reformas que produjeran el tránsito del capitalismo al socialismo, pero que cuando se vio enfrentado a una contrarrevolución violenta, no vaciló en tomar el fusil para enfrentarse contra tanques y aviones en un combate desigual.

Un fusil material y simbólico, porque se lo había regalado Fidel, lo que nos remonta a una tesis diferente, la de Lenin y la del Che, aquella que postula que la Revolución debe ser armada porque ni el imperialismo ni la burguesía respetarán sus propias reglas de juego cuando sus intereses se vean amenazados.

Son las palabras de un demócrata que se hace guerrero y ante la imposibilidad de la victoria inmediata, elige la de la historia. Pide al puñado de compañeros que lo secunda que se entregue, que no se sacrifique en vano, y mientras estos avanzan (sin imaginarlo) hacia la tortura, la detención y desaparición, o el exilio, se vuela la cabeza. Se descargó un tiro para no rendirse.

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