Uno de neutralidad activa, entre 1999 y 2003, cuando Chávez equiparaba a la guerrilla y al gobierno colombiano. En medio de paros, sabotajes y golpe de Estado en Venezuela, apoyado por Washington, en Colombia primaba el rechazo a Chávez y las relaciones binacionales pasaban de una tensión a otra. Bogotá temía un apoyo decisivo de Chávez a las guerrillas. Caracas temía que la proximidad con Bush interfiriera el proceso bolivariano.
Otro de conciliación mutuamente ventajosa, entre 2003 y noviembre de 2007, permitió superar las discrepancias y hasta el “Caso Granda”, y comprobó que dos países interdependientes cuando se sancionan se infligen autosanciones. Cada presidente se comprometió a respetar la institucionalidad, ambos se hicieron guiños electorales, los mecanismos de vecindad se pusieron en funcionamiento, el comercio creció y arrancaron proyectos energéticos, de infraestructura, de desarrollo fronterizo, y se crearon condiciones para acuerdo en el golfo. En Colombia creció el interés por establecer lazos con el gobierno bolivariano. Uribe improvisó y se equivocó incorporando a Chávez en el delicado tema del acuerdo humanitario y luego removiéndolo de manera abrupta.
Uno más de preocupante distanciamiento ha tomado forma, desde el 22 de noviembre de 2007, cuando Uribe despojó a Chávez de sus funciones y comenzó un peligroso escalamiento de la tensión. El abrazo en la Cumbre de Río, en Santo Domingo, bajó la tensión. Bogotá y a Caracas han hablado de una buena relación. Pero en 2008 los mecanismos de vecindad no han funcionado, no hay ni agenda mínima, no ha habido embajador de Venezuela en Bogotá, el gobierno venezolano trata de soltarse de Colombia como proveedor de alimentos y manufacturas básicas, y un cónsul de Colombia en Maracaibo, espiado en una conversación con el asesor presidencial, celebra el triunfo opositor en los dos estados fronterizos más poblados. Habla en términos que Caracas asume como conspiración.
Esta década deja lecciones para una vecindad fuerte y para siempre. Cuando han intentado asumir las oportunidades que ofrece la vecindad ambos lados han ganado. En cambio la sola actitud reactiva o el todo vale por los objetivos nacionales se paga caro. Dos presidentes protagónicos y desinstitucionalizadores han jugado con fuego en una intensa vecindad que requiere una política consistente e institucionalizada.