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Cómo se hace un guerrero

Dos ex combatientes de Liberia pasaron por Colombia. Durante su estadía,  narraron la historia de cómo se convirtieron en niños soldados y luego se transformaron en agentes de paz.

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Juan Camilo Maldonado T.
13 de febrero de 2010 - 08:59 p. m.
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Primero: el rifle es el amigo y es la ley. Segundo: todo lo que los comandantes tienen, también puede ser tuyo: la casa lujosa, las mujeres, la camioneta burbuja que brilla con el sol. Tercero, no tengas miedo: los rezos y cantos de los mayores te protegerán contra las balas. Vamos: marcha contra el enemigo y contra el gobierno corrupto, cada esquina y cada edificio será un blanco a conquistar. Sólo canta: Oh, no te preocupes a yah, no te preocupes, las Fuerzas Especiales adelante, oooh iii zee yaa lala.

Klubosumo Johnson Bohr y Morlee Gugu Zawoo cantan, con la mirada calma y la voz gruesa. Y al terminar, sentados en el comedor del Hotel Tequendama en el centro de Bogotá, no demoran en mostrar sus heridas. Johnson, el mayor, se arremanga la camisa y muestra su abdomen: tres perforaciones que le deforman un poco el estómago y una bala que le entró por el codo. Zawoo, entre tanto, muestra su antebrazo izquierdo: las esquirlas de un rocket le atravesaron el codo.

Hoy, en medio de sus treinta, coordinan una organización de rebeldes desmovilizados en Liberia. Hace 20 eran un par de adolescentes a quienes un día un camión recogió para convertirlos en guerreros. Desde muy jóvenes, fueron niños-soldado, sirviendo al Frente Nacional Patriótico de Liberia, comandado por el señor de guerra, futuro presidente del país y actual reo de la justicia internacional: Charles Taylor.

A Zawoo, las balas y los rockets llegaron a despertarlo en la noche, a los 15 años. A Johnson, en cambio, la guerra se le presentó con dos muertes: la de su padre, fusilado frente a sus ojos por el FNPL cuando intentaban robarle el carro y la de su hermano mayor, empleado gubernamental.

Quedaron solos. Y, cada uno en su provincia, no tuvieron de otra que acudir a los rebeldes. Llegaron a los cuarteles por lo más básico: un plato de arroz. A cambio lavaron platos, limpiaron y fregaron hasta que un día apareció el camión, les dieron el fusil y los mandaron al combate. Torpes, llorones, la guerra no es para los niños.

En los campos de entrenamiento “nos dejaban los primeros quince días sin comer, sólo nos daban agua. Nos reducían automáticamente”, recuerda Zawoo. “Luego nos tiraban un pedazo de carne, sólo uno, para que nos lo peleáramos como animales”. En dos meses habían olvidado quiénes eran. Sólo importaba realizar las tareas, “para tener mujeres, y carros, casas y dinero, como nuestros jóvenes comandantes”. Era toda una cultura, dice Zawoo: “Te adoctrinaban, te demonizaban, hasta el punto de que todo lo que hacías, no importaba lo cruel o vil que fuera, parecía bueno y disfrutable. Ese era su sistema”. Un sistema cuyas tensiones se mitigaban con sorbos largos de aguardiente de caña y tardes de marihuana.

A Jhonson y Zawoo los desmovilizó primero la guerra. Fueron heridos en combate y terminaron conociéndose en el hospital de Yekepea, en el convulso condado de Nimba. Luego, a mediados de los noventa, mientras su comandante se preparaba para firmar la paz, se refugiaron en el Programa de la Iglesia Luterana para la Sanación de Traumas.

Hoy hablan de lo que han logrado en el posconflicto con la pasión de un combatiente y la tranquilidad de un monje. Han sido años de “limpieza espiritual”, como suelen repetir, tras ser protagonistas de decenas de “horrores y terrores de la guerra”.

La semana pasada estuvieron en Cali, invitados por la Alta Consejería para la Reintegración del gobierno colombiano. Los impactó el miedo con el que viven los ex combatientes colombianos: “Se sienten inseguros, vulnerables, sin esperanza. No tienen trabajo, nadie los quiere recomendar y la comunidad, ya sea la policía o los vecinos, desconfían de ellos y piensan que aún tienen vínculos con los actores armados”.

Ambos, al regresar a Liberia, han escrito estas reflexiones sobre sus viajes, en un correo electrónico en el que también comparten, con orgullo, que durante estos años a cargo de la Iniciativa de Ex Combatientes de Liberia, han logrado reintegrar a 15 mil ex combatientes.

Es cuestión de “compromiso y sacrificio”, dice Johnson, quien llegó a comandante del FNPL y hoy comanda la Iniciativa. Un compromiso que toma alientos en una firme creencia: “Aquellos utilizados para destruir, pueden ser una herramienta de paz”.

Por Juan Camilo Maldonado T.

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