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Ecuador desconfía de Colombia, siente que su “gran” vecino lo ha traicionado y percibe que la construcción de alianzas con otros países más afines a su ideología, traería más dividendos que la que tuvo con su antiguo socio. Le ocasiona problemas como el de los desplazados transfronterizos y hace un uso político instrumental de dicha situación.
Rafael Correa y Álvaro Uribe son dos presidentes que representan proyectos políticos diferentes en lo interno y lo internacional que, aparentemente, dificultan la construcción de consensos pragmáticos y de alianzas coyunturales. La memoria histórica, la percepción de que a Colombia no le interesa Ecuador, el papel de actores extrarregionales son aspectos que juegan en el imaginario del vecino país, tanto en el gobierno como en la sociedad.
Son a su vez, dos jefes de Estado con diplomacias presidenciales y personalizadas que en vez de ayudar, entorpecen un armónico acontecer externo y binacional, especialmente en momentos de “alerta” como las crisis y los períodos preelectorales. En este contexto, resulta casi imposible despolitizar una situación que le crecieron raíces, entre otras cosas porque la diplomacia también hace parte de la política. Pero, sí es posible avanzar con muestras de voluntad política que para nada afecten el interés nacional de los dos países.
En este sentido en primer lugar resultaría necesario, con miras al restablecimiento de las relaciones bilaterales, que Ecuador privilegiara una relación más pragmática que ideológica separando lo económico de los vaivenes políticos. Una vecindad con fronteras vivas y porosas de 586 kilómetros conlleva una serie de interacciones en lo económico, político, militar y cultural imposibles de disociar o desconocer, que van más allá de intereses personales y gubernamentales.
Si la seguridad fronteriza se convirtió en el eje de la relación entre los dos países, se requiere buscar y revitalizar mecanismos transparentes que generen confianza y entendimiento binacional.
Es por ello que en segundo lugar, el vecino país debería aceptar que tanto la comisión de vecindad en el ámbito civil —creada en 1993, pero no se reúne desde 2006— como la Combifrón en el militar, se reunieran lo más pronto posible y restablecieran una dinámica que generó innumerables beneficios. Con una visión de globalidad e integralidad han demostrado ser instrumentos eficaces para desensibilizar relaciones binacionales, pues además de entidades gubernamentales, la integran otros actores no estatales como los empresarios y hombres de frontera.
Es por ello que en tercer lugar se debe reinstitucionalizar las relaciones bilaterales en cabeza de las cancillerías, evitando diplomacias presidencialistas y personalizadas.
Por otra parte y en cuarto lugar, el gobierno de Rafael Correa debería abandonar el uso instrumental que ha hecho de la expansión del conflicto interno colombiano. No todo lo que sucede dentro de su territorio puede ser culpa de Colombia, la inestabilidad política de su país y la crisis de gobernabilidad han sido ampliamente estudiadas por analistas nacionales y extranjeros.
Finalmente, en quinto lugar, Ecuador debería entender que la solución de cualquier problemática regional requiere tomar en consideración a Estados Unidos. Un país al que también le llega el declive, pero un gobierno que al mismo tiempo abre grandes posibilidades de una agenda social armoniosa y de cooperación con Barack Obama.
Una visión desde Ecuador
El analista político del vecino país, César Montúfar, asegura que las relaciones seguirán rotas, al menos por un tiempo. Sin embargo, recomienda construir y reconstruir la vecindad a partir de la frontera. “Se trata de cambiar los paradigmas con que ecuatorianos y colombianos miramos nuestra frontera compartida. Es preciso empezar a pensar en un enfoque binacional, no de un solo país”, dice.
* Profesora e investigadora experta en política internacional, Universidad Externado de Colombia