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La escena en las calles de Bogotá, Medellín y Barranquilla tras la primera vuelta presidencial dejó una fotografía tan colorida como polémica: miles de simpatizantes del candidato derechista Abelardo de la Espriella acudiendo a las urnas con la camiseta oficial de la Selección Colombia y celebrando su paso al balotaje máss tarde. El propio De la Espriella subió a la tarima de la victoria portando la prenda tricolor.
Esto ha provocado un fuerte reclamo público de su rival de izquierda, Iván Cepeda, quien obtuvo el 40,91 % de los sufragios frente al 43,73 % de De la Espriella. El candidato del Pacto Histórico elevó una queja formal ante la Federación Colombiana de Fútbol (FCF) por lo ocurrido.
“Respetuosamente me dirijo a ustedes para solicitarles que se pronuncien sobre cuál es la posición de la Federación, con relación al uso de la camiseta de la Selección Colombia por parte de la mencionada campaña electoral”, trinó el candidato.
Ramón Jesurun, presidente de la FCF, intentó apagar el incendio mediante un mensaje a Blu Radio, en el que aseguró que “la Federación no entregó prendas alusivas a la Selección, la Selección no participa en política”.
El uso de la indumentaria deportiva para explotar el fervor nacionalista no es nuevo en Colombia. Exmandatarios como Álvaro Uribe, Juan Manuel Santos o el propio Gustavo Petro en su campaña de 2022 se han enfundado la tricolor para conectar con el pueblo en momentos de baja popularidad o alta polarización. Pero lo ocurrido en esta campaña trasciende el oportunismo tradicional.
Al ordenar a su militancia salir a votar en masa con la prenda oficial, De la Espriella replicó una de las estrategias de comunicación política más agresivas y divisivas de la última década en América Latina: el “secuestro ideológico” de la camiseta nacional implementado por uno de sus referentes políticos, el expresidente brasileño Jair Bolsonaro.
Cuando la camiseta de Brasil dividió al país
El proceso de asimilación comenzó en 2013, durante las protestas sociales contra el gobierno de Dilma Rousseff, cuando sectores descontentos de la población adoptaron la bandera y la camiseta de la Seleção bajo la premisa de “recuperar el país” frente a un Partido de los Trabajadores (PT) al que acusaban de corrupción.
No obstante, fue Bolsonaro quien, en su camino al poder en 2018, la convirtió de manera oficial en el uniforme de la extrema derecha brasileña. Los mítines bolsonaristas pasaron a ser auténticos mares amarillos donde se vitoreaba que “la bandera brasileña nunca será roja”, en alusión a una supuesta amenaza comunista.
Para 2020, con Bolsonaro ya en el poder, el daño sobre un símbolo de unidad nacional ya era evidente. Un grupo de fanáticos de la selección de Brasil incluso llegó a pedir que se cambiara el color de la camiseta y se recuperara el clásico color blanco y azul con el que el equipo no jugaba desde 1950, luego de perder la final de la Copa del Mundo contra Uruguay.
“Nos encontramos ante una situación espantosa con un Gobierno horrendo que ha robado nuestra bandera”, dijo en su momento João Carlos Assumpção, escritor y líder del movimiento que pedía el cambio.
La fractura social se profundizó de cara al Mundial de Catar 2022. Como reportó en su momento The Washington Post, el uso de la camiseta canarinha provocaba un “cuestionamiento personal” en los ciudadanos comunes.
“Yo tenía una camisa amarilla que me gustaba mucho usar, pero ahora es muy difícil. Se apropiaron de la camiseta, se robaron los colores, y ahora es difícil usarla, porque se convirtió en un símbolo de la ultraderecha brasilera”, le dijo Omar Monteiro Jr., propietario de un bar de filiación progresista en Río de Janeiro, al Post.
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“La ultraderecha de Jair Bolsonaro ha arrasado con todo a su paso, incluido el cariño que le teníamos a la camiseta amarilla”, agregó por su parte Walter Casagrande Jr., exdelantero de la selección.
El desdén de los aficionados hacia el uniforme llegó a tal punto que impactó directamente en el comercio formal e informal. En vísperas del torneo, un reporte de la agencia Bloomberg recogió el testimonio de William Enrique, un vendedor ambulante del centro de Río que señalaba sus pilas de camisetas amarillas varadas:
“El futuro es azul (la camiseta suplente). Los compradores me dicen: ‘¡Esa es de Bolsonaro! Dame la otra’”, decía.
Una encuesta del portal Metrópoles en esa misma época confirmó el trauma identitario: poco más de una cuarta parte de los brasileños afirmaba categóricamente que se negaba a vestir la camiseta amarilla.
El seleccionado brasileño, además, se había transformado en un microcosmos de la polarización. Las plantillas de fútbol dejaron de ser bloques monolíticos. Mientras astros mundiales como Neymar Jr. apoyaron abiertamente a la extrema derecha, llegando a grabar videos en TikTok con los jingles de Bolsonaro y prometiendo dedicarle sus goles en el Mundial, otras figuras del equipo adoptaron posturas nítidamente progresistas.
A pesar de esto, Felipe Tirado, analista de The Conversation, detalló durante ese Mundial cómo el desempeño del equipo y la diversidad de sus líderes abrieron una pequeña ventana para despolitizar la prenda durante el torneo en Catar. Cuando la selección jugaba, incluso el presidente electo Lula da Silva y su gabinete se ponían la camiseta amarilla para ver los partidos desde Brasilia.
“A diferencia de los últimos años, la camiseta amarilla estaba por todas partes... El nuevo gobierno cree que el Mundial representa una valiosa oportunidad para recuperar la camiseta de la selección y otros símbolos nacionales”, escribió. Solo unas semanas antes, Luiz Inácio Lula da Silva había sido electo como presidente de Brasil.
Pero el peligro de tolerar la politización de los considerados símbolos patrios en el deporte quedó en evidencia el 9 de enero de 2023. Una semana después de la investidura de Lula da Silva, miles de radicales bolsonaristas asaltaron las sedes de los tres poderes del Estado en Brasilia (el Palacio del Planalto, el Congreso y el Supremo Tribunal Federal) exigiendo un golpe de Estado.
La marea humana que destruyó el patrimonio público vestía, casi en su totalidad, la camiseta amarilla de la selección de fútbol. La gravedad de las imágenes obligó a la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) a emitir un duro e histórico comunicado de condena institucional, distanciándose del uso político de la camiseta.
“La camiseta de la selección brasileña es símbolo de la alegría de nuestro pueblo. La CBF es una entidad apartidaria y democrática. Estimulamos a que la camiseta sea usada para unir y no para separar a los brasileños. La institución repudia vehementemente que la camiseta sea usada con fines antidemocráticos y de vandalismo”, decía el comunicado.
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El espejo de Brasil demuestra que cuando una facción política secuestra la indumentaria de una selección nacional, el daño a largo plazo suele ser superior al rédito electoral de una campaña. Lo que para una campaña es una jugada astuta de marketing nacionalista, para el tejido social de un país representa la pérdida del último espacio común de tregua, según analistas que siguieron el caso brasileño.
El periodista deportivo y comentarista Celso Unzelte señaló en Bloomberg que la apropiación actual de los colores nacionales genera una ruptura que no tiene precedentes, ni siquiera en los años de los regímenes militares.
“En la copa del 82 había una dictadura y seguimos usando la camiseta. No como ahora”, matizó, apuntando a que la polarización contemporánea puede lograr expulsar a una parte de los aficionados del uso del uniforme.
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